La primera vez que me enamoré tenía nueve años y estaba en Brasil. Su nombre era Juliana pero como las cosas funcionaban en portugués, se llamaba, en realidad, “Shuliana” y eso lo cambiaba todo. Andaría por los doce y era la nieta del intendente del pueblo costero donde mi abuelo había comprado una casa.
La conocí el día que decidí dejar de pasarme toda la tarde escuchando el walkman o, mejor dicho, el día que junté los huevos para cruzar la calle y preguntarles a los chicos que jugaban en el jardín de enfrente si podía sumarme. Diogo, que se presentó como el hermano mayor de la familia dijo que no le molestaba la participación de un argentino, que estaban jugando a las escondidas y que la prenda para el perdedor era ponerse en calzoncillos, entrar a su casa y pedirle a la abuela un vaso de leche.
Ya no podía echarme atrás así que respondí en portuñol que me parecía todo muy bien.
Alguien dio la orden de inicio y al toque sentí a Shuliana que agarraba mi mano y decía que el escondite perfecto era el paraíso.
Corrimos un trecho largo hasta que el terreno se hizo descendente, nos adentramos en unos árboles, empujamos unos arbustos, escalamos más de una roca y por fin llegamos.
El paraíso era una caverna limpia rodeada de flores con un piso de arena mostaza que entraba mansamente en contacto con el mar. Recién ahí dejó que nuestras manos se soltaran. Mirándome a los ojos dijo que era paulista y que eso era bien distinto a ser paulistano porque los paulistas vivían en la Capital y los paulistanos en el resto del Estado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario