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lunes, 25 de agosto de 2008

Un poco de auto referencia estética *

Despertarse el sábado a la mañana con el despertador porque juega Argentina. Desde la cama y todo tapado como envuelto en hoja de parra, tratar de sacar algo en limpio del partido. La resaca que no ayuda, la voz del relator muy excitado por un lateral mal cobrado. Lo que sea por bajar el volumen pero el control remoto está fuera de órbita, el frío acecha como para animarse a una excursión sin frazada.
Nada peor que empezar el día con un dolor que atraviesa la cabeza, será un complicado fin de semana. Mientras cabecea y lucha para que no se le cierren los ojos, resuelve que el partido le importa bastante poco y que en realidad es mejor descansar, bien merecido lo tiene por haber trabajado el día anterior y encima tener que cursar en la facultad hasta tarde. Con una sonrisa boba se queda plácidamente dormido hasta que al despatarrado zaguero central del otro equipo se le ocurre hacer un penal. El relator está como loco. Que lo merecíamos, que estábamos jugando mejor, que íbamos para adelante, que el esfuerzo tiene su premio. Casi desea que el diez de Argentina erre el penal con tal de que se calle ese tipo. Por suerte el fútbol no responde ante egoísmos matinales y el diez patea fuerte a media altura y la pone al lado del palo. Intenta un grito de gol pero un agudo puntazo en el medio de la frente lo agarra desprevenido, los párpados vuelven a cerrarse como humeantes persianas de fábrica. No tomó tanto la noche anterior como para sentirse así. Debe ser el cansancio acumulado, esto de dormir cuatro horas por noche lo está matando.
Manotea una cafia pero la deja donde estaba, prefiere esperar a que la jaqueca se vuelva insoportable para tomar alguna pastilla.
Que el objetivo cuando no da vida es guerra.
Que el adjetivo cuando no da vida mata.
Que la técnica es buena cuando no se ve.
Escribe un rato tratando de hacerlo con estos ejes entre mates y sombras.
De repente el instinto lo traiciona, agarra el teléfono y marca sin mirar el número de ella. Levanta la cabeza mientras espera que atienda y cae en la cuenta que donde solía reposar el dibujo que le había regalado ahora hay una orden de kinesiología. Entonces deja caer el tubo y corta antes que alguien conteste del otro lado. Renueva mate y por suerte lo llama su amiga Violeta para ir a caminar.
Caminan por la calle Melián bajo el sol del atardecer y una tenue sensación de bienestar se desliza sobre su espalda. Ya prácticamente no le duele la cabeza. Le comenta un cuento que leyó la semana anterior, sobre un hombre que sentado al lado de su amada le deja caer pequeñas gotas de agua tibia por la espalda, éstas recorren sus lunares hasta desembocar a la altura del coxal y resbalar acariciando la sábana que acentúa su color azul al contacto con el agua.
Violeta le sonríe y siguen hablando de cosas que no duelen(1) hasta que ella se tiene que ir.
Vuelve a casa y llega su primo.
Entre humo, Creedence, y chocolatadas calientes, el visitante le cuenta que tiene un gran proyecto para ser feliz. La noche va ganando terreno mientras lo discuten.
El primo le recomienda que no sea tan literal al escribir, sería mejor si se animara a desplegar las alas, pasa que sos medio conservador, remata. Él se enoja un poco pero comprende que no es un ataque político, no debe dejarse nublar por la paranoia de la militancia.
Las horas trascurren mansas, su primo es un incomparable compañero de tertulia. Cuando empieza a sonar Blackbird decide que es momento de irse así que le baja a abrir.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa. Aunque también podría ver que le pasa si escribe, si escucha música tirado en el piso o si pide un chop suey y le mete mucha salsa de soja.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa pero quizás, como dice Bartleby, preferiría no hacerlo.

