sábado, 5 de julio de 2008

Puentes entre Literatura y Política

Puentes entre Literatura y Política.
Aproximaciones desde una Argentina Latinoamericana.

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El futuro de las Aspiradoras

J no había terminado de abrir los ojos cuando escuchó el incesante ruido de la aspiradora que se acercaba hacia la puerta de su cuarto y chocaba contra la misma buscando derribarla. Decidió taparse con la sábana hasta la cabeza y fruncir el entrecejo como haciendo fuerza para detener aquel infame sonido. Unos minutos después el ruido cesó y recién entonces se destapó y ejecutó algunas maniobras para desperezarse. Luego caminó a tientas al baño para lavarse la cara. Eran cerca de las doce del mediodía de un día de semana cualquiera. Promediaba junio y el sol fresco se filtraba por las rendijas de las persianas.
La noche anterior había sido interminable. Alrededor de las nueve se juntó con M a buscar la producción de nachtkes. Diez y media iniciaron el recorrido por la zona sur pero se vieron obligados a interrumpirlo cuando sólo habían hecho un par de entregas. La moto se ahogaba. De nuevo los malditos engranajes pensó J. Por suerte traigo un par en mi saco sonrió M. Tardaron un largo rato, nunca se daban cuenta cómo colocarlos ni para qué lado enroscarlos. Recién a las 4 estaba cada uno en su casa pudiendo disfrutar del nachtke que se habían reservado y con el calor de las casas que contrastaba con la hostil brisa del amanecer. La cosecha de sólo 300 tarjetas no los había dejado muy contentos. Solo serviría para dos semanas de nacthkes y un par de tragos en la semana, quizás para que J le pagase a su ex novia una entrada al cine virtual.
Mientras se lavaba los dientes observó que tenía el cuerpo raspado y con moretones pero todavía no le dolía. En un par de horas cuando finalizase el efecto residual del nachtke la iba a pasar mal. No recordaba haberse caído muchas veces de la moto la noche anterior como para estar tan golpeado. Le preocupó su escaso registro del dolor.
Dejó atrás el baño y de nuevo escuchó el atormentador ruido de la aspiradora. Le recordó al de la vieja moto con la cual había sido tiroteado por los agentes de seguridad el año anterior. Caminó con rapidez hacia la cocina, empujó a la sirvienta y apagó la aspiradora con el control remoto. Era inaceptable que rozando el siglo XXII la aspiradora continuara haciendo tanto ruido. La sirvienta se marchó sumisa a lavar la ropa y J se adueñó de la cocina. Jugo, los comprimidos de pastillas y proteínas en ración doble y más jugo. Pero no lo disfrutó, la aspiradora lo arruinaba todo.
No era la primera vez que le ocurría, con qué derecho la tecnología avasallaba el derecho del hombre a la armonía matinal. J sonrió con el aplomo propio de quien logra usar eficientemente las metáforas.
La sirvienta había reactivado la aspiradora, la escuchaba amagando con entrar a la cocina y de repente lo vio. Se le debía haber caído la noche anterior cuando entró apurado a la casa. El nachtke yacía reluciente y seductor. El tubo de la aspiradora lo rodeaba lentamente y se relamía. J se paró y aceleró el paso hacia la derecha. Sin embargo la aspiradora se anticipó y con un sutil zarpazo fagocitó al nachtke haciéndolo desaparecer.
J estaba furioso. Se acercó a la sirvienta y la pateó. Desconectó la aspiradora, fue hacia su cuarto y se visitó con violencia.
Salió a la calle, combinó tres líneas de subterráneos y llegó a la zona industrial en las afueras de la ciudad. Iría hablar con los chinos, había oído que eran ellos quienes fabricaban los productos tecnológicos, ya lo iban a escuchar a él esos amarillos malolientes.
El complejo estaba atravesado por un largo y estrecho corredor de unos quinientos metros, a los costados estaban los altos portones de las empresas. Los operarios entraban por los techos mediante el transporte semi-aéreo que suministraban las mismas empresas para sus trabajadores.
J arrojó piedras sobre la primer puerta y como era de esperar salió un oriental a pedir que no tirase elementos contundentes, que iba a romper la entrada. J le preguntó si él era el hijo de puta que fabricaba aspiradoras. El oriental respondió que no que ellos se ocupaban de la industrialización de transportadores, que había una promoción de que por sólo 3000 tarjetas te hacían un préstamo por un año pero que por favor dejara de lanzar cascotes.
J agradeció la oferta pero respondió que por ahora no necesitaba transportadores, que había comprado una moto hacía poco y que funcionaba bastante bien aunque a veces se le rompían los engranajes.
Mientras buscaba el acceso a otro predio observó como tres karatecas le obstruían el paso. Los karatecas a unísono afirmaron trabajar para las empresas productoras de alta tecnología e invitaron a J a retirarse del complejo industrial si no quería sufrir quebraduras de huesos.
J recordó que aún tenía en el bolsillo 5 nachtkes, ofreció 4 de ellos y los karatecas accedieron a que J siga circulando.
Se dirigió entonces a la segunda puerta y esta vez prefirió tocar el timbre, no soportaría a otro chino enojado ni karatecas castigadores.
Le abrieron y pronto comprendió que estaba en el lugar indicado. Vaya efectividad, tenía pensado tardar horas hasta encontrar el lugar indicado. Era allí donde fabricaban las aspiradoras, era en ese sombrío edificio donde se cocía a fuego lento la insoportable maldición de las aspiradoras ruidosas. Un tibio sudor comenzó a recorrerle la nuca. Necesitaba el nachtke. Palpó su bolsillo derecho y lo sacó dejándolo deslizar por debajo de su lengua. Mientras se acercaba al mostrador donde lo esperaba una secretaria que no era china J iba cobrando fuerza. Ahora sí estaba dispuesto a todo.

