lunes, 22 de septiembre de 2008

Un Soldi y un par de remeras de Ferro firmadas

Cuando mamá empezó a hablar del Kodzitche nadie le dio mucha bola. En casa ya nos habíamos desilusionado tanto y tantas veces éramos totalmente escépticos ante cualquier vaticinio que prometiese cambiar nuestras vidas.
Papá había tenido toda una vida de mates lavados a las cinco de la mañana y sábados laborales esperando pegar “el gran salto” en Ferroviarios que nunca llegaría. Si bien tuvo un que otro momento de gloria cuando cobraba bien e incluso tenía gente a su cargo, la interna del gremio había terminado condenándolo con un despido sin causa y ni hablar de algún tipo de indemnización.
Otro episodio que nos marcó fue el tema del Soldi. Recuerdo con nitidez la muerte del abuelo Mauricio. Nadie se sorprendió ya que el viejo estaba pesando más de ciento diez kilos y venía muy mal desde hacía largo rato con internaciones periódicas y cirugías poco exitosas. A las duras penas lograba moverse y pese a las recomendaciones de los médicos fumaba como un animal. Los salamines funcionaban al mismo tiempo como su debilidad y veneno ya que la hipertensión le dejaba poco margen para esos gustos a los cuales no estaba dispuesto a dejar de lado.
Era un tipo de barrio con gustos clásicos: le gustaba el tango pero no lo suficiente como para hacer gala de ello y era bastante hincha de Ferro. Digo bastante porque si bien veía todos los partidos las derrotas las tomaba con una sonrisa. Dos hechos puntuales ilustran esta tendencia: no lo conmovió demasiado el descenso y el campeonato no lo festejó más que cuando ganaba una partida de billar con sus amigos los lunes a la tarde.
El abuelo hablaba seguido del Soldi que tenía en el living. No es que se la pasara hablando de eso pero sí lo hacía cada tanto prometiéndonos que ese sería el legado que habría de dar en herencia a mi padre y a mi tío. Nunca había explicado el origen de aquél cuadro y siempre nos había parecido ridículo que el abuelo pudiese tener un ejemplar de estas características. Era un tipo difícil de dejar de asociar con el bar o el club de bochas. Nunca se lo había visto visitando una galería de arte y tampoco tenía amigos que le fuesen a regalar una obra de este estilo.
Una tarde de primavera el abuelo nos mostró a mi primo y a mí, que por ese entonces tendríamos alrededor de siete años, el dorso del cuadro señalándonos que lo había forrado con un papel especial traído de Europa para que no se deteriorasen los bordes y así la obra permanecería intacta para las futuras generaciones.
Cuando pasaron las semanas de luto y llanto tras su anunciada muerte, toda la atención recayó sobre el Soldi. El abuelo Mauricio no había dejado mucho más, tan sólo un par de remeras de Ferro firmadas por los jugadores fruto de su buena relación con la muchachada de la comisión directiva. Además había algunos muebles antiguos pero de esos que no tienen gran valor.
El cuadro que me había custodiado durante largas meriendas de chocolatada desde la pared del comedor de lo del abuelo estaba ahora en el piso de nuestra casa esperando para ser tasado. Nadie quería conservarlo y desaprovechar el momento en el cual se estaba pagando un fangote por los Soldi. Se trataba de la figura de un hombre con barba y traje. Estaba semisentado con una botella de vino sobre la mesa. No era un borracho, se trataba más bien de un hombre limpio y áspero que tomaba vino. Sin embargo, tampoco daba la idea de un tipo exitoso que disfruta una copita al anochecer. Tenía algo de dejadez en aquel rostro impoluto, había un asomo de derrota personal en esa boca violeta levemente inclinada hacia la izquierda.
Más de cincuenta pesos por esto no le puedo dar señor, dijo el tasador. Es una réplica, como las que venden en los museos para los turistas. Mi viejo no comió por una semana y por primera vez lo oí putear a mi abuelo. Mi hermana le sugirió que no era conveniente insultar a un muerto y papá la sacó a los ponchazos.
Por eso diez años después, cuando mamá empezó a hablar del Kodzitche nadie le llevó el apunte.
Papá no quería saber nada de llevarlo a un tasador, le parecía que esa escultura no era más que un cacho de plástico con una luz. Su grado de desconfianza había alcanzado niveles insospechados sobre todo desde que había invertido en el negocio de los granos y un temporal había echado a perder toda la cosecha. Desde entonces sostuvo que los tipos del servicio meteorológico eran una red mafiosa dispuesta a cagarle la vida a todos los que pudieran. Pese a su extremo desengaño, debo admitir que yo coincidía bastante con mi padre. El Kodzitche era, palabras más palabras menos, lo que él aseveraba: un palo alargado de plástico que se encastraba en una base negra. Cuando el interruptor se encendía, una luz verde que mutaba al rojo se adueñaba del centro del plástico y generaba un efecto visual interesante. Era agradable pero estaba lejos de parecer una obra de arte. De hecho toda la infancia junto a mi hermanita y el primo nos habíamos divertido con aquella escultura como si fuese un juguete más y era un milagro que no estuviese rota.
Mamá entonces no insistió más con el asunto por un par de meses hasta que de improviso, en una tarde de sábado con mucho frío nos avisó que cenaríamos todos juntos porque tenía un anuncio importante que comunicar. Mi hermana y yo nos sentamos temprano en la mesa y hacíamos tiempo picando un queso demasiado amarillo. El ambiente se empapaba del perfume de la batata cociéndose y de pollo bien adobado. Mamá tuvo que llamar a papá varias veces porque el viejo no quería salir del cuarto donde estaba encerrado haciendo cuentas. Finalmente lo fue a buscar y lo obligó a sentarse a comer el plato que toda la familia calificaba como la especialidad de mamá.
Mamá no se hizo rogar y largó todo el cuento. Había un coleccionista dispuesto a pagar sesenta mil dólares por la escultura. Era mucha plata, sobre todo en un momento en que la familia estaba con muchas deudas y la inflación volvía a acechar pegando sus cíclicos coletazos.
Papá había cambiado su gesto adusto, ahora estaba visiblemente excitado por la noticia y en medio de “¿estás segura Martita? y de ¿no me estarás haciendo una joda no mi amor?“nos contó la historia del Kodzitche.
Parece que cuando los viejos eran jóvenes, luego de la luna de miel pero antes de tenernos a nosotros eran de ir a muchos eventos sociales. Papá al principio picaba alto en ferroviarios y mamá era una bella y corajuda estudiante de odontología. En la residencia, Martita, como la llamaba su entorno, se había hecho muy amiga de una médica que asimismo era artista plástica y que comenzó a invitar a ella y a mi papá a opulentas fiestas en un hotel de la calle Florida. Eran encuentros de baile y comida para jóvenes empresarios, artistas y gente de la política. Papá comenzó a hacer migas con los dirigentes de la Confederación que luego lo traicionarían en el sindicato y mamá se movía bien en ese ambiente refinado, ya que si bien sus orígenes humildes la habían dotado de una gran simpleza, lo combinaba con modales de reina. Al parecer siempre se realizaban sorteos al final de cada fiesta y una vez le tocó a mi madre ser adjudicataria de una moderna heladera que donaba la gente de la cámara empresaria para hacer publicidad.
Resulta que en la semana, cuando mamá fue a retirar el premio se encontró con que se trataba de una heladera visiblemente usada y vetusta. Luego de una queja desganada, le dijeron que si no le gustaba podía elegir el Kodzitche que había sido donado por un coleccionista para el evento, pero que por un error logístico se habían olvidado de sortearlo. Como mamá ya tenía heladera y no necesitaba otra optó por el Kodzitche, le parecía algo moderno para poner el comedor y que le daría a la casa un aire nuevo. Permaneció en el comedor durante largos años hasta que nací yo y los viejos se mudaron a Caballito. Entonces lo relegaron a un cuarto de servicios que luego mutó en salón de juegos cuando nació mi hermanita y los primos venían a casa a jugar. EL Kodzitche pasó a convivir con playmóbiles, rompecabezas y canicas.
Al día siguiente de que mamá comunicó la noticia, papá se reunió con el tasador que era el mismo tipo que a la vez oficiaba de intermediario. La operación se hizo con rapidez. El Kodzitche se vendió al precio señalado, sesenta mil dólares limpios que papá metió en la cuenta.
Es cierto que nos dimos algunos gustos. Mamá contrató una señora para que la ayudara con las cosas de la casa y se anotó en un curso de danza. Mi hermana y yo recibimos ropa como nunca. Papá pasaba largas horas analizando qué inversiones realizar, se había curado de espanto después de su vieja apuesta con el tema de los granos así que no quería sorpresas.
Mientras veía si poner un comercio en el barrio o meterse en un fideicomiso inmobiliario metió el dinero en una cuenta con intereses altos.
Sin embargo, a las pocas semanas sobrevendría una corrida bancaria, congelamiento de depósitos y aquellos sesenta mil jugosos dólares se transformaron en bonos a veinte años que se terminaron regalando por el diez por ciento de su valor.

martes, 16 de septiembre de 2008

lunes, 1 de septiembre de 2008

De vascos, humedad y rodete


El sábado a la noche está demasiado húmedo. Es un invierno para chomba y la calle se encuentra muy transitada: gente que va al teatro, que se junta a comer y adolescentes que caminan rápido con botellas de cerveza en la mano.
Me tomo el colectivo y están todos los asientos ocupados. Soy el único que viaja parado y probablemente el único que no sepa adónde va. En realidad que no conoce a qué va. No saber por qué se toma un colectivo de línea el sábado a la noche ni por qué se está tan lejos de casa a los treinta años son cuestiones que lo llevan a uno a fruncir el ceño y a no apreciar la hermosura de una joven que se acaba de subir. Por arte de magia se liberan dos asientos cerca de mi izquierda. La bella joven se sienta y yo hago lo mismo.
Ella recuesta su cabeza sobre el vidrio empañado y deja ver su perfil, tiene una nariz perfecta cercada por una constelación de lunares y una boca suave, mechones de pelo le tapan la oreja pero dejan entrever un aro. Escucho como de sus labios se desprende un susurro de canción.
Me gustaría tener idea de hacia adónde voy, como sí sabe la señora con la torta entre los brazos de la primera fila, como los tres chicos que gritan en la parte de atrás del colectivo, como la pareja que no se habla pero se da la mano en el asiento de enfrente.
Lo de siempre cuando me mandan a trabajar: un viaje desde el interior, una dirección, una persona de apellido vasco, reunirse en algún momento del fin de semana siempre que sea de noche, hacer tiempo durante el día, algunos llamados, leer los diarios y elegir algún momento para la reunión. Una persona que uno no conoce ni volverá a ver, un mensaje cifrado que no se entiende y que hay que mandar por correo. Entonces emprender el viaje de regreso y permanecer quieto hasta nuevo aviso.
La joven se mueve y su mano derecha acaricia mi rodilla. O más bien la roza accidentalmente, no es posible que la esté acariciando. Pero intuyo su mirada fija en mi rostro. Siento los músculos de mi cara muy tensos y trato de relajarlos porque tengo miedo de poner una mueca inapropiada. No soporto que me observe así, me sigue clavando la mirada. De repente posa su mano sobre mi pierna y la acaricia, ahora no hay dudas.
Bajo en la siguiente, ¿venís? me pregunta con un hilo de voz.
Tengo toda la noche para reunirme con quien no conozco y hacer mi trabajo. No puedo rechazar esta oferta. Baja del colectivo y la sigo. Caminamos tres cuadras, la joven lo hace ligeramente más adelante, puedo ver sus caderas y piernas moviéndose con la sutileza de la marea, va rápido, casi debo hacer trotar mis descuidados noventa kilos para seguirle el ritmo.
Llegamos a una estación de tren. Por primera desde que descendimos del colectivo se da vuelta y me mira. Es peligroso venir a estos baños sóla, afirma. Me pregunto de qué diablos está hablando. Se da vuelta y camina con vehemencia hacia la izquierda del andén. Caigo en al cuenta de que hay un baño allí. Antes de entrar me grita:¡esperáme acá!
Me quedo parado sin saber muy bien qué hacer. El olor a pis es penetrante, miro hacia los costados. Contra la pared duermen dos linyeras tapados con una sábana rosa, al lado y de espaldas hay un hombre en silla de ruedas con la cabeza deforme. Por último hay una anciana loca apoyada contra la pared. Repite una y otra vez en voz alta “aluvión sin cesar”
Empiezo a tener miedo. Me dan ganas de irme. Efectivamente estos baños deben ser peligrosos. Por otro lado yo no tengo ninguna razón para estar allí, hasta preferiría estar sentado cómodamente en un colectivo yendo hacia ninguna parte antes que esta inmunda estación y estos nauseabundos baños. Aguardo largos minutos y la joven no sale del baño, sí lo hace un perro sucio y enfermo. ¿ será esto un asalto? ¿ me habrá seducido la muchacha para dejarme ahí tirado a la espera indefensa de un comando criminal caníbal?
Mis fantasías de muerte cercana se interrumpen por una voz a mis espaldas. Perdón por tardar tanto, escucho que dice. Es la joven hermosa y está todavía más linda con el cabello todo mojado. Se ha hecho un rodete con una birome. Tenía que lavarme el pelo, afirma con graciosa seriedad.
Yo asiento con la cabeza y murmuro algo como que es razonable lavarse el pelo sucio. Ella se acerca, me da un beso congelado en el cachete y emprende una caminata rápida hacia la derecha de los andenes. Unos segundos después ya desapareció. De mis ojos y de mi vida.
Quizás ya no sea necesario encontrarme con una persona de apellido vasco y recibir un mensaje criptado.

lunes, 25 de agosto de 2008

Un poco de auto referencia estética *

Despertarse el sábado a la mañana con el despertador porque juega Argentina. Desde la cama y todo tapado como envuelto en hoja de parra, tratar de sacar algo en limpio del partido. La resaca que no ayuda, la voz del relator muy excitado por un lateral mal cobrado. Lo que sea por bajar el volumen pero el control remoto está fuera de órbita, el frío acecha como para animarse a una excursión sin frazada.
Nada peor que empezar el día con un dolor que atraviesa la cabeza, será un complicado fin de semana. Mientras cabecea y lucha para que no se le cierren los ojos, resuelve que el partido le importa bastante poco y que en realidad es mejor descansar, bien merecido lo tiene por haber trabajado el día anterior y encima tener que cursar en la facultad hasta tarde. Con una sonrisa boba se queda plácidamente dormido hasta que al despatarrado zaguero central del otro equipo se le ocurre hacer un penal. El relator está como loco. Que lo merecíamos, que estábamos jugando mejor, que íbamos para adelante, que el esfuerzo tiene su premio. Casi desea que el diez de Argentina erre el penal con tal de que se calle ese tipo. Por suerte el fútbol no responde ante egoísmos matinales y el diez patea fuerte a media altura y la pone al lado del palo. Intenta un grito de gol pero un agudo puntazo en el medio de la frente lo agarra desprevenido, los párpados vuelven a cerrarse como humeantes persianas de fábrica. No tomó tanto la noche anterior como para sentirse así. Debe ser el cansancio acumulado, esto de dormir cuatro horas por noche lo está matando.
Manotea una cafia pero la deja donde estaba, prefiere esperar a que la jaqueca se vuelva insoportable para tomar alguna pastilla.
Que el objetivo cuando no da vida es guerra.
Que el adjetivo cuando no da vida mata.
Que la técnica es buena cuando no se ve.
Escribe un rato tratando de hacerlo con estos ejes entre mates y sombras.
De repente el instinto lo traiciona, agarra el teléfono y marca sin mirar el número de ella. Levanta la cabeza mientras espera que atienda y cae en la cuenta que donde solía reposar el dibujo que le había regalado ahora hay una orden de kinesiología. Entonces deja caer el tubo y corta antes que alguien conteste del otro lado. Renueva mate y por suerte lo llama su amiga Violeta para ir a caminar.
Caminan por la calle Melián bajo el sol del atardecer y una tenue sensación de bienestar se desliza sobre su espalda. Ya prácticamente no le duele la cabeza. Le comenta un cuento que leyó la semana anterior, sobre un hombre que sentado al lado de su amada le deja caer pequeñas gotas de agua tibia por la espalda, éstas recorren sus lunares hasta desembocar a la altura del coxal y resbalar acariciando la sábana que acentúa su color azul al contacto con el agua.
Violeta le sonríe y siguen hablando de cosas que no duelen(1) hasta que ella se tiene que ir.
Vuelve a casa y llega su primo.
Entre humo, Creedence, y chocolatadas calientes, el visitante le cuenta que tiene un gran proyecto para ser feliz. La noche va ganando terreno mientras lo discuten.
El primo le recomienda que no sea tan literal al escribir, sería mejor si se animara a desplegar las alas, pasa que sos medio conservador, remata. Él se enoja un poco pero comprende que no es un ataque político, no debe dejarse nublar por la paranoia de la militancia.
Las horas trascurren mansas, su primo es un incomparable compañero de tertulia. Cuando empieza a sonar Blackbird decide que es momento de irse así que le baja a abrir.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa. Aunque también podría ver que le pasa si escribe, si escucha música tirado en el piso o si pide un chop suey y le mete mucha salsa de soja.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa pero quizás, como dice Bartleby, preferiría no hacerlo.

* “La gente que siente mucho no crea arte sino autorreferencia estética.” (Carmen Baliero)

1 Gracias Superchería!

lunes, 14 de julio de 2008

El vendedor de cedés virgenes


La semana pasada volví a conseguir trabajo. Después de tres calurosos meses sin sueldo logré que alguien me contrate. Hacía mucho que no pasaba varias semanas sin trabajar, debo admitir que tengo una capacidad notable para conseguir empleos y una aún mayor habilidad innata para perderlos.
Cuando me echan de algún trabajo no hago despliegue del soliloquio lagrimoso como suelen hacer la mayoría de los flamantes desempleados ya que sé que conseguiré otro prontamente. En realidad, lo que más pena me da cuando eso ocurre es verme obligado a atravesar nuevamente entrevistas laborales, completar formularios y soportar tests psicofísicos que no logran descifrar mi nivel de estupidez.
El calor del último verano acentuó mi reticencia a probar suerte en entidades que requieran mucha burocracia para ingresar, así que descarté la posibilidad de un empleo público y deseché una oferta para un puesto de “tomar cortados” en una empresa de telefonía como administrativo.
Conseguí que me tomen en un local de venta de cedés vírgenes sin ningún tipo de inquisición acerca de mis antiguas actividades, creo que esa falta de interés por mis hábitos alimenticios y mi pasado al que busco olvidar hizo que me incline por esta propuesta. No estaba de ánimo para firmar ninguna clase de contrato y el dueño lo entendió así que nos pusimos de acuerdo rápidamente.
El período de ocio que precedió al nuevo trabajo había transcurrido casi sin salir del pequeño departamento que alquilo. Es que hacía mucho calor como para despegarse de los ventiladores. Siempre tuve uno sólo y hace dos meses compré otro de modo que colocados uno en cada extremo del living generan la armoniosa sensación de estar envuelto en una brisa otoñal. Creo que estoy exagerando un poco porque recuerdo días de intenso calor a pesar del eficiente sistema de refrigeración, pero bueno, debo admitir que no me gusta soslayar el éxito de mis creaciones.
Durante diciembre dormía casi todo el día y sobre todo me tiraba en el piso de baldosa fresca de la cocina a pensar, para entonces no había comprado el segundo ventilador.
En enero estuve ocupado con el ácido y cada tres o cuatro días me visitaba Mariela, una amiga de la época del secundario con la cual me paso de droga y escucho música asesina.
En febrero me cansé y me dediqué a estar sólo y a revisar mi vasta colección de películas italianas. También me obsesioné con el tema de las etiquetas. Comencé a diseñar todo tipo de etiquetas: para ropa, cajas de zapatillas, latas de conserva, etiquetas escolares y también de productos tecnológicos. Tengo más de cuarenta modelos que pienso comercializar cuando me echen de la casa de cedés vírgenes.
Los primeros días en el local fueron angustiosos. Me costó mucho memorizar donde estaban los cedés de las diferentes marcas y aplicar bien los descuentos. Es que hay diferentes criterios para aplicarlos: uno es el tradicional, por cantidad, pero después hay otro por antigüedad del cliente, un tercero de acuerdo a la época del año y el proveedor que esté a cargo y después hay un margen para aplicar descuentos con arbitrariedad pero todavía el jefe no me habilitó para usarlos. Sólo vas a poder después del año de trabajo me comentó el jefe por lo bajo. No se lo dije para no desanimarlo pero la verdad no me interesan demasiado, como si regalar descuentos para cedés vírgenes fuera una efectiva forma de seducir chicas.
Con el correr de los días el trabajo se hizo más entretenido de lo que uno podría llegar a pensar. El único momento detestable es por la mañana cuando llega el proveedor y tengo que descargar las pilas de cajas. El resto del tiempo lo reparto leyendo el diario, atendiendo clientes, escuchando la radio y sobre todo inspeccionando los reveses de los cdés que tienen diferentes colores y rayas. Me quedo largo minutos observando como la luz se refleja en los mismos y genera curiosos efectos ópticos. Esa labor contemplativa me ayuda a pensar, a pensar en la vida y en cómo quiero seguir.
Tan solo 5 cuadras me separan del local y todos los días transito las mismas cuadras sin alterar en lo más mínimo el recorrido. No puedo dejar de pasar por la entrada de la parroquia que queda en la esquina del local, no logro despegar mi mirada de los dos sujetos que piden limosna tumbados sobre las escalinatas.
Se trata de una vieja de verrugas gigantes y olor nauseabundo que está vestida con harapos negros y de un hombre de cráneo hundido que usa una prolija camisa y jean. Este último es quien genera un efecto de atracción sobre mí. Hay algo en su rostro destruido pero templado, en su camisa limpia y sus zapatos lustrados, en su sonrisa sin dientes y en su despreocupada desolación. Tengo necesidad de conversar con él. Tengo ganas de escucharlo hablar.