* “La gente que siente mucho no crea arte sino autorreferencia estética.” (Carmen Baliero)

1 Gracias Superchería!

martes, 6 de mayo de 2008

Música enferma

Era una manoseada noche de sábado en la que terminé sin ningún programa. Algo desencantado abrí una latita de cerveza y comencé a buscar un disco que hacía mucho que no escuchaba. Después de un media hora lo encontré: estaba en el medio de un pila de esas revistas que vienen los fines de semana con los diarios importantes. Le pasé un trapo húmedo a la caja llena de polvo, luego la abrí cuidadosamente con la misma incertidumbre que uno siente cuando se va a encontrar a tomar algo con un amor que hace mucho que no ve.
Coloqué suavemente el disco en el reproductor y con los ojos cerrados me dejé caer en el sillón. Cuando el primer tema comenzó a sonar me di cuenta que algo andaba mal; a la altura del cuarto tema ya tenía la certeza de que el disco se había enfermado. No estaba rallado ni saltaba pero estaba enfermo. Cuando se lo comenté por teléfono a mi amiga Laura al otro día, me dijo que yo estaba delirando, que los discos no se enfermaban, que cómo podía decir una cosa semejante, luego cambiamos de tema y al final de la conversación volvió a arremeter aunque con un tono más conciliador. Que los discos no se enferman, que quizás era el paso del tiempo, que yo había cambiado, que discos que antes nos gustaban después nos parecen insípidos( sí usó la palabra insípido, los discos no se enferman pero resulta que pueden ser insípidos) y cerró la conversación preguntándome si no me interesaba el contacto de un lacaniano bastante bueno que había dejado muy contenta a su media hermana.
Esa misma noche me sentía caído y estornudaba sin cesar. Estaba aburrido así que probé nuevamente a ver qué ocurría si escuchaba el disco. Comenzó a dolerme la sien, me sentía cada vez peor, tanto que me tomé la temperatura y marcaba treinta y ocho. Yo también estaba a esa altura enfermo, pero era el disco, pero era aquella música, esas canciones las que nunca se iban a curar, las que tenían un cáncer terminal.

martes, 11 de diciembre de 2007

Una muerte a lo Lisandro de la Torre

Es martes, llueve mucho y no tiene trabajo. A su criterio no es el mejor día para suicidarse.
Camus dice que quien ha pensado en la vida ha analizado las formas de suicidarse. Él( no Camus sino nuestro personaje) siempre fue de los que dicen preferir una muerte con mucha luz, a sol radiante. Una muerte más al estilo Lisandro de la Torre quien interrumpió su vida en una coloreada tarde de enero.
Sin embargo para morir a lo de la Torre no le alcanza con suicidarse una tarde de verano, para que su muerte tenga algo de aquel estilo, debería nuestro hombre por lo menos apreciar la vida. Pero en cambio la desprecia profundamente, le parece la más repulsiva invención de todos los tiempos.
_” La vida es una porquería” se cansaron de escuchar en conversaciones de sucias pizzerías los amigos ocasionales que supo tener.
Sumergido, ahogado en esta percepción, la diferencia entre morir y vivir se le torna difusa: quitarle ese peso específico al vivir al menos desdramatiza el final. Claro que también vacía la vida misma de ese sabroso néctar que tan bien puede degustar quien ha sabido aprovecharla.
Le agrada la idea de dejar sobre la mesa de la cocina una señal, algo para recibir a quien sea el indicado para forzar la puerta de su casa y encontrarlo muerto. Posiblemente será el portero alertado por el nauseabundo olor a carne humana, o los vecinos, o quizás Ana. Ojalá que sea Ana.
Le divierte la idea de dejar algún tipo de enigma indescifrable pero no se le ocurre nada demasiado misterioso. Opta por escribir unas líneas en prosa, pero también le resulta complicado. Es difícil escribir sobre la muerte, tantos han ya escrito sobre la muerte. Trata de concentrarse pero es en vano, no puede dejar de pensar en la siguiente imagen: una pila de libros sobre la muerte adentro de un inodoro y él tirando una y otra vez infructuosamente la cadena para que ellos desaparezcan entre las fuerzas centrífugas del agua. Pero no lo consigue: son muchos y grandes volúmenes, la mayoría tienen tapa dura y no logran abrirse pase por el agujero que resulta demasiado pequeño.
Resuelve entonces no dejar ni enigma ni escrito en prosa.
Escapar a los lugares comunes siempre fue su obsesión y hoy en la antesala del fin odia hacerlo mediante el trillado recurso del suicidio. Vaya clishé, vaya poca elegancia. Pero sigue siendo martes, llueve mucho y no tiene trabajo. Mira el pronóstico en la tele, donde un conductor con cara de albóndiga dice que el tiempo mejorará para el jueves. No le quedan demasiadas otras alternativas que esperar. Esperar recién hasta el jueves para vaciar el revolver sobre su estómago. Para morir más a lo Lisandro de la Torre.




domingo, 7 de octubre de 2007

Viaje diplomático


Hay pocas cosas peores que tomar un avión con fiebre. Con mucha fiebre. 39 grados.
Cuando se está obligado a volar en esas circunstancias físicas, el avión en sí mismo se vuelve un mundo tortuoso e indescifrable
Si a ello le sumamos que el hombre viaja a Líbano en una misión tan irrealizable como intrascendente, la cosa se pone cada vez peor. El asunto asume un cariz aún más desesperante tras un par de turbulencias. Por otra parte, viajar en compañía de un contingente de cuarenta adolescentes excitados tampoco ayuda demasiado. La amarga sensación de que el final de la historia está ya escrito completa un panorama poco alentador.
El funcionario mira por la ventanilla y alcanza a ver parte de la estructura del avión cuando titilan las luces. Esto ocurre en intervalos de cinco segundos. Durante ese instante también es posible ver las estrellas. Supone que si no estuviese tan enfermo sabría apreciar aquel momento.
Está abstraído, juega a sintetizar su misión en una frase y cree lograrlo: “ básicamente todo depende de cómo logre plantearle la cuestión al embajador.”
Quizás la pastilla esté comenzando a actuar, el cuerpo le duele cada vez menos y ya no siente constantes escalofríos. El cansancio farmacológico empieza a vencerlo, los ojos se le cierran. Un sueño inquietante, en la antesala de la pesadilla: una ruta interminable y un auto, no hay paisaje, por las ventanillas tan sólo se ve un telón blanco, como un tejido a base de leche materna. Aunque quiere observarlo fijamente no lo logra porque la cabeza no le responde, no puede girarla. Pero la leche materna sabe bien.
Despierta sobresaltado: el contingente de adolescentes canta enfervorizado. El cuello le duele mucho, vaya a saber cuánto tiempo estuvo durmiendo en esa posición tan ridícula.
Se quejará al ministro por este vuelo, es inaceptable que un delegado del gobierno viaje en esas condiciones. Pero rápidamente se cuestiona si estando bien de salud, el vuelo le parecería tan martirizador. Se siente atontado por la fiebre y descubre que los ruidos resuenan distinto a lo habitual, como con efecto reverberante. Le parece una sensación interesante y decide escribirla en una libretita. Es más, lo comentará con el Dr Sarraguez al regreso del viaje, si es que regresa, claro. Asumir la posibilidad de la muerte por más pequeña que sea es también la esencia de este periplo. Ya es hora de dejar de hacerse el distraido.
Es cierto que las garantías internacionales están dadas y el protocolo de confidencialidad está aprobado por reunión conjunta de los gabinetes de ambos países. Pero siempre está la posibilidad de que la información caiga en manos equivocadas, mucho más en tiempos de guerra como los que asoman.
En el famoso caso del ingeniero inglés estaban dadas las mismas garantías y el final es conocido por todos. Es cierto que aquel caso tuvo otros agregados como la intervención de la guerrilla separatista aplicando por primera vez la política de tomar rehenes civiles. De todas maneras fue una clara demostración de la poca capacidad de articular que tienen los organismos internacionales en países que no suscriben a los pactos. Siente un escalofrío en la planta del pie.
Aparte el ingeniero inglés estaba un poco loco. Mucho se habló de su esoterismo adquirido cuando habitó junto a tribus aborígenes en el sur de Níger. Su caso era sustancialmente distinto al del ingeniero. No quedaban dudas de eso. Aún así la muerte acechaba como una rata en busca de restos de comida.
Se percató de que su cuerpo estaba enteramente transpirado. En media hora el avión haría escala en Madrid. Tan sólo cinco horas después llegará a su destino final