miércoles, 21 de mayo de 2008

lunes, 12 de mayo de 2008

Tarde de Martes


Escucháme, miráme. Te pido que me mires. Que me escuches. No me podés mirar, no querés escucharme! La chica le grita a el chico.
Están sentados en la calle, en la escalera de entrada a un edificio. El pesado olor de una lluvia que se avecina se mezcla con el de las frutas podridas de la verdulería que está a unos metros pero de la mano de enfrente.
Ella grita y llora. Tiene seguramente menos de veinticinco años, es bastante linda y lleva puesto uno de esos ambos turquesas que usan los médicos. Está visiblemente arrugado y la parte de atrás está cubierta por manchas blancas de todos los tamaños.
Por qué no me mirás, por qué no me escuchás. No me mirás hasta que te lo muestro, no puede ser. No mires al costado, fijo, fijo mírame fijo , escucháme por Dios.
Ella intenta abrazarlo, él se resiste, baja la mirada, comienza a llorar más fuerte y gime. Se pone de pie y usando las manos como remos intenta secarse las lágrimas, lo logra por un instante pero a los pocos segundos una nueva catarata de llanto aflora. Tiene los ojos cansados y toda la pintura corrida. El escote del ambo deja entrever unos raspones.
La calle está muy tranquila, sólo una anciana espera el colectivo en la esquina. Los mira con curiosidad, intrigada por los ademanes y gritos de la chica.
Él se mantiene sin pronunciar palabra, con la mirada perdida, como acostumbrado a este tipo de situaciones. Parece aún más joven que ella. Tiene algo de acné en los cachetes y lleva pelo largo atado con una colita. Viste pantalones anchos y una cadena bastante gruesa a modo de collar.
Ella se toma el pelo como planchándolo. De repente se agacha con rapidez y lo besa con violencia, él responde al beso y la toma fuertemente del pelo, ella no da señales de dolor pero al rato se suelta y aleja la cara unos instantes, luego vuelve a la carga y lo vuelve a besar, él se excita. Trata de tocarle una teta, ella ni se percata. Ya decidió.
Palpa su bolsillo izquierdo y lo siente, esta vez no se lo va a mostrar. Lo extrae con los ojos cerrados, él le está mordiendo los labios.
Se lo clava a la altura de las costillas, siente el impacto de los chorros de sangre tibia sobre su ambo, sólo después escucha su alarido de dolor.

