Despertarse el sábado a la mañana con el despertador porque juega Argentina. Desde la cama y todo tapado como envuelto en hoja de parra, tratar de sacar algo en limpio del partido. La resaca que no ayuda, la voz del relator muy excitado por un lateral mal cobrado. Lo que sea por bajar el volumen pero el control remoto está fuera de órbita, el frío acecha como para animarse a una excursión sin frazada.
Nada peor que empezar el día con un dolor que atraviesa la cabeza, será un complicado fin de semana. Mientras cabecea y lucha para que no se le cierren los ojos, resuelve que el partido le importa bastante poco y que en realidad es mejor descansar, bien merecido lo tiene por haber trabajado el día anterior y encima tener que cursar en la facultad hasta tarde. Con una sonrisa boba se queda plácidamente dormido hasta que al despatarrado zaguero central del otro equipo se le ocurre hacer un penal. El relator está como loco. Que lo merecíamos, que estábamos jugando mejor, que íbamos para adelante, que el esfuerzo tiene su premio. Casi desea que el diez de Argentina erre el penal con tal de que se calle ese tipo. Por suerte el fútbol no responde ante egoísmos matinales y el diez patea fuerte a media altura y la pone al lado del palo. Intenta un grito de gol pero un agudo puntazo en el medio de la frente lo agarra desprevenido, los párpados vuelven a cerrarse como humeantes persianas de fábrica. No tomó tanto la noche anterior como para sentirse así. Debe ser el cansancio acumulado, esto de dormir cuatro horas por noche lo está matando.
Manotea una cafia pero la deja donde estaba, prefiere esperar a que la jaqueca se vuelva insoportable para tomar alguna pastilla.
Que el objetivo cuando no da vida es guerra.
Que el adjetivo cuando no da vida mata.
Que la técnica es buena cuando no se ve.
Escribe un rato tratando de hacerlo con estos ejes entre mates y sombras.
De repente el instinto lo traiciona, agarra el teléfono y marca sin mirar el número de ella. Levanta la cabeza mientras espera que atienda y cae en la cuenta que donde solía reposar el dibujo que le había regalado ahora hay una orden de kinesiología. Entonces deja caer el tubo y corta antes que alguien conteste del otro lado. Renueva mate y por suerte lo llama su amiga Violeta para ir a caminar.
Caminan por la calle Melián bajo el sol del atardecer y una tenue sensación de bienestar se desliza sobre su espalda. Ya prácticamente no le duele la cabeza. Le comenta un cuento que leyó la semana anterior, sobre un hombre que sentado al lado de su amada le deja caer pequeñas gotas de agua tibia por la espalda, éstas recorren sus lunares hasta desembocar a la altura del coxal y resbalar acariciando la sábana que acentúa su color azul al contacto con el agua.
Violeta le sonríe y siguen hablando de cosas que no duelen(1) hasta que ella se tiene que ir.
Vuelve a casa y llega su primo.
Entre humo, Creedence, y chocolatadas calientes, el visitante le cuenta que tiene un gran proyecto para ser feliz. La noche va ganando terreno mientras lo discuten.
El primo le recomienda que no sea tan literal al escribir, sería mejor si se animara a desplegar las alas, pasa que sos medio conservador, remata. Él se enoja un poco pero comprende que no es un ataque político, no debe dejarse nublar por la paranoia de la militancia.
Las horas trascurren mansas, su primo es un incomparable compañero de tertulia. Cuando empieza a sonar Blackbird decide que es momento de irse así que le baja a abrir.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa. Aunque también podría ver que le pasa si escribe, si escucha música tirado en el piso o si pide un chop suey y le mete mucha salsa de soja.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa pero quizás, como dice Bartleby, preferiría no hacerlo.
* “La gente que siente mucho no crea arte sino autorreferencia estética.” (Carmen Baliero)
1 Gracias Superchería!
lunes, 25 de agosto de 2008
lunes, 14 de julio de 2008
El vendedor de cedés virgenes

La semana pasada volví a conseguir trabajo. Después de tres calurosos meses sin sueldo logré que alguien me contrate. Hacía mucho que no pasaba varias semanas sin trabajar, debo admitir que tengo una capacidad notable para conseguir empleos y una aún mayor habilidad innata para perderlos.
Cuando me echan de algún trabajo no hago despliegue del soliloquio lagrimoso como suelen hacer la mayoría de los flamantes desempleados ya que sé que conseguiré otro prontamente. En realidad, lo que más pena me da cuando eso ocurre es verme obligado a atravesar nuevamente entrevistas laborales, completar formularios y soportar tests psicofísicos que no logran descifrar mi nivel de estupidez.
El calor del último verano acentuó mi reticencia a probar suerte en entidades que requieran mucha burocracia para ingresar, así que descarté la posibilidad de un empleo público y deseché una oferta para un puesto de “tomar cortados” en una empresa de telefonía como administrativo.
Conseguí que me tomen en un local de venta de cedés vírgenes sin ningún tipo de inquisición acerca de mis antiguas actividades, creo que esa falta de interés por mis hábitos alimenticios y mi pasado al que busco olvidar hizo que me incline por esta propuesta. No estaba de ánimo para firmar ninguna clase de contrato y el dueño lo entendió así que nos pusimos de acuerdo rápidamente.
El período de ocio que precedió al nuevo trabajo había transcurrido casi sin salir del pequeño departamento que alquilo. Es que hacía mucho calor como para despegarse de los ventiladores. Siempre tuve uno sólo y hace dos meses compré otro de modo que colocados uno en cada extremo del living generan la armoniosa sensación de estar envuelto en una brisa otoñal. Creo que estoy exagerando un poco porque recuerdo días de intenso calor a pesar del eficiente sistema de refrigeración, pero bueno, debo admitir que no me gusta soslayar el éxito de mis creaciones.
Durante diciembre dormía casi todo el día y sobre todo me tiraba en el piso de baldosa fresca de la cocina a pensar, para entonces no había comprado el segundo ventilador.
En enero estuve ocupado con el ácido y cada tres o cuatro días me visitaba Mariela, una amiga de la época del secundario con la cual me paso de droga y escucho música asesina.
En febrero me cansé y me dediqué a estar sólo y a revisar mi vasta colección de películas italianas. También me obsesioné con el tema de las etiquetas. Comencé a diseñar todo tipo de etiquetas: para ropa, cajas de zapatillas, latas de conserva, etiquetas escolares y también de productos tecnológicos. Tengo más de cuarenta modelos que pienso comercializar cuando me echen de la casa de cedés vírgenes.
Los primeros días en el local fueron angustiosos. Me costó mucho memorizar donde estaban los cedés de las diferentes marcas y aplicar bien los descuentos. Es que hay diferentes criterios para aplicarlos: uno es el tradicional, por cantidad, pero después hay otro por antigüedad del cliente, un tercero de acuerdo a la época del año y el proveedor que esté a cargo y después hay un margen para aplicar descuentos con arbitrariedad pero todavía el jefe no me habilitó para usarlos. Sólo vas a poder después del año de trabajo me comentó el jefe por lo bajo. No se lo dije para no desanimarlo pero la verdad no me interesan demasiado, como si regalar descuentos para cedés vírgenes fuera una efectiva forma de seducir chicas.
Con el correr de los días el trabajo se hizo más entretenido de lo que uno podría llegar a pensar. El único momento detestable es por la mañana cuando llega el proveedor y tengo que descargar las pilas de cajas. El resto del tiempo lo reparto leyendo el diario, atendiendo clientes, escuchando la radio y sobre todo inspeccionando los reveses de los cdés que tienen diferentes colores y rayas. Me quedo largo minutos observando como la luz se refleja en los mismos y genera curiosos efectos ópticos. Esa labor contemplativa me ayuda a pensar, a pensar en la vida y en cómo quiero seguir.
Tan solo 5 cuadras me separan del local y todos los días transito las mismas cuadras sin alterar en lo más mínimo el recorrido. No puedo dejar de pasar por la entrada de la parroquia que queda en la esquina del local, no logro despegar mi mirada de los dos sujetos que piden limosna tumbados sobre las escalinatas.
Se trata de una vieja de verrugas gigantes y olor nauseabundo que está vestida con harapos negros y de un hombre de cráneo hundido que usa una prolija camisa y jean. Este último es quien genera un efecto de atracción sobre mí. Hay algo en su rostro destruido pero templado, en su camisa limpia y sus zapatos lustrados, en su sonrisa sin dientes y en su despreocupada desolación. Tengo necesidad de conversar con él. Tengo ganas de escucharlo hablar.
Cuando me echan de algún trabajo no hago despliegue del soliloquio lagrimoso como suelen hacer la mayoría de los flamantes desempleados ya que sé que conseguiré otro prontamente. En realidad, lo que más pena me da cuando eso ocurre es verme obligado a atravesar nuevamente entrevistas laborales, completar formularios y soportar tests psicofísicos que no logran descifrar mi nivel de estupidez.
