Es 22 de diciembre, tengo que ir al centro para hacer mil trámites: bancos, escribanía, AFIP, Pago Fácil y toda esa burocracia que uno debe soportar para sobrevivir.
Contra todos los pronósticos termino antes de lo pensado y me quedan un par de horas libres hasta una reunión a la tarde. Hace rato que tenía ganas de caminar las librerías de la calle Corrientes, estoy feliz por de repente tener una increíble oportunidad para conseguir todos esos libros que no había comprado en los últimos meses. ¿para qué comprarlos? me había preguntado en varias ocasiones, si seguro están en Corrientes a mitad de precio. Con el pasar de las cuadras todas mis fantasías sobre ediciones a cinco pesos se van esfumando como la espuma que genera el Uvasal ni bien echás el polvito en el vaso con agua.
Termino comprándome uno que nunca había tenido intenciones de leer. Los que necesito en serio sólo están en una librería común y corriente, a precio de cadena multinacional. Los pago con enojo y las cosas parecen mejorar un poco cuando me ofrecen una tarjeta que suma puntos para obtener libros de regalo. Sin embargo, por lo que le entiendo a la vendedora (que no era librera) sólo funciona si comprás cinco libros por un monto similar al que sale el de Ari Paluch. Recién entonces tenés acceso ( inmediato, por supuesto) a una edición de bolsillo de esos libros al estilo Lenin para principiantes. Decido completar los papeles para obtener la tarjeta pero sólo porque es más fácil que explicarle a la vendedora(no librera) que no me interesa sumar créditos para poder acceder a ese super bonus libro pedorro.
Casi desahuciado, salgo de la librería y enfilo para La Giralda: un café con leche y un mozo de mal humor es justo lo que necesito después de la desilusión de las librerías. Mientras voy caminando hacia la calle Uruguay se escucha la música que sale de una disquería. Mi cuerpo se detiene. Es la misma canción, pero sobre todo es la misma versión. “Your day breaks, your mind aches”. La canción se va desplegando sobre los adoquines de la vereda y las estrofas se apoderan de mis pies impidiendo que se muevan de ahí.
Aquel verano adolescente ella me había grabado un cassette con tres canciones.
_ Para que las escuches cuando extrañes, me había aconsejado mientras subía junto a su familia la escalera mecánica del aeropuerto para embarcar. Eran momentos de crisis y la clase media se iba a España escapándole a las consecuencias de una economía que ella misma se había ocupado de apuntalar.
Una de esas canciones era For No One. Pero no por Los Beatles sino la versión de Caetano Veloso que está en ese precioso disco que es “Cualquer Coisa”. Imposible olvidar ese silbido del principio y la flauta previa al estribillo. Esa era la versión que sonaba en plena calle Corrientes, este lunes 22 de diciembre.
Aquel verano tenía quince años y me había ido de vacaciones con mis viejos a Córdoba. Aparte de aburrirme bastante, la extrañé horrores. El cassette era para escucharlo cuando la extrañase pero como eso pasaba todo el tiempo, y yo solía ser muy respetuoso de las consignas me la pasaba con el dedo en el play del walkman. La versión de For No One era la que más me gustaba del casette aunque los tres temas eran de lo mejor. De Spinetta estaba esa hermosa canción que es Quedándote o Yéndote y por último había una de Sabina a quien yo no soportaba demasiado pero que gracias a esa grabación terminé apreciando. De ese tema no me acuerdo el título, es la que dice “ no abuses de mi inspiración, no acuses a mi corazón tan maltrecho y ajado”
Tarareando esas canciones daba largos paseos por las sierras sólo pensando qué sería de ella en Barcelona. La imaginaba trabajando de mesera en un bar bohemio, conociendo músicos de rastas y fuertes brazos tatuados. Primero muy callada y hasta mala onda. Pero con el correr de las semanas se iba adaptando. La invitaban a salir varias veces hasta que por fin aceptaba. Fumaba mucho porro con un artesano ecuatoriano que se reía fuerte y terminaba acostándose con él.