jueves, 6 de septiembre de 2007

Sentido


En la triste mañana del modesto bar, una pareja de treintañeros lee revistas de moda y cada tanto realiza un comentario sobre aquel vestido o ese famoso. Dos profesoras universitarias preparan una clase. Un señor que se está quedando pelado lee el diario. Otro señor bebe abstraídamente un cortado.
Yo dejo que mi café con leche se entibie hasta volverse un brebaje asqueroso. De a ratos hojeo un libro sobre un joven que quiere ser escritor pero no logro concentrarme. Prefiero contemplar lo que se ve a través de la puerta vidriada. No es demasiado: una ciudad que oscila entre el gris y el ocre, gente que camina con bufanda, guantes y gorro, una leve pero perseverante llovizna.
Por momentos giro la cabeza y creo reconocer algún gesto tuyo en el señor que se sienta en la mesa de al lado, en el tipo que se está quedando pelado mientras lee el diario. Vuelvo a perder la mirada a través de la puerta de vidrio.
Yo no soy de esos que exageran sus problemas, simplemente no es mi estilo, por eso me asusta tanto pensar que esta ciudad sin vos no tiene ya ningún sentido. De ninguna manera quiero que creas que esto es parte de una estrategia para que regreses, por favor no lo tomes a mal, nunca caería tan bajo.
Tampoco es una opción ir detrás tuyo persiguiéndote como un loco, estoy seguro que si algún día decidís regresar no será porque fui en tu búsqueda.
En una de esas debería tomarme un año de descanso e irme lejos.
Escalar montañas, nadar ríos, atravesar selvas y perderme en grandes mercados.
Viajar en los techos de ruidosos trenes que recorren vías que ya no existen.
Emborracharme en oscuros bares atendidos por mozos golpeadores, dormir en bancos de plaza y terminales de ómnibus, conocer mujeres de una noche y regalarles ramos de flores arrancadas de un jardín.
Retrasar relojes de viejas catedrales, cenar con un mendigo en la vereda, jugar a ser actor en alguna obra de bajo presupuesto, cosechar tomates en una huerta orgánica, jugar al fútbol en algún potrero con montañas de fondo, meter los pies embarrados en un arroyo de agua fría, tomar mates amargos con el sonido de los grillos.
Tarde o temprano en algún lugar encontraré la receta para dejar atrás todo esto, para concentrarme en este libro de un joven que quiere ser escritor. Tomo un sorbo del café con leche y me contengo para no escupirlo, le hago una seña al mozo para que me cobre. Ahorro tiempo y me voy poniendo el sweater.

martes, 14 de agosto de 2007

Espectro


Lo primero que siente al despertar es su boca seca.
Intenta tragar varias veces, luego recorre sus labios con la lengua pero la sequedad incómoda se mantiene. Está congelado, la frazada se perdió en algún momento de la noche dejándolo a merced del viento polar que ingresa por la ventana entreabierta. Allí nomás sobreviene la imagen de ella. Con puntualidad europea, como todas las mañanas. Como cada atardecer.
Es un día complicado con mucho para hacer. Agarra el auto y lo acelera: de todas maneras llegará tarde, el tránsito es un infierno.
En la radio suena una canción, se imagina que ella está a su lado en el asiento de acompañante. Le cuenta que ese tema le recuerda a una novela de piratas de Mark Twain. Es que de chico escuchaba esa melodía mientras leía el libro. Ella se limita a sonreir, se acomoda el pelo llevándoselo hacia atrás y sólo unos minutos después cuando la conversación parece olvidada le pide prestado ese libro. Posa su brazo sobre la cabeza de él y se la rasca con ternura.

viernes, 2 de marzo de 2007

Misiones - Mitnadev 06

I

_Mentirosos? Mentirosos eran los de antes_ dice un viejo hombre que en realidad es un hombre avejentado. Detrás de aquel rostro quemado por el sol de años y atravesado por infinitas arrugas se dibuja una tenue y olvidada felicidad que parece emerger mientras pronuncia pausadamente esas palabras.
_Ya no quedan mentirosos por estos pagos, mentirosos eran los de antes_ insiste._Aquellos cuyos caballos se rehusaban a beber del lago tras fatigosas horas de galope bajo el intenso sol, ¿sabe usted por qué no bebían?_Yo le indico con una simple expresión que no, que no tengo la menor idea. El hombre se da cuenta que me interesa, hace una pausa, levanta sus cejas y se despacha _porque eran lagos de miel _ Acto seguido, suelta una carcajada que queda inconclusa por su misma estruendosa tos que la opaca. _Esos eran mentirosos_ vuelve a decir y clava su mirada en el techo de la casilla de madera como buscando algún vestigio o señal de algo. Lo miro fijamente para tratar de acaparar su atención nuevamente pero sus ojos y su cuerpo se han perdido para siempre en el espesor de la noche cálida.