El calor del último verano acentuó mi reticencia a probar suerte en entidades que requieran mucha burocracia para ingresar, así que descarté la posibilidad de un empleo público y deseché una oferta para un puesto de “tomar cortados” en una empresa de telefonía como administrativo.
Conseguí que me tomen en un local de venta de cedés vírgenes sin ningún tipo de inquisición acerca de mis antiguas actividades, creo que esa falta de interés por mis hábitos alimenticios y mi pasado al que busco olvidar hizo que me incline por esta propuesta. No estaba de ánimo para firmar ninguna clase de contrato y el dueño lo entendió así que nos pusimos de acuerdo rápidamente.
El período de ocio que precedió al nuevo trabajo había transcurrido casi sin salir del pequeño departamento que alquilo. Es que hacía mucho calor como para despegarse de los ventiladores. Siempre tuve uno sólo y hace dos meses compré otro de modo que colocados uno en cada extremo del living generan la armoniosa sensación de estar envuelto en una brisa otoñal. Creo que estoy exagerando un poco porque recuerdo días de intenso calor a pesar del eficiente sistema de refrigeración, pero bueno, debo admitir que no me gusta soslayar el éxito de mis creaciones.
Durante diciembre dormía casi todo el día y sobre todo me tiraba en el piso de baldosa fresca de la cocina a pensar, para entonces no había comprado el segundo ventilador.
En enero estuve ocupado con el ácido y cada tres o cuatro días me visitaba Mariela, una amiga de la época del secundario con la cual me paso de droga y escucho música asesina.
En febrero me cansé y me dediqué a estar sólo y a revisar mi vasta colección de películas italianas. También me obsesioné con el tema de las etiquetas. Comencé a diseñar todo tipo de etiquetas: para ropa, cajas de zapatillas, latas de conserva, etiquetas escolares y también de productos tecnológicos. Tengo más de cuarenta modelos que pienso comercializar cuando me echen de la casa de cedés vírgenes.
Los primeros días en el local fueron angustiosos. Me costó mucho memorizar donde estaban los cedés de las diferentes marcas y aplicar bien los descuentos. Es que hay diferentes criterios para aplicarlos: uno es el tradicional, por cantidad, pero después hay otro por antigüedad del cliente, un tercero de acuerdo a la época del año y el proveedor que esté a cargo y después hay un margen para aplicar descuentos con arbitrariedad pero todavía el jefe no me habilitó para usarlos. Sólo vas a poder después del año de trabajo me comentó el jefe por lo bajo. No se lo dije para no desanimarlo pero la verdad no me interesan demasiado, como si regalar descuentos para cedés vírgenes fuera una efectiva forma de seducir chicas.
Con el correr de los días el trabajo se hizo más entretenido de lo que uno podría llegar a pensar. El único momento detestable es por la mañana cuando llega el proveedor y tengo que descargar las pilas de cajas. El resto del tiempo lo reparto leyendo el diario, atendiendo clientes, escuchando la radio y sobre todo inspeccionando los reveses de los cdés que tienen diferentes colores y rayas. Me quedo largo minutos observando como la luz se refleja en los mismos y genera curiosos efectos ópticos. Esa labor contemplativa me ayuda a pensar, a pensar en la vida y en cómo quiero seguir.
Tan solo 5 cuadras me separan del local y todos los días transito las mismas cuadras sin alterar en lo más mínimo el recorrido. No puedo dejar de pasar por la entrada de la parroquia que queda en la esquina del local, no logro despegar mi mirada de los dos sujetos que piden limosna tumbados sobre las escalinatas.
Se trata de una vieja de verrugas gigantes y olor nauseabundo que está vestida con harapos negros y de un hombre de cráneo hundido que usa una prolija camisa y jean. Este último es quien genera un efecto de atracción sobre mí. Hay algo en su rostro destruido pero templado, en su camisa limpia y sus zapatos lustrados, en su sonrisa sin dientes y en su despreocupada desolación. Tengo necesidad de conversar con él. Tengo ganas de escucharlo hablar.
sábado, 5 de julio de 2008
Puentes entre Literatura y Política
Puentes entre Literatura y Política.