Me preguntaba si ella seguía pensando en mí y escribía en una libreta diferentes maneras decirle cuanto la amaba y extrañaba. No quería llamarla todavía. Ella había prometido comunicarse cuando las cosas se acomodaran y cuando les pusiesen teléfono en el monoambiente que habían conseguido para los primeros meses. Tenía resuelto sólo llamarla si hasta su cumpleaños no se comunicaba ella, el 15 de marzo cumpliría los 18, era bastante más grande que yo, sobre todo a esa edad cuando las diferencias de edad pesan mucho más. En Buenos Aires pasaba bastante desapercibida. Pero con ella tan lejos me sentía mucho más pequeño e incapaz de manejar la distancia.
Ese fue el verano que empecé a dibujar. Me llevaba los lápices al costado del arroyo y me quedaba hasta que desaparecían los últimos rayitos de sol, en el medio hacía pausas haciendo sapitos con las piedras. En Córdoba hay muchas piedras pequeñas y chatitas, ideales para la práctica del sapito. Después volvía al hotel, cenaba con mis viejos y me iba a dormir. Con suerte charlaba con una pareja veinteañera de músicos con la que había generado una tenue amistad.
Llega el “A love that should have lasted years” final y los últimos acordes. La canción termina y arranca la siguiente: una banda de sonido de alguna peli de Europa del Este, sólo entonces levanto la mirada, despego los pies fijados a los adoquines y recorro los últimos cincuenta metros hasta la Giralda. Entro y me siento en una de las mesas contra la pared. Le hago señas a un mozo que está visiblemente de mal humor y le pido un café con leche: justo lo que necesito después de la desilusión de las librerías.
viernes, 26 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
Colonialidad del Saber
Existen ciertas ideas que hemos naturalizado hasta tal punto que nos es muy difícil comprender cómo nos están troquelando no sólo el pensamiento, sino también nuestras más profundas experiencias y percepciones. Estas son ideas que nos constituyen en tanto son el terreno desde donde pensamos pero sobre las cuales difícilmente reflexionamos, el terreno en el que se hace posible la experiencia y las percepciones pero que tomamos por sentado.Una de esas poderosas ideas es la ‘imaginación geográfica’ en donde percibimos el mundo dividido en continentes con una disposición espacial claramente circunscrita y con unos nombres que parecieran estar inscritos en su superficie. América, África, Europa, Asia y Oceanía aparecen a nuestros ojos como entidades geográficas objetivas y los mapas no son más que su neutral y clara representación mediante técnicas científicas de escalas. Estos mapas tienen una orientación que consideramos ‘natural’. Algunos mapas pueden incomodarnos de alguna manera al evidenciar lo arbitrario de los mapas desde los cuales estamos usualmente representando el mundo. En el mapa que adjunto en este post, que ha sido tomado del libro de Edgardo Lander "La colonialidad del saber", se problematiza simplemente un aspecto: la orientación convencional de la gran mayoría de los mapas que colocan al norte arriba y al sur abajo. Esto produce el efecto de que se piense que el ‘mapa está al revés’. No obstante, antes que ‘al revés’ lo que produce este mapa es pensar en la arbitrariedad de la representación convencional y, más aún, la jerarquización que una aparentemente neutral y objetiva cartografía supone. Una digresión en el plano de las orientaciones espaciales. En la región del Pacífico colombiano las poblaciones afrodescendientes consideran que el abajo es hacia el norte y el arriba hacia el sur. Esto se debe a que son las corrientes marinas las que han establecido sus percepciones y prácticas espaciales. Así, desde su perspectiva, el mapa que reproducimos estaría al derecho, mientras que para el convencional estaría al revés.
domingo, 30 de noviembre de 2008
En Fin.