sábado, 5 de julio de 2008

Puentes entre Literatura y Política

Puentes entre Literatura y Política.
Aproximaciones desde una Argentina Latinoamericana.

http://literaturaypolitica.blogspot.com/

El futuro de las Aspiradoras

J no había terminado de abrir los ojos cuando escuchó el incesante ruido de la aspiradora que se acercaba hacia la puerta de su cuarto y chocaba contra la misma buscando derribarla. Decidió taparse con la sábana hasta la cabeza y fruncir el entrecejo como haciendo fuerza para detener aquel infame sonido. Unos minutos después el ruido cesó y recién entonces se destapó y ejecutó algunas maniobras para desperezarse. Luego caminó a tientas al baño para lavarse la cara. Eran cerca de las doce del mediodía de un día de semana cualquiera. Promediaba junio y el sol fresco se filtraba por las rendijas de las persianas.
La noche anterior había sido interminable. Alrededor de las nueve se juntó con M a buscar la producción de nachtkes. Diez y media iniciaron el recorrido por la zona sur pero se vieron obligados a interrumpirlo cuando sólo habían hecho un par de entregas. La moto se ahogaba. De nuevo los malditos engranajes pensó J. Por suerte traigo un par en mi saco sonrió M. Tardaron un largo rato, nunca se daban cuenta cómo colocarlos ni para qué lado enroscarlos. Recién a las 4 estaba cada uno en su casa pudiendo disfrutar del nachtke que se habían reservado y con el calor de las casas que contrastaba con la hostil brisa del amanecer. La cosecha de sólo 300 tarjetas no los había dejado muy contentos. Solo serviría para dos semanas de nacthkes y un par de tragos en la semana, quizás para que J le pagase a su ex novia una entrada al cine virtual.
Mientras se lavaba los dientes observó que tenía el cuerpo raspado y con moretones pero todavía no le dolía. En un par de horas cuando finalizase el efecto residual del nachtke la iba a pasar mal. No recordaba haberse caído muchas veces de la moto la noche anterior como para estar tan golpeado. Le preocupó su escaso registro del dolor.
Dejó atrás el baño y de nuevo escuchó el atormentador ruido de la aspiradora. Le recordó al de la vieja moto con la cual había sido tiroteado por los agentes de seguridad el año anterior. Caminó con rapidez hacia la cocina, empujó a la sirvienta y apagó la aspiradora con el control remoto. Era inaceptable que rozando el siglo XXII la aspiradora continuara haciendo tanto ruido. La sirvienta se marchó sumisa a lavar la ropa y J se adueñó de la cocina. Jugo, los comprimidos de pastillas y proteínas en ración doble y más jugo. Pero no lo disfrutó, la aspiradora lo arruinaba todo.
No era la primera vez que le ocurría, con qué derecho la tecnología avasallaba el derecho del hombre a la armonía matinal. J sonrió con el aplomo propio de quien logra usar eficientemente las metáforas.
