Despertarse el sábado a la mañana con el despertador porque juega Argentina. Desde la cama y todo tapado como envuelto en hoja de parra, tratar de sacar algo en limpio del partido. La resaca que no ayuda, la voz del relator muy excitado por un lateral mal cobrado. Lo que sea por bajar el volumen pero el control remoto está fuera de órbita, el frío acecha como para animarse a una excursión sin frazada.
Nada peor que empezar el día con un dolor que atraviesa la cabeza, será un complicado fin de semana. Mientras cabecea y lucha para que no se le cierren los ojos, resuelve que el partido le importa bastante poco y que en realidad es mejor descansar, bien merecido lo tiene por haber trabajado el día anterior y encima tener que cursar en la facultad hasta tarde. Con una sonrisa boba se queda plácidamente dormido hasta que al despatarrado zaguero central del otro equipo se le ocurre hacer un penal. El relator está como loco. Que lo merecíamos, que estábamos jugando mejor, que íbamos para adelante, que el esfuerzo tiene su premio. Casi desea que el diez de Argentina erre el penal con tal de que se calle ese tipo. Por suerte el fútbol no responde ante egoísmos matinales y el diez patea fuerte a media altura y la pone al lado del palo. Intenta un grito de gol pero un agudo puntazo en el medio de la frente lo agarra desprevenido, los párpados vuelven a cerrarse como humeantes persianas de fábrica. No tomó tanto la noche anterior como para sentirse así. Debe ser el cansancio acumulado, esto de dormir cuatro horas por noche lo está matando.
Manotea una cafia pero la deja donde estaba, prefiere esperar a que la jaqueca se vuelva insoportable para tomar alguna pastilla.
Que el objetivo cuando no da vida es guerra.
Que el adjetivo cuando no da vida mata.
Que la técnica es buena cuando no se ve.
Escribe un rato tratando de hacerlo con estos ejes entre mates y sombras.
De repente el instinto lo traiciona, agarra el teléfono y marca sin mirar el número de ella. Levanta la cabeza mientras espera que atienda y cae en la cuenta que donde solía reposar el dibujo que le había regalado ahora hay una orden de kinesiología. Entonces deja caer el tubo y corta antes que alguien conteste del otro lado. Renueva mate y por suerte lo llama su amiga Violeta para ir a caminar.
Caminan por la calle Melián bajo el sol del atardecer y una tenue sensación de bienestar se desliza sobre su espalda. Ya prácticamente no le duele la cabeza. Le comenta un cuento que leyó la semana anterior, sobre un hombre que sentado al lado de su amada le deja caer pequeñas gotas de agua tibia por la espalda, éstas recorren sus lunares hasta desembocar a la altura del coxal y resbalar acariciando la sábana que acentúa su color azul al contacto con el agua.
Violeta le sonríe y siguen hablando de cosas que no duelen(1) hasta que ella se tiene que ir.
Vuelve a casa y llega su primo.
Entre humo, Creedence, y chocolatadas calientes, el visitante le cuenta que tiene un gran proyecto para ser feliz. La noche va ganando terreno mientras lo discuten.
El primo le recomienda que no sea tan literal al escribir, sería mejor si se animara a desplegar las alas, pasa que sos medio conservador, remata. Él se enoja un poco pero comprende que no es un ataque político, no debe dejarse nublar por la paranoia de la militancia.
Las horas trascurren mansas, su primo es un incomparable compañero de tertulia. Cuando empieza a sonar Blackbird decide que es momento de irse así que le baja a abrir.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa. Aunque también podría ver que le pasa si escribe, si escucha música tirado en el piso o si pide un chop suey y le mete mucha salsa de soja.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa pero quizás, como dice Bartleby, preferiría no hacerlo.
* “La gente que siente mucho no crea arte sino autorreferencia estética.” (Carmen Baliero)
1 Gracias Superchería!
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lunes, 25 de agosto de 2008
martes, 11 de diciembre de 2007
Una muerte a lo Lisandro de la Torre
Es martes, llueve mucho y no tiene trabajo. A su criterio no es el mejor día para suicidarse.Camus dice que quien ha pensado en la vida ha analizado las formas de suicidarse. Él( no Camus sino nuestro personaje) siempre fue de los que dicen preferir una muerte con mucha luz, a sol radiante. Una muerte más al estilo Lisandro de la Torre quien interrumpió su vida en una coloreada tarde de enero.