Él la quiso retener, ella creyó que él la quería confiscar. Ella está con el campo, él con el gobierno. Muchas diferencias. El idilio terminó. (dibujo: Pollo ; texto: Rep)
jueves, 20 de noviembre de 2008
El flaco que se olvidó de besar
Lo peor que le había dejado aquella relación era la incapacidad para besar.El día que cortaron en la esquina de la escuela donde ella trabajaba. El té con leche tibio en el bar donde confirmaron la separación. Los libros y los discos que ella había decidido no devolverle nunca más. Las semanas y semanas de bajón posterior. Todas estas desgracias que acarrean el fin de una relación no son nada al lado de haber perdido la habilidad para besar. No es que alguna vez haya sido un gran besador pero por lo menos no tenía noticias de que alguien haya solicitado a los gritos el libro de quejas.
Él se consideraba un digno besador, ni muy muy ni tan tan; como la mayoría de los mortales tenía días y días. Pero sí estaba seguro de no haber atravesado situaciones caratulables como traumáticas. Esto es : choque frontal de paletas o algún deslizamiento del canino sobre la lengua de la besada o algún tipo de percance significativo que ocasione daño y por ende que lo coloque a él, sujeto besador, al peligro de ser estigmatizado como un tipo que besa mal.
Recordaba sí una vez haber cometido un error de esos que más bien son del orden táctico – estratégico. Fue con la chica que conoció en la costa. Resulta que el mismo día de la salida, tuvo un almuerzo en la casa de los tíos donde había una irrechazable porción de champignones a la provenzal preparada a dúo por su mamá y la tía. Largas semanas habían anunciado las hermanas que aquel sábado servirían ese plato y lo que es más, él mismo se había encargado del estimulo para la elaboración de dicho manjar sin contemplar la posibilidad de algún contacto social posterior. Por lo tanto, resistirse a comer no cabía dentro de las posibilidades pues transformaría el apacible almuerzo familiar en un escenario de conflicto visceral, hiriendo las ya socavadas sensibilidades de madre y tía para siempre. Comió entonces los champignones cubiertos de ajo como quien firma la propia sentencia de muerte.
Por todos los medios intentó recuperar los niveles de aliento normales durante las horas siguientes, pero el efecto del ajo no admitía fisuras .Se trataba de una variedad andina muy contundente. Tres tipos de pastillas: menta, mentol y eucalipto. Diversas pastas dentales(incluidas esas para viaje que vienen concentradas y son extra fuertes), gárgaras de bicarbonato de sodio y, ya desesperado ,también recurrió a cáscaras de limón y mandarina.
Lógicamente la chica huyó al beso y la salida terminó antes de lo previsto. De todas maneras el perjuicio no era tan grande, puesto que las relaciones con chicas que se conocen en la costa, todos lo saben, están destinadas a fracasar. Lo cierto es que el error no había pasado por besar mal sino por una situación ajena como puede ser una comida impregnada de ajo.
De hecho lo más probable es que nunca se hubiera preguntado hasta ahora cuán bien besaba, en efecto es una pregunta que los hombres rara vez suele hacerse. Sin embargo, como presagio del fin de la relación, en los últimos tiempo tanto él como su novia habían empezado a reprocharse los besos. Que muy corto, que muy largo, que la lengua medio de coté, que me diste un beso insulso, que parece que estuvieras besando al portero del edificio, que los labios están secos, sarasa, sarlanga. En suma, una situación insostenible.
Ya acabada la relación y transitados con relativo éxito los días de luto y llanto, los nuevos encuentros con otras chicas arrojaron una novedad preocupante. Nuestro amigo había olvidado cómo besar. O quizás lo recordaba pero no le salía. Como quiera que sea, no lograba besar como antes. ¿ Habría sido capaz ella de lanzarle un sortilegio para que no besara más?