II

Apoyo mis brazos en el suelo y se hunden en un colchón de pasto verde, mi mano está teñida de un intenso naranja.
El ladrido de un perro que pasa cerca interrumpe el concierto de sonidos que vienen de eso que llamamos selva. Ese todo pintado de mil variedades de verdes y que parece no tener final ni principio.
Miro hacia el monte y las siluetas negras de los primeros árboles se distinguen de la noche unánime que ya cayó sobre nuestras cabezas. Con ella los duendes, los monstruos, los animales, ese concierto de ruidos que paradójicamente se presenta como un perfecto silencio.

III

Me agacho bajo el salvador manto de sombra que proporcionan las araucarias y lentamente sumerjo mis manos en las tibias aguas de un arroyo.
Los tabacaleros y yerbateros mencionan entre tereré y tereré al yazi. Se trata de un duende apuesto de ojos azules con una larga cabellera rubia que matiza sus refinados rasgos. Mediante su canto aterciopelado seduce a las mujeres y las engaña hasta hacerlas perder en la espesa jungla donde las ataca por sorpresa.
Nanni tiene siete años y me cuenta con lujo de detalle cómo fue el día que se escapó del Pombero, un monstruo temible de filosas garras que un día en su vuelta a casa desde el colegio se cruzó intrépidamente en su camino. _Lo tenía atrás, lo tenía, casi podía escuchar su aliento, así que empecé a correr, correr y correr desesperado. Me metí en el monte, trepé a un árbol y logré despistarlo. Desde arriba vi como el Pombero estaba confundido y como después de varios minutos se marchaba. Yo estaba tan asustado que mi corazón latía y latía sin parar _

IV

De nuevo en Buenos Aires, camino por una calle del barrio de Belgrano y entre los edificios logro vislumbrar un pedazo de luna. La misma luna que se veía en Misiones y la misma que veía antes de irme de viaje.
Es entonces cuando asumo que la mejor forma de (sobre)vivir es conformarme con ser un mediocre emulador de los mentirosos. Un soez imitador de los mentirosos del pasado a los que añora el hombre avejentado, aquel de cara quemada por el sol y atravesada por arrugas.

viernes, 23 de febrero de 2007

Vamos Fugir

Vamos fugirDeste lugar,
baby Vamos fugir ”
(Gilberto Gil)

“Vamos fugir” (me) significa mucho.
Para empezar es uno de mis temas de reggae preferidos.
Su autor y compositor, Gilberto Gil, es una de esas personas tan “grosas” que el término artistas les queda chico y pasan a ser verdaderos íconos.
“Vamos fugir” no tiene una traducción precisa al castellano. Ni “Huyamos” ni “vamos a huir” ni “rajemos” me convencen demasiado, quizás “vamo’ a la mierda” resulta más cercano pero arruina la sutileza que tiene la frase en el portugués. “Vamos fugir” tampoco es asociable con el “ lets runnaway” yanqui
El “vamosfugir”(a partir de ahora como una sola palabra) es un concepto.
El “vamosfugir” puede ser complicado o fácil de entender, puede tornarse abstracto o ser sencillamente concreto, puede ser revelador o pelotudísimo, puede estar bajo control y rápidamente pasar a ser voluble, puede ser meramente autoreferencial o transformarse en intersubjetivo, puede usar palabras enroscadas como “autoreferencial” o básicas como “puto”, puede seguir siendo definido a partir de antinomias o puede detenerse en este preciso instante.
“Vamosfugir”es:

· Romper con las pesadas cadenas que no nos dejan salir de las tibias aguas de la mediocridad!!
· Aprender a bancar(nos) el vacío y la angustia que sobrevienen.
· Hacer de la reflexión un hábito y no una excepción.
· Bajonearla con bizniques, sugus confitados o cualquier golosina con onda.
· Leer aquel cuento de Cortázar.
· Dejar atrás lo que nos hace mal pero no tan atrás como para olvidar que nos hace mal.
· Sorprendernos nuevamente con ese tema de los Beatles que hace mucho no escuchamos.
· No bajar los brazos cuando nos tildan de utópicos. Son ellos los delirantes que creen que el sistema puede seguir funcionando así. Nosotros somos los realistas.
· Tomar mate.
· Reír con ganas.
· Descubrir miradas.
· Llorar con ganas.
· Seguir Librando pequeñas luchas.
· Viajar
· Creer en que las cosas pueden que cambiar y cambiarlas.
· Tomarnos vacaciones.
· Ver cielos

“Vamosfugir” es todo eso y tantas otras cosas...