Sin embargo para morir a lo de la Torre no le alcanza con suicidarse una tarde de verano, para que su muerte tenga algo de aquel estilo, debería nuestro hombre por lo menos apreciar la vida. Pero en cambio la desprecia profundamente, le parece la más repulsiva invención de todos los tiempos.
_” La vida es una porquería” se cansaron de escuchar en conversaciones de sucias pizzerías los amigos ocasionales que supo tener.
Sumergido, ahogado en esta percepción, la diferencia entre morir y vivir se le torna difusa: quitarle ese peso específico al vivir al menos desdramatiza el final. Claro que también vacía la vida misma de ese sabroso néctar que tan bien puede degustar quien ha sabido aprovecharla.
Le agrada la idea de dejar sobre la mesa de la cocina una señal, algo para recibir a quien sea el indicado para forzar la puerta de su casa y encontrarlo muerto. Posiblemente será el portero alertado por el nauseabundo olor a carne humana, o los vecinos, o quizás Ana. Ojalá que sea Ana.
Le divierte la idea de dejar algún tipo de enigma indescifrable pero no se le ocurre nada demasiado misterioso. Opta por escribir unas líneas en prosa, pero también le resulta complicado. Es difícil escribir sobre la muerte, tantos han ya escrito sobre la muerte. Trata de concentrarse pero es en vano, no puede dejar de pensar en la siguiente imagen: una pila de libros sobre la muerte adentro de un inodoro y él tirando una y otra vez infructuosamente la cadena para que ellos desaparezcan entre las fuerzas centrífugas del agua. Pero no lo consigue: son muchos y grandes volúmenes, la mayoría tienen tapa dura y no logran abrirse pase por el agujero que resulta demasiado pequeño.
Resuelve entonces no dejar ni enigma ni escrito en prosa.
Escapar a los lugares comunes siempre fue su obsesión y hoy en la antesala del fin odia hacerlo mediante el trillado recurso del suicidio. Vaya clishé, vaya poca elegancia. Pero sigue siendo martes, llueve mucho y no tiene trabajo. Mira el pronóstico en la tele, donde un conductor con cara de albóndiga dice que el tiempo mejorará para el jueves. No le quedan demasiadas otras alternativas que esperar. Esperar recién hasta el jueves para vaciar el revolver sobre su estómago. Para morir más a lo Lisandro de la Torre.
martes, 14 de agosto de 2007
Espectro

Lo primero que siente al despertar es su boca seca.
Intenta tragar varias veces, luego recorre sus labios con la lengua pero la sequedad incómoda se mantiene. Está congelado, la frazada se perdió en algún momento de la noche dejándolo a merced del viento polar que ingresa por la ventana entreabierta. Allí nomás sobreviene la imagen de ella. Con puntualidad europea, como todas las mañanas. Como cada atardecer.
Es un día complicado con mucho para hacer. Agarra el auto y lo acelera: de todas maneras llegará tarde, el tránsito es un infierno.
En la radio suena una canción, se imagina que ella está a su lado en el asiento de acompañante. Le cuenta que ese tema le recuerda a una novela de piratas de Mark Twain. Es que de chico escuchaba esa melodía mientras leía el libro. Ella se limita a sonreir, se acomoda el pelo llevándoselo hacia atrás y sólo unos minutos después cuando la conversación parece olvidada le pide prestado ese libro. Posa su brazo sobre la cabeza de él y se la rasca con ternura.
Es un día complicado con mucho para hacer. Agarra el auto y lo acelera: de todas maneras llegará tarde, el tránsito es un infierno.
En la radio suena una canción, se imagina que ella está a su lado en el asiento de acompañante. Le cuenta que ese tema le recuerda a una novela de piratas de Mark Twain. Es que de chico escuchaba esa melodía mientras leía el libro. Ella se limita a sonreir, se acomoda el pelo llevándoselo hacia atrás y sólo unos minutos después cuando la conversación parece olvidada le pide prestado ese libro. Posa su brazo sobre la cabeza de él y se la rasca con ternura.
lunes, 11 de junio de 2007
Días de Lluvia

Hace ya una hora que me puse a trabajar y no logro avanzar.
Empiezo a escuchar el ruido seco de la llovizna cayendo contra la terraza y me distraigo.
Uso mi espalda para empujar la silla hacia atrás y así consigo ver a través de la ventana. Se escucha un trueno e inmediatamente observo como una cortina de espesa lluvia atraviesa el cielo.
Me quedo inmovilizado largos minutos, el agua cayendo con brutalidad tiene ese poder hipnótico parecido al de los cielos estrellados a campo abierto.
Recuerdo que cuando era chico odiaba cuando llovía. Recién hoy comprendo que en realidad nunca tuve nada en contra de ella, lo que me irritaba era lo que implicaba: : quedarme sin ir al potrero a jugar a la pelota. Las tardes encerrado en casa significaban una verdadera tortura para el niño inquieto que era.
El “clishé” de que la lluvia es fuente de tristeza resulta a todas luces apócrifo. La lluvia es reflexiva, podrá ser nostálgica y hasta melancólica. Pero no triste.
Corro con el torso desnudo por la calle y está cayendo un diluvio, siento como las gotas recorren mi cuerpo y me masajean la cabeza. Voy cantando.
Cuando vuelvo a mi escritorio y miro a través de la ventana mojada me doy cuenta que ya no pienso como la última vez que estuve allí sentado. Quizás la lluvia sí traiga consigo una enorme carga de angustia y tristeza y sea ahí donde resida la atracción que me genera. Quizás deba empezar a asumir que la tristeza me conmueve mucho más que la felicidad. Quizás todo haya dejado de tener sentido.
Una amiga me invita a su casa a ver “la naranja mecánica”. Ya son las dos de la mañana cuando camino de vuelta a casa acompañado de un marchito paraguas, es de idiota mojarse dos veces en el mismo día.
La calle está desierta, la única luz proviene de un kiosco de flores. Paso por al lado y no puedo evitar mirar hacia adentro. Veo un hombre recostado en una silla y escucho sus fuertes ronquidos, me pregunto cómo logra dormir cuando la radio que está a su lado despide gritos y más gritos de un exasperado pastor evangélico que arenga vaya saber uno a quién.
Una vez más me siento a contemplar la lluvia. Decido escuchar un poco de música, por qué no aquella canción que escuchábamos juntos. Pero a pesar de todo el tiempo que pasó no lo resisto. Ya en los primeros acordes comienzo a estremecerme y cuando aparece la voz directamente soy un mar de lágrimas.
Su cara como una fotografía en mi mente y un malestar físico que sigue azotándome.
Prometo no subestimar nunca más a los clishés. Por lo menos no a los que tienen que ver con la lluvia.
Empiezo a escuchar el ruido seco de la llovizna cayendo contra la terraza y me distraigo.
Uso mi espalda para empujar la silla hacia atrás y así consigo ver a través de la ventana. Se escucha un trueno e inmediatamente observo como una cortina de espesa lluvia atraviesa el cielo.
Me quedo inmovilizado largos minutos, el agua cayendo con brutalidad tiene ese poder hipnótico parecido al de los cielos estrellados a campo abierto.
Recuerdo que cuando era chico odiaba cuando llovía. Recién hoy comprendo que en realidad nunca tuve nada en contra de ella, lo que me irritaba era lo que implicaba: : quedarme sin ir al potrero a jugar a la pelota. Las tardes encerrado en casa significaban una verdadera tortura para el niño inquieto que era.
El “clishé” de que la lluvia es fuente de tristeza resulta a todas luces apócrifo. La lluvia es reflexiva, podrá ser nostálgica y hasta melancólica. Pero no triste.
Corro con el torso desnudo por la calle y está cayendo un diluvio, siento como las gotas recorren mi cuerpo y me masajean la cabeza. Voy cantando.
Cuando vuelvo a mi escritorio y miro a través de la ventana mojada me doy cuenta que ya no pienso como la última vez que estuve allí sentado. Quizás la lluvia sí traiga consigo una enorme carga de angustia y tristeza y sea ahí donde resida la atracción que me genera. Quizás deba empezar a asumir que la tristeza me conmueve mucho más que la felicidad. Quizás todo haya dejado de tener sentido.
Una amiga me invita a su casa a ver “la naranja mecánica”. Ya son las dos de la mañana cuando camino de vuelta a casa acompañado de un marchito paraguas, es de idiota mojarse dos veces en el mismo día.
La calle está desierta, la única luz proviene de un kiosco de flores. Paso por al lado y no puedo evitar mirar hacia adentro. Veo un hombre recostado en una silla y escucho sus fuertes ronquidos, me pregunto cómo logra dormir cuando la radio que está a su lado despide gritos y más gritos de un exasperado pastor evangélico que arenga vaya saber uno a quién.
Una vez más me siento a contemplar la lluvia. Decido escuchar un poco de música, por qué no aquella canción que escuchábamos juntos. Pero a pesar de todo el tiempo que pasó no lo resisto. Ya en los primeros acordes comienzo a estremecerme y cuando aparece la voz directamente soy un mar de lágrimas.
Su cara como una fotografía en mi mente y un malestar físico que sigue azotándome.
Prometo no subestimar nunca más a los clishés. Por lo menos no a los que tienen que ver con la lluvia.
jueves, 31 de mayo de 2007
628
Ayer no me emborraché.
Hoy parece un buen día para salir del departamento.
La cola da vuelta la manzana. Delante de mí hay tres bolivianos. Uno es igual a Evo. No se hablan entre sí pero cada tanto se ríen del frío que hace.
Detrás de mí hay una chica fea que lee un libro sobre pedagogía.
Pasa un tipo vendiendo biromes para llenar los formularios.
Me entero de que estoy en la cola para renovar el pasaporte. No tengo pensado viajar a ningún lado. Da igual, pienso. Quiero llenar las horas. Que fácil que es perder el tiempo. Que sencillo es el transcurrir cuando uno está a la espera de algo. La cabeza ocupada, (pre)ocupada.
La cola avanza un poco y pasa el mismo hombre de las biromes ahora vendiendo sandwiches.
Me dan un formulario para llenar y un número. El 628. Trato de acordarme 628 nombres de jugadores de fútbol. Una hora después el cartel luminoso indica que van por el 528 y me pongo contento. A la nena que está al lado mío se le cae el chocolate caliente y se quema. Me río para adentro.
Una secretaria con cuerpo de ex pilar de rugby me informa que hay un inconveniente con mi trámite. Tiene que ir a reclamos!, me indica mientras mueve frenéticamente una birome con su mano derecha. La imagino a punto de hacerme un tackle, así que le doy las gracias y me alejo con rapidez.
Ya es casi de noche cuando la repartición de la sección del departamento del órgano de la entidad que dirige el subsecretario de asuntos migratorios me comunica que no figuro en la base de datos.
Mi “día de ocupación” alcanza su final. “No ser” es su saldo.
Vuelvo al departamento caminando, ráfagas de viento frío entorpecen mi andar. De repente siento que un viaje sería un buen proyecto. Uno día de estos debería pensar en ir a renovar el pasaporte.
Hoy parece un buen día para salir del departamento.
La cola da vuelta la manzana. Delante de mí hay tres bolivianos. Uno es igual a Evo. No se hablan entre sí pero cada tanto se ríen del frío que hace.
Detrás de mí hay una chica fea que lee un libro sobre pedagogía.
Pasa un tipo vendiendo biromes para llenar los formularios.
Me entero de que estoy en la cola para renovar el pasaporte. No tengo pensado viajar a ningún lado. Da igual, pienso. Quiero llenar las horas. Que fácil que es perder el tiempo. Que sencillo es el transcurrir cuando uno está a la espera de algo. La cabeza ocupada, (pre)ocupada.
La cola avanza un poco y pasa el mismo hombre de las biromes ahora vendiendo sandwiches.
Me dan un formulario para llenar y un número. El 628. Trato de acordarme 628 nombres de jugadores de fútbol. Una hora después el cartel luminoso indica que van por el 528 y me pongo contento. A la nena que está al lado mío se le cae el chocolate caliente y se quema. Me río para adentro.