No es que le costaban aquellas cuestiones históricamente controvertidas, como cuándo cerrar el beso, cómo iniciarlo o en qué momento hacerse levemente al costado para dejar respirar al otro. No! Ni siquiera podía dar el más ingenuo beso. No podía besar. Había perdido esa capacidad.
lunes, 27 de octubre de 2008
De Vuelta
Con frecuencia ocurre que los hechos sacan varios cuerpos de ventaja sobre las explicaciones. Lo fáctico se planta con firmeza monárquica sólo dejando lugar a desfasadas interpretaciones.El sol se mete por la ventana del micro y declara una lucha sin cuartel contra mi ojo derecho todo encompotado por tanto tiempo de estar apoyado contra el vidrio. Hace calor y la llegada a la terminal se retrasa por un par de semáforos mal sincronizados. En condiciones normales no anhelaría que el micro termine su recorrido. Tener que bajar, afrontar la mañana del domingo sin dormir y verme obligado a atravesar toda la ciudad hasta llegar a la cama. Mucho mejor sería atornillarse al asiento del micro y dormir sin soñar. Sin embargo, en el asiento de atrás hay un nene jugando frenéticamente con un celular que hace un ruido agudo insoportable capaz de desequilibrar a un “dream team” entero de faquires, budistas zen y profetas mesiánicos. Me quiero bajar como sea.
Probablemente fui a buscarla con la esperanza de traerla conmigo. ¡Ah sí! qué más linda historia que la de un amor a distancia, siempre a punto de consumarse como un vino francés que constantemente está descorchándose pero que rehuye a ser saboreado.
Ella prefirió quedarse, estudia para maestra jardinera en un el instituto del pueblo y por ahora no se anima a venir a la Capital. Me escribió una carta donde cita un fragmento trilladísimo de Rayuela. Lo leo una y otra vez durante el viaje, contra todos los pronósticos, logro emocionarme un poco.
¿Y si juego a ser escritor? Siempre soñé con escribir un libro y siempre quise tener que viajar por trabajo. Qué bien que suena la frase completa: “viajo por trabajo”. Es una novela corta, algo pretenciosa por haber estado leyendo César Aira pero trato de mecharle otras influencias para descontracturar: Dolina, Fontanarrosa, Fabián Casas. Transcurre en un caserío agrícola en el centro del país. En la entrada hay uno de esos carteles verdes con letras blancas que instalan a los costados de la ruta. Éste comunica al lector que está parado exactamente en la mitad del país. En realidad el punto medio cambió tras la entrega de unos hielos que corrieron el centro unos setenta y cinco kilómetros más arriba recayendo en el pantano de Azul. Se trata de una zona donde hasta el momento es imposible levantar viviendas y por lo tanto nadie ha venido a discutirle al pueblo de mi relato el privilegio de ser el centro exacto del Estado.
Una semana allí es suficiente para empaparme de la atmósfera del lugar y para empaparme, parece ser que el pueblito también se caracteriza por estar instalado en una especie de microclima de eterna lluvia (finita). Como no viajé con más que dos juegos de ropa, permanezco todo la semana mojado lo que va alterando paulatinamente mi sensibilidad hasta transformarme en un ser de corazón acuoso.
Pero para qué andarse con tantas vueltas. Lo cierto es que me mandaron de regreso a la ciudad al terminarse de confirmar que la investigación no prosperaría. Ahora que el fracaso es rotundo no tengo problemas en contarlo.
El dato lo veníamos manejando desde aquel viaje por Centroamérica del año 79 cuando estuvimos en contacto con pueblos andinos que nos confirmaron los milagros de la quinina, una planta con propiedades que combaten la malaria, el paludismo y sobre todo con la capacidad de prolongar sustancialmente la vida de quienes rodea. Esto último era lo que nos interesaba.
El caso paradigmático lo constituía un pueblo entre montañas a 200 kilómetros de Guayaquil donde la quinina crece espontáneamente y los campesinos llegan con holgura hasta los ciento quince años de edad con una vitalidad asombrosa.