martes, 6 de mayo de 2008

Música enferma

Era una manoseada noche de sábado en la que terminé sin ningún programa. Algo desencantado abrí una latita de cerveza y comencé a buscar un disco que hacía mucho que no escuchaba. Después de un media hora lo encontré: estaba en el medio de un pila de esas revistas que vienen los fines de semana con los diarios importantes. Le pasé un trapo húmedo a la caja llena de polvo, luego la abrí cuidadosamente con la misma incertidumbre que uno siente cuando se va a encontrar a tomar algo con un amor que hace mucho que no ve.
Coloqué suavemente el disco en el reproductor y con los ojos cerrados me dejé caer en el sillón. Cuando el primer tema comenzó a sonar me di cuenta que algo andaba mal; a la altura del cuarto tema ya tenía la certeza de que el disco se había enfermado. No estaba rallado ni saltaba pero estaba enfermo. Cuando se lo comenté por teléfono a mi amiga Laura al otro día, me dijo que yo estaba delirando, que los discos no se enfermaban, que cómo podía decir una cosa semejante, luego cambiamos de tema y al final de la conversación volvió a arremeter aunque con un tono más conciliador. Que los discos no se enferman, que quizás era el paso del tiempo, que yo había cambiado, que discos que antes nos gustaban después nos parecen insípidos( sí usó la palabra insípido, los discos no se enferman pero resulta que pueden ser insípidos) y cerró la conversación preguntándome si no me interesaba el contacto de un lacaniano bastante bueno que había dejado muy contenta a su media hermana.
Esa misma noche me sentía caído y estornudaba sin cesar. Estaba aburrido así que probé nuevamente a ver qué ocurría si escuchaba el disco. Comenzó a dolerme la sien, me sentía cada vez peor, tanto que me tomé la temperatura y marcaba treinta y ocho. Yo también estaba a esa altura enfermo, pero era el disco, pero era aquella música, esas canciones las que nunca se iban a curar, las que tenían un cáncer terminal.

martes, 1 de abril de 2008

sábado, 9 de febrero de 2008

Genocidio sostenido


Quila Quina es un paraje que queda cerca de San martín de los Andes sobre el lago Lacar, allí subsiste una comunidad mapuche No existe registro exacto que determine cuándo exactamente estos aborígenes llegaron a esta zona (lo hicieron desde el otro lado de la cordillera, empujados por los españoles–, pero la historia cuenta que vivían junto al lago Lácar donde ahora está el pueblo de San Martín hasta que en 1898 fueron expulsados por Rudesindo Roca –hermano de Julio Argentino- ante quien decidieron negociar en vez de combatir dada la inferioridad de fuerzas guerreras)
El artículo de un diario menciona la comunidad de Quila Quina y dice: ...” Los mapuches ahora viven de cortar leña –los guardaparques les señalan qué árboles pueden talar–, crían chivos, se emplean en el pueblo para realizar trabajos manuales, cultivan algunas verduras y ahora también comienzan a dedicarse un poco al turismo”...
Lo cierto es que caminando por la zona solamente se ven turistas de altísimo poder adquisitivo que van a pasar el día allí y algún que otro mochilero en carpa. Justamente para acceder al camping agreste es preciso ingresar en la reserva(gueto) y allí sí hay un mapuche de cara dibujada por las arrugas que solo logra articular alguna palabra en castellano invitándonos a pagar un peso por el acceso. Probablemente sea esta la dedicación mapuche al turismo que indica el artículo.
En Villa la Angostura, centro turístico al cual acude la reina de Holanda y donde un sándwich de milanesa sale 18 pesos, hay otra comunidad mapuche. Cobran 3 pesos para acceder a la reserva y conocer la cascada de Inacayal.
En un sur argentino con precios europeos los mapuches siguen cobrando como en el “unoauno”, nadie les sugiere exigir un poco más por esa suerte de peaje. Quién les va a avisar si los dirigentes provinciales actúan como discípulos obsecuentes del roquismo dificultando el acceso a las escuelas, sacando leyes para facilitar su desalojo y enviando a la fuerza pública para obligarlos a abandonar sus tierras.
Los mapuches que según muchos suplementos diarios de alta difusión se dedican alegremente al turismo, crían chivos y cultivan verdura , en realidad sufren el acoso y la intimidación diaria para que dejen sus hectáreas urgentemente. Es que han sido vendidas por las inmobiliarias a grandes magnates internacionales o a figuras como Manu Ginobilli.
Un soplo de aire fresco significa la ley nacional 23 302 del 2006 que viene a cubrir la promesa que había inaugurado el 75 inciso 17 de la Constitución de 1994 ” Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos”. Dicha ley fomenta la adjudicación de tierras, planes de educación y protección cultural para las comunidades indígenas. El problema es que resulta inaplicable en un contexto en el que gran parte del poder institucional provincial está en contra.
Argentina ha dado un gran salto en los últimos años al esbozar una fuerte autocrítica acerca del rol del Estado y la sociedad civil en el genocidio de 30000 compañeros desaparecidos en la década del setenta . Es preciso también ir más atrás y ser conscientes que nuestro país tiene sus pilares en un genocidio planeado, organizado con sustento teorico-politico -religioso y ejecutado a sangre fría.
Es nuestro deber como habitantes y sobre todo de la clase política y los operadores jurídicos contribuir a la protección y desarrollo de los pueblos indígenas como marca la letra clara pero todavía salpicada con sangre del 75.17 de la Ley Suprema.