Una secretaria con cuerpo de ex pilar de rugby me informa que hay un inconveniente con mi trámite. Tiene que ir a reclamos!, me indica mientras mueve frenéticamente una birome con su mano derecha. La imagino a punto de hacerme un tackle, así que le doy las gracias y me alejo con rapidez.
Ya es casi de noche cuando la repartición de la sección del departamento del órgano de la entidad que dirige el subsecretario de asuntos migratorios me comunica que no figuro en la base de datos.
Mi “día de ocupación” alcanza su final. “No ser” es su saldo.
Vuelvo al departamento caminando, ráfagas de viento frío entorpecen mi andar. De repente siento que un viaje sería un buen proyecto. Uno día de estos debería pensar en ir a renovar el pasaporte.
viernes, 23 de febrero de 2007
El Día en que me Alejé de Descartes
“Ya sé que el celebérrimo Descartes (...) ha intentado explicar los afectos humanos por sus primeras causas, y mostrar, a un tiempo, por qué vía puede el alma tener un imperio absoluto sobre los afectos; pero a mi parecer al menos, no ha mostrado nada más que la agudeza de su gran genio”
(Baruch de Espinosa, “ Etica demostrada según el orden geométrico “)
Era un día de mierda.
Al inevitable malhumor por levantarme temprano se sumaban dos factores tan molestos como inesperados: no encontraba ningún par de medias seco y en la heladera no quedaba más mermelada.
Entre irritado y resignado puse a tostar tres rebanadas de pan que más tarde comería con los restos del queso blanco, calenté agua para el mate y encendí la radio: contaba con casi quince minutos para disfrutar de mi desayuno si no quería llegar tarde a la facultad.
Media hora más tarde caminaba apurado las cinco cuadras que me separaban de la estación de tren. Era fines de marzo y había mucho humedad, simultáneamente varias gotas de sudor comenzaron a recorrer mi frente.
Amagué a quitarme el buzo pero desistí ya que esto hubiera implicado sacarme la mochila y con ello una serie de movimientos que no estaba dispuesto a realizar. Faltaban todavía dos cuadras y las caminaba sin despegar la mirada del piso. Me sentía bastante abatido por el calor, mi malhumor persistía y crecía en mí una de esas clásicas preocupaciones culposas por un parcial para el que no había estudiado lo suficiente.
De repente, el ruido del tren que ya venía me abofeteó y emprendí una carrera alocada hacia las boleterías. Mientras corría esos cien metros me olvidé de todo lo que había venido arrastrando: no tenía calor, ni preocupación, ni enfado. Me sentía preso y a la vez cómplice de un estado difícil de describir. Era conciente de mi cuerpo corriendo pero al mismo tiempo percibía que no lograba avanzar, el suelo era blando como un colchón y yo, un simple espectador de mi propia desesperación. Mientras me veía a mí, impotente y al borde de las lágrimas, observaba también como otras personas compraban boletos y una a una subían al tren, como el diariero le cebaba un mate a una vieja del barrio, como un nene tropezaba y enseguida se echaba a llorar. Todo seguía ocurriendo. Todo sucedía y yo continuaba encerrado en una percepción con barrotes diáfanos.
(Me acordé de Espinosa y la “conciencia de uno mismo”, esa efímera e inolvidable sensación de ser parte de algo y entenderse como mero actor de reparto de una dinámica sin dueño ni fin.)
Por fin el tren dejó atrás la estación y yo abandoné la idea de alcanzarlo. No esperé más. Caminé sin rumbo y me metí en el primer bar que encontré. Pedí un cortado y cuando vino lo revolví durante largos minutos, luego chupé la cuchara y me quedé mirando el sobrecito de azúcar.
(Baruch de Espinosa, “ Etica demostrada según el orden geométrico “)
Era un día de mierda.
Al inevitable malhumor por levantarme temprano se sumaban dos factores tan molestos como inesperados: no encontraba ningún par de medias seco y en la heladera no quedaba más mermelada.
Entre irritado y resignado puse a tostar tres rebanadas de pan que más tarde comería con los restos del queso blanco, calenté agua para el mate y encendí la radio: contaba con casi quince minutos para disfrutar de mi desayuno si no quería llegar tarde a la facultad.