En el instituto habíamos desarrollado varios proyectos y sólo nos faltaba dar con el lugar exacto del país donde se reprodujeran las condiciones climatológicas exactas para el desarrollo de la quinina.
Con ese fin se habían instalado varias pruebas piloto en cuatro provincias y me habían nombrado a cargo de una de ellas que era la más cercana a la Capital. A pesar de todos los sacrificios la quinina se había resistido a crecer, el nuevo director del instituto decidió apostar por proyectos menos atractivos pero más concretos, y sobre todo nuestro ánimo cayó por debajo del que uno precisa para convencer a los funcionarios de que lo que uno hace es interesante y puede servirle al país. El retorno a casa resultó inevitable.
Lo que sí es evitable es que un nene siga dándole duro y parejo al jueguito de un celular histérico, que haga tanto ruido y que me duela tanto la cabeza. Una fiesta en una quinta en las afueras obliga a un regreso depresivo. La culpa la tiene ese último vaso que me sirvieron. La culpa de todo la tiene siempre ese último vaso que nos sirven. Son inútiles los esfuerzos que uno ponga en trasladar esa responsabilidad a la quinina, a César Aira o a la novia que decide quedarse.
miércoles, 15 de octubre de 2008
domingo, 5 de octubre de 2008
Ambar

Desde el resultado del estudio la mamá de Jonás se la pasaba llorando. Sostenía que era injusto, los buenos cristianos no merecían semejantes castigos, a ella le dolía el cuerpo de tanto trabajar y amaba a su familia, en cambio los chorros... y torciendo la mirada dejaba la frase inconclusa porque sabía que todos entendían, que no tenía sentido completar la oración.
Para Jonás, en cambio, las cosas continuaban mas o menos parecidas. La diferencia más importante era que los martes y viernes en vez de ir a educación física tenía que ir al consultorio a realizar el tratamiento. Las tardes de deporte en el colegio eran más bien un escarmiento así que faltar y con justificación médica le parecía genial. Odiaba el fútbol y los compañeros lo cargaban. En el mejor de los casos lo mandaban al arco. Jonás les explicaba que prefería jugar de defensor porque tenía miedo de atajar la pelota pero no le hacían caso. Jugando en la defensa lograba hacerse el distraído y entrar en contacto con el partido lo menos posible, aparte cuando atacaba su equipo podía quedarse parado disfrutando del sol en la cara o recortando las formas de las nubes. De todas maneras, casi siempre terminaba en el arco y cuando lo llenaban de goles (que era lo más usual) le decían marica y otras cosas mucho peores.
La médica a cargo del tratamiento era una señora gorda muy agradable. Para colocarle el láser a la altura de la frente lo tomaba con firmes brazos rodeando su cabeza que quedaba apoyada sobre el delantal frío que vestía la médica generándole un gran placer. El ambiente se cargaba de un poderoso ámbar polar que lo adormecía. Cuando la doctora terminaba con el asunto, ya no le quedaban demasiadas fuerzas y dormía en la camilla hasta la noche cuando la mamá pasaba a buscarlo y se tomaban el colectivo regreso a casa.
A pesar de los lamentos familiares y las miradas piadosas de los vecinos Jonás no se sentía tan mal, quizás sí algo cansado físicamente pero nada que no pudiera arreglar yéndose a dormir temprano o haciendo la siesta después del almuerzo en lo de la abuela. Las notas en la escuela comenzaron a mejorar, los profesores estaban obligados a sentirse conmovidos por la situación así que le agregaban varios puntos en las pruebas y solían ser muy compasivos con sus trabajos prácticos. Esto llevó a que los compañeros que ya lo tenían entre ojos por los flojos desempeños futbolísticos se decidieran a que sienta el rigor de un curso enojado y se organizaran emprendiendo una cruzada para hacerle pasar malos ratos. Encontrar bichos muertos en la mochila se convirtió en costumbre, sus almuerzos comenzaron a desaparecer y la cartuchera se llenaba de tiza picada que lo hacía estornudar y toser hasta el cansancio
Fue entonces cuando Ana que era una silenciosa compañera de curso se acercó para hablarle. Al principio le hacía muchas preguntas específicas sobre la enfermedad y usaba palabras médicas que él no entendía. Le contó que su mamá trabajaba en un hospital de enfermera y que ella también guardaba ese sueño para cuando fuera grande. Esas preguntas incómodas de los inicios después se transformaron en largas conversaciones en los recreos y a la salida del colegio.