La sirvienta había reactivado la aspiradora, la escuchaba amagando con entrar a la cocina y de repente lo vio. Se le debía haber caído la noche anterior cuando entró apurado a la casa. El nachtke yacía reluciente y seductor. El tubo de la aspiradora lo rodeaba lentamente y se relamía. J se paró y aceleró el paso hacia la derecha. Sin embargo la aspiradora se anticipó y con un sutil zarpazo fagocitó al nachtke haciéndolo desaparecer.
J estaba furioso. Se acercó a la sirvienta y la pateó. Desconectó la aspiradora, fue hacia su cuarto y se visitó con violencia.
Salió a la calle, combinó tres líneas de subterráneos y llegó a la zona industrial en las afueras de la ciudad. Iría hablar con los chinos, había oído que eran ellos quienes fabricaban los productos tecnológicos, ya lo iban a escuchar a él esos amarillos malolientes.
El complejo estaba atravesado por un largo y estrecho corredor de unos quinientos metros, a los costados estaban los altos portones de las empresas. Los operarios entraban por los techos mediante el transporte semi-aéreo que suministraban las mismas empresas para sus trabajadores.
J arrojó piedras sobre la primer puerta y como era de esperar salió un oriental a pedir que no tirase elementos contundentes, que iba a romper la entrada. J le preguntó si él era el hijo de puta que fabricaba aspiradoras. El oriental respondió que no que ellos se ocupaban de la industrialización de transportadores, que había una promoción de que por sólo 3000 tarjetas te hacían un préstamo por un año pero que por favor dejara de lanzar cascotes.
J agradeció la oferta pero respondió que por ahora no necesitaba transportadores, que había comprado una moto hacía poco y que funcionaba bastante bien aunque a veces se le rompían los engranajes.
Mientras buscaba el acceso a otro predio observó como tres karatecas le obstruían el paso. Los karatecas a unísono afirmaron trabajar para las empresas productoras de alta tecnología e invitaron a J a retirarse del complejo industrial si no quería sufrir quebraduras de huesos.
J recordó que aún tenía en el bolsillo 5 nachtkes, ofreció 4 de ellos y los karatecas accedieron a que J siga circulando.
Se dirigió entonces a la segunda puerta y esta vez prefirió tocar el timbre, no soportaría a otro chino enojado ni karatecas castigadores.
Le abrieron y pronto comprendió que estaba en el lugar indicado. Vaya efectividad, tenía pensado tardar horas hasta encontrar el lugar indicado. Era allí donde fabricaban las aspiradoras, era en ese sombrío edificio donde se cocía a fuego lento la insoportable maldición de las aspiradoras ruidosas. Un tibio sudor comenzó a recorrerle la nuca. Necesitaba el nachtke. Palpó su bolsillo derecho y lo sacó dejándolo deslizar por debajo de su lengua. Mientras se acercaba al mostrador donde lo esperaba una secretaria que no era china J iba cobrando fuerza. Ahora sí estaba dispuesto a todo.