Media hora más tarde caminaba apurado las cinco cuadras que me separaban de la estación de tren. Era fines de marzo y había mucho humedad, simultáneamente varias gotas de sudor comenzaron a recorrer mi frente.
Amagué a quitarme el buzo pero desistí ya que esto hubiera implicado sacarme la mochila y con ello una serie de movimientos que no estaba dispuesto a realizar. Faltaban todavía dos cuadras y las caminaba sin despegar la mirada del piso. Me sentía bastante abatido por el calor, mi malhumor persistía y crecía en mí una de esas clásicas preocupaciones culposas por un parcial para el que no había estudiado lo suficiente.
De repente, el ruido del tren que ya venía me abofeteó y emprendí una carrera alocada hacia las boleterías. Mientras corría esos cien metros me olvidé de todo lo que había venido arrastrando: no tenía calor, ni preocupación, ni enfado. Me sentía preso y a la vez cómplice de un estado difícil de describir. Era conciente de mi cuerpo corriendo pero al mismo tiempo percibía que no lograba avanzar, el suelo era blando como un colchón y yo, un simple espectador de mi propia desesperación. Mientras me veía a mí, impotente y al borde de las lágrimas, observaba también como otras personas compraban boletos y una a una subían al tren, como el diariero le cebaba un mate a una vieja del barrio, como un nene tropezaba y enseguida se echaba a llorar. Todo seguía ocurriendo. Todo sucedía y yo continuaba encerrado en una percepción con barrotes diáfanos.
(Me acordé de Espinosa y la “conciencia de uno mismo”, esa efímera e inolvidable sensación de ser parte de algo y entenderse como mero actor de reparto de una dinámica sin dueño ni fin.)
Por fin el tren dejó atrás la estación y yo abandoné la idea de alcanzarlo. No esperé más. Caminé sin rumbo y me metí en el primer bar que encontré. Pedí un cortado y cuando vino lo revolví durante largos minutos, luego chupé la cuchara y me quedé mirando el sobrecito de azúcar.
Malabares y Fuego
Mi vista cansada se pierde más allá de la ventanilla
Del colectivo que incansable va dejando atrás otro sábado.
Es julio y hace frío, yo voy escuchando Elis Regina.
En los semáforos: malabares y fuego, dentro de mí lo mismo.
Trato de ver más allá y no puedo.
La gente camina abrigada y lucha contra el viento.
Es Buenos Aires y la avenida Santa Fe se pierde en luces
Se sienta al lado mío una señora con el Clarín.
Bajo la mirada y choco contra una svástica dibujada en liquid paper.
Obligo a mis ojos a descender un poco más y en el piso veo dos o tres boletos arrugados
Me empieza a doler el cuello cuando dos boludas se sientan detrás de mí y empiezan a gritar.
Está claro que no se escuchan.
Y yo que me siento mejor que ellas. ¿ qué hago?
Malabares y Fuego.
Esquivar y tomar
Pensar y sufrir
Sufrir o pensar
Sufrir al pensar
Otra (des)ventura de invierno queda atrás
Me siento menos triste si busco ser malabares y fuego.
Del colectivo que incansable va dejando atrás otro sábado.
Es julio y hace frío, yo voy escuchando Elis Regina.
En los semáforos: malabares y fuego, dentro de mí lo mismo.
Trato de ver más allá y no puedo.
La gente camina abrigada y lucha contra el viento.
Es Buenos Aires y la avenida Santa Fe se pierde en luces
Se sienta al lado mío una señora con el Clarín.
Bajo la mirada y choco contra una svástica dibujada en liquid paper.
Obligo a mis ojos a descender un poco más y en el piso veo dos o tres boletos arrugados
Me empieza a doler el cuello cuando dos boludas se sientan detrás de mí y empiezan a gritar.
Está claro que no se escuchan.
Y yo que me siento mejor que ellas. ¿ qué hago?
Malabares y Fuego.
Esquivar y tomar
Pensar y sufrir
Sufrir o pensar
Sufrir al pensar
Otra (des)ventura de invierno queda atrás
Me siento menos triste si busco ser malabares y fuego.
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