Salvo los días que tenía tratamiento y que por eso lo pasaba a buscar la mamá, se volvían caminando juntos y muchas veces terminaban alterando el recorrido, yéndose para el lado de la vieja estación. Entre las vías muertas se sentaban en los durmientes a comer golosinas y hacían competencias de lanzamiento de piedras, en general las ganaba él pero después la médica le recomendó que no hiciera grandes esfuerzos así que dejaron de jugar.
Un día de llovizna tibia se adentraron en el sendero de las vías muertas, se hicieron paso entre las plantas que crecían deformes complicando el paso y caminaron sin parar. Pasó más de una hora y seguían caminando. La lluvia y la vegetación se iban adueñando de aquellos cuerpos sucios y transpirados que no podían más que seguir la marcha, el piso se volvía pedregoso y dibujaba una pronunciada cuesta que hacía doler las piernas. Pasaron varios minutos hasta que la superficie se volvió a aplanar y emergió ante ellos un gigante vagón de tren.
Estaba adornado con serpenteantes trazos de pintura en varios colores. Por dentro se mantenía muy conservado y especialmente limpio. Ana dijo que el vagón parecía absorto en el tiempo. Jonás no entendía muy bien que significaba eso del tren absorto pero por alguna razón, la frase le dio coraje para darle la mano y ella no opuso resistencia. Entraron y se recostaron en uno de los asientos. Era de cuero verde y estaba frío. Ana se sacó la campera y los tapó apoyando luego la cabeza en el hombro de Jonás. El pudo sentir como la respiración de la niña se iba aquietando hundiéndola en el mundo de los sueños.
Fue Ana quien le enseñó a jugar al elástico. Ella era la mejor jugadora que había visto en su vida. Pasaba todos los niveles sin la mínima equivocación llegando hasta el tercer mundo en menos de veinte minutos. Solían ir a su casa donde ponían el elástico entre dos sillas y pasaban horas hasta que les agarraba sed y corrían hasta la cocina a tomar agua tónica que el tío de Ana importaba de Europa.
Con el paso de los meses, Jonás comenzó a faltar al colegio porque el tratamiento debía realizarse a la mañana para que tenga mayor efectividad. Estaba muy desmejorado y del consultorio iba directo a la casa para tirarse en la cama, ni siquiera conservaba energía como para ver televisión o leer las revistas de historietas que traía la abuela.
La última vez que la vio ni siquiera llegó a hablarle. Jonás hacía varias semanas que no aparecía por la escuela en un intento desesperado de los médicos que sostenían que si no salía a la calle por un par de semanas quizás lograrían desacelerar el avance veloz del mal.
Vio su cara por la puerta entreabierta y a las enfermeras instaladas en su casa a pedido de los médicos que no la dejaban pasar por precaución. Cualquier estímulo podía desencadenar la muerte. La vio triste y hermosa, quiso gritarle algo pero el cuerpo no le dio ese último gusto.
Los ojos se cerraron y se vio junto a ella tomando de una botella de agua tónica. Se la iban pasando y tomaban del pico. Llovía mucho pero hacía calor, toda el agua del mundo castigaba con fuerza el techo de un vagón abandonado. Se la iban pasando y tomaban del pico.
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