Aproximaciones desde una Argentina Latinoamericana.
http://literaturaypolitica.blogspot.com/
Aproximaciones desde una Argentina Latinoamericana.
http://literaturaypolitica.blogspot.com/
El futuro de las Aspiradoras
J no había terminado de abrir los ojos cuando escuchó el incesante ruido de la aspiradora que se acercaba hacia la puerta de su cuarto y chocaba contra la misma buscando derribarla. Decidió taparse con la sábana hasta la cabeza y fruncir el entrecejo como haciendo fuerza para detener aquel infame sonido. Unos minutos después el ruido cesó y recién entonces se destapó y ejecutó algunas maniobras para desperezarse. Luego caminó a tientas al baño para lavarse la cara. Eran cerca de las doce del mediodía de un día de semana cualquiera. Promediaba junio y el sol fresco se filtraba por las rendijas de las persianas.La noche anterior había sido interminable. Alrededor de las nueve se juntó con M a buscar la producción de nachtkes. Diez y media iniciaron el recorrido por la zona sur pero se vieron obligados a interrumpirlo cuando sólo habían hecho un par de entregas. La moto se ahogaba. De nuevo los malditos engranajes pensó J. Por suerte traigo un par en mi saco sonrió M. Tardaron un largo rato, nunca se daban cuenta cómo colocarlos ni para qué lado enroscarlos. Recién a las 4 estaba cada uno en su casa pudiendo disfrutar del nachtke que se habían reservado y con el calor de las casas que contrastaba con la hostil brisa del amanecer. La cosecha de sólo 300 tarjetas no los había dejado muy contentos. Solo serviría para dos semanas de nacthkes y un par de tragos en la semana, quizás para que J le pagase a su ex novia una entrada al cine virtual.
Mientras se lavaba los dientes observó que tenía el cuerpo raspado y con moretones pero todavía no le dolía. En un par de horas cuando finalizase el efecto residual del nachtke la iba a pasar mal. No recordaba haberse caído muchas veces de la moto la noche anterior como para estar tan golpeado. Le preocupó su escaso registro del dolor.
Dejó atrás el baño y de nuevo escuchó el atormentador ruido de la aspiradora. Le recordó al de la vieja moto con la cual había sido tiroteado por los agentes de seguridad el año anterior. Caminó con rapidez hacia la cocina, empujó a la sirvienta y apagó la aspiradora con el control remoto. Era inaceptable que rozando el siglo XXII la aspiradora continuara haciendo tanto ruido. La sirvienta se marchó sumisa a lavar la ropa y J se adueñó de la cocina. Jugo, los comprimidos de pastillas y proteínas en ración doble y más jugo. Pero no lo disfrutó, la aspiradora lo arruinaba todo.
No era la primera vez que le ocurría, con qué derecho la tecnología avasallaba el derecho del hombre a la armonía matinal. J sonrió con el aplomo propio de quien logra usar eficientemente las metáforas.
La sirvienta había reactivado la aspiradora, la escuchaba amagando con entrar a la cocina y de repente lo vio. Se le debía haber caído la noche anterior cuando entró apurado a la casa. El nachtke yacía reluciente y seductor. El tubo de la aspiradora lo rodeaba lentamente y se relamía. J se paró y aceleró el paso hacia la derecha. Sin embargo la aspiradora se anticipó y con un sutil zarpazo fagocitó al nachtke haciéndolo desaparecer.
J estaba furioso. Se acercó a la sirvienta y la pateó. Desconectó la aspiradora, fue hacia su cuarto y se visitó con violencia.
Salió a la calle, combinó tres líneas de subterráneos y llegó a la zona industrial en las afueras de la ciudad. Iría hablar con los chinos, había oído que eran ellos quienes fabricaban los productos tecnológicos, ya lo iban a escuchar a él esos amarillos malolientes.
El complejo estaba atravesado por un largo y estrecho corredor de unos quinientos metros, a los costados estaban los altos portones de las empresas. Los operarios entraban por los techos mediante el transporte semi-aéreo que suministraban las mismas empresas para sus trabajadores.
J arrojó piedras sobre la primer puerta y como era de esperar salió un oriental a pedir que no tirase elementos contundentes, que iba a romper la entrada. J le preguntó si él era el hijo de puta que fabricaba aspiradoras. El oriental respondió que no que ellos se ocupaban de la industrialización de transportadores, que había una promoción de que por sólo 3000 tarjetas te hacían un préstamo por un año pero que por favor dejara de lanzar cascotes.
J agradeció la oferta pero respondió que por ahora no necesitaba transportadores, que había comprado una moto hacía poco y que funcionaba bastante bien aunque a veces se le rompían los engranajes.
Mientras buscaba el acceso a otro predio observó como tres karatecas le obstruían el paso. Los karatecas a unísono afirmaron trabajar para las empresas productoras de alta tecnología e invitaron a J a retirarse del complejo industrial si no quería sufrir quebraduras de huesos.
J recordó que aún tenía en el bolsillo 5 nachtkes, ofreció 4 de ellos y los karatecas accedieron a que J siga circulando.
Se dirigió entonces a la segunda puerta y esta vez prefirió tocar el timbre, no soportaría a otro chino enojado ni karatecas castigadores.
Le abrieron y pronto comprendió que estaba en el lugar indicado. Vaya efectividad, tenía pensado tardar horas hasta encontrar el lugar indicado. Era allí donde fabricaban las aspiradoras, era en ese sombrío edificio donde se cocía a fuego lento la insoportable maldición de las aspiradoras ruidosas. Un tibio sudor comenzó a recorrerle la nuca. Necesitaba el nachtke. Palpó su bolsillo derecho y lo sacó dejándolo deslizar por debajo de su lengua. Mientras se acercaba al mostrador donde lo esperaba una secretaria que no era china J iba cobrando fuerza. Ahora sí estaba dispuesto a todo.
miércoles, 21 de mayo de 2008
lunes, 12 de mayo de 2008
Tarde de Martes

Escucháme, miráme. Te pido que me mires. Que me escuches. No me podés mirar, no querés escucharme! La chica le grita a el chico.
Están sentados en la calle, en la escalera de entrada a un edificio. El pesado olor de una lluvia que se avecina se mezcla con el de las frutas podridas de la verdulería que está a unos metros pero de la mano de enfrente.
Ella grita y llora. Tiene seguramente menos de veinticinco años, es bastante linda y lleva puesto uno de esos ambos turquesas que usan los médicos. Está visiblemente arrugado y la parte de atrás está cubierta por manchas blancas de todos los tamaños.
Por qué no me mirás, por qué no me escuchás. No me mirás hasta que te lo muestro, no puede ser. No mires al costado, fijo, fijo mírame fijo , escucháme por Dios.
Ella intenta abrazarlo, él se resiste, baja la mirada, comienza a llorar más fuerte y gime. Se pone de pie y usando las manos como remos intenta secarse las lágrimas, lo logra por un instante pero a los pocos segundos una nueva catarata de llanto aflora. Tiene los ojos cansados y toda la pintura corrida. El escote del ambo deja entrever unos raspones.
La calle está muy tranquila, sólo una anciana espera el colectivo en la esquina. Los mira con curiosidad, intrigada por los ademanes y gritos de la chica.
Él se mantiene sin pronunciar palabra, con la mirada perdida, como acostumbrado a este tipo de situaciones. Parece aún más joven que ella. Tiene algo de acné en los cachetes y lleva pelo largo atado con una colita. Viste pantalones anchos y una cadena bastante gruesa a modo de collar.
Ella se toma el pelo como planchándolo. De repente se agacha con rapidez y lo besa con violencia, él responde al beso y la toma fuertemente del pelo, ella no da señales de dolor pero al rato se suelta y aleja la cara unos instantes, luego vuelve a la carga y lo vuelve a besar, él se excita. Trata de tocarle una teta, ella ni se percata. Ya decidió.
Palpa su bolsillo izquierdo y lo siente, esta vez no se lo va a mostrar. Lo extrae con los ojos cerrados, él le está mordiendo los labios.
Se lo clava a la altura de las costillas, siente el impacto de los chorros de sangre tibia sobre su ambo, sólo después escucha su alarido de dolor.
Están sentados en la calle, en la escalera de entrada a un edificio. El pesado olor de una lluvia que se avecina se mezcla con el de las frutas podridas de la verdulería que está a unos metros pero de la mano de enfrente.
Ella grita y llora. Tiene seguramente menos de veinticinco años, es bastante linda y lleva puesto uno de esos ambos turquesas que usan los médicos. Está visiblemente arrugado y la parte de atrás está cubierta por manchas blancas de todos los tamaños.
Por qué no me mirás, por qué no me escuchás. No me mirás hasta que te lo muestro, no puede ser. No mires al costado, fijo, fijo mírame fijo , escucháme por Dios.
Ella intenta abrazarlo, él se resiste, baja la mirada, comienza a llorar más fuerte y gime. Se pone de pie y usando las manos como remos intenta secarse las lágrimas, lo logra por un instante pero a los pocos segundos una nueva catarata de llanto aflora. Tiene los ojos cansados y toda la pintura corrida. El escote del ambo deja entrever unos raspones.
La calle está muy tranquila, sólo una anciana espera el colectivo en la esquina. Los mira con curiosidad, intrigada por los ademanes y gritos de la chica.
Él se mantiene sin pronunciar palabra, con la mirada perdida, como acostumbrado a este tipo de situaciones. Parece aún más joven que ella. Tiene algo de acné en los cachetes y lleva pelo largo atado con una colita. Viste pantalones anchos y una cadena bastante gruesa a modo de collar.
Ella se toma el pelo como planchándolo. De repente se agacha con rapidez y lo besa con violencia, él responde al beso y la toma fuertemente del pelo, ella no da señales de dolor pero al rato se suelta y aleja la cara unos instantes, luego vuelve a la carga y lo vuelve a besar, él se excita. Trata de tocarle una teta, ella ni se percata. Ya decidió.
Palpa su bolsillo izquierdo y lo siente, esta vez no se lo va a mostrar. Lo extrae con los ojos cerrados, él le está mordiendo los labios.
Se lo clava a la altura de las costillas, siente el impacto de los chorros de sangre tibia sobre su ambo, sólo después escucha su alarido de dolor.
martes, 6 de mayo de 2008
Música enferma
Era una manoseada noche de sábado en la que terminé sin ningún programa. Algo desencantado abrí una latita de cerveza y comencé a buscar un disco que hacía mucho que no escuchaba. Después de un media hora lo encontré: estaba en el medio de un pila de esas revistas que vienen los fines de semana con los diarios importantes. Le pasé un trapo húmedo a la caja llena de polvo, luego la abrí cuidadosamente con la misma incertidumbre que uno siente cuando se va a encontrar a tomar algo con un amor que hace mucho que no ve.
Coloqué suavemente el disco en el reproductor y con los ojos cerrados me dejé caer en el sillón. Cuando el primer tema comenzó a sonar me di cuenta que algo andaba mal; a la altura del cuarto tema ya tenía la certeza de que el disco se había enfermado. No estaba rallado ni saltaba pero estaba enfermo. Cuando se lo comenté por teléfono a mi amiga Laura al otro día, me dijo que yo estaba delirando, que los discos no se enfermaban, que cómo podía decir una cosa semejante, luego cambiamos de tema y al final de la conversación volvió a arremeter aunque con un tono más conciliador. Que los discos no se enferman, que quizás era el paso del tiempo, que yo había cambiado, que discos que antes nos gustaban después nos parecen insípidos( sí usó la palabra insípido, los discos no se enferman pero resulta que pueden ser insípidos) y cerró la conversación preguntándome si no me interesaba el contacto de un lacaniano bastante bueno que había dejado muy contenta a su media hermana.
Esa misma noche me sentía caído y estornudaba sin cesar. Estaba aburrido así que probé nuevamente a ver qué ocurría si escuchaba el disco. Comenzó a dolerme la sien, me sentía cada vez peor, tanto que me tomé la temperatura y marcaba treinta y ocho. Yo también estaba a esa altura enfermo, pero era el disco, pero era aquella música, esas canciones las que nunca se iban a curar, las que tenían un cáncer terminal.
Coloqué suavemente el disco en el reproductor y con los ojos cerrados me dejé caer en el sillón. Cuando el primer tema comenzó a sonar me di cuenta que algo andaba mal; a la altura del cuarto tema ya tenía la certeza de que el disco se había enfermado. No estaba rallado ni saltaba pero estaba enfermo. Cuando se lo comenté por teléfono a mi amiga Laura al otro día, me dijo que yo estaba delirando, que los discos no se enfermaban, que cómo podía decir una cosa semejante, luego cambiamos de tema y al final de la conversación volvió a arremeter aunque con un tono más conciliador. Que los discos no se enferman, que quizás era el paso del tiempo, que yo había cambiado, que discos que antes nos gustaban después nos parecen insípidos( sí usó la palabra insípido, los discos no se enferman pero resulta que pueden ser insípidos) y cerró la conversación preguntándome si no me interesaba el contacto de un lacaniano bastante bueno que había dejado muy contenta a su media hermana.
Esa misma noche me sentía caído y estornudaba sin cesar. Estaba aburrido así que probé nuevamente a ver qué ocurría si escuchaba el disco. Comenzó a dolerme la sien, me sentía cada vez peor, tanto que me tomé la temperatura y marcaba treinta y ocho. Yo también estaba a esa altura enfermo, pero era el disco, pero era aquella música, esas canciones las que nunca se iban a curar, las que tenían un cáncer terminal.
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