lunes, 27 de octubre de 2008

De Vuelta

Con frecuencia ocurre que los hechos sacan varios cuerpos de ventaja sobre las explicaciones. Lo fáctico se planta con firmeza monárquica sólo dejando lugar a desfasadas interpretaciones.
El sol se mete por la ventana del micro y declara una lucha sin cuartel contra mi ojo derecho todo encompotado por tanto tiempo de estar apoyado contra el vidrio. Hace calor y la llegada a la terminal se retrasa por un par de semáforos mal sincronizados. En condiciones normales no anhelaría que el micro termine su recorrido. Tener que bajar, afrontar la mañana del domingo sin dormir y verme obligado a atravesar toda la ciudad hasta llegar a la cama. Mucho mejor sería atornillarse al asiento del micro y dormir sin soñar. Sin embargo, en el asiento de atrás hay un nene jugando frenéticamente con un celular que hace un ruido agudo insoportable capaz de desequilibrar a un “dream team” entero de faquires, budistas zen y profetas mesiánicos. Me quiero bajar como sea.

Probablemente fui a buscarla con la esperanza de traerla conmigo. ¡Ah sí! qué más linda historia que la de un amor a distancia, siempre a punto de consumarse como un vino francés que constantemente está descorchándose pero que rehuye a ser saboreado.
Ella prefirió quedarse, estudia para maestra jardinera en un el instituto del pueblo y por ahora no se anima a venir a la Capital. Me escribió una carta donde cita un fragmento trilladísimo de Rayuela. Lo leo una y otra vez durante el viaje, contra todos los pronósticos, logro emocionarme un poco.

¿Y si juego a ser escritor? Siempre soñé con escribir un libro y siempre quise tener que viajar por trabajo. Qué bien que suena la frase completa: “viajo por trabajo”. Es una novela corta, algo pretenciosa por haber estado leyendo César Aira pero trato de mecharle otras influencias para descontracturar: Dolina, Fontanarrosa, Fabián Casas. Transcurre en un caserío agrícola en el centro del país. En la entrada hay uno de esos carteles verdes con letras blancas que instalan a los costados de la ruta. Éste comunica al lector que está parado exactamente en la mitad del país. En realidad el punto medio cambió tras la entrega de unos hielos que corrieron el centro unos setenta y cinco kilómetros más arriba recayendo en el pantano de Azul. Se trata de una zona donde hasta el momento es imposible levantar viviendas y por lo tanto nadie ha venido a discutirle al pueblo de mi relato el privilegio de ser el centro exacto del Estado.
Una semana allí es suficiente para empaparme de la atmósfera del lugar y para empaparme, parece ser que el pueblito también se caracteriza por estar instalado en una especie de microclima de eterna lluvia (finita). Como no viajé con más que dos juegos de ropa, permanezco todo la semana mojado lo que va alterando paulatinamente mi sensibilidad hasta transformarme en un ser de corazón acuoso.

Pero para qué andarse con tantas vueltas. Lo cierto es que me mandaron de regreso a la ciudad al terminarse de confirmar que la investigación no prosperaría. Ahora que el fracaso es rotundo no tengo problemas en contarlo.
El dato lo veníamos manejando desde aquel viaje por Centroamérica del año 79 cuando estuvimos en contacto con pueblos andinos que nos confirmaron los milagros de la quinina, una planta con propiedades que combaten la malaria, el paludismo y sobre todo con la capacidad de prolongar sustancialmente la vida de quienes rodea. Esto último era lo que nos interesaba.
El caso paradigmático lo constituía un pueblo entre montañas a 200 kilómetros de Guayaquil donde la quinina crece espontáneamente y los campesinos llegan con holgura hasta los ciento quince años de edad con una vitalidad asombrosa.
En el instituto habíamos desarrollado varios proyectos y sólo nos faltaba dar con el lugar exacto del país donde se reprodujeran las condiciones climatológicas exactas para el desarrollo de la quinina.
Con ese fin se habían instalado varias pruebas piloto en cuatro provincias y me habían nombrado a cargo de una de ellas que era la más cercana a la Capital. A pesar de todos los sacrificios la quinina se había resistido a crecer, el nuevo director del instituto decidió apostar por proyectos menos atractivos pero más concretos, y sobre todo nuestro ánimo cayó por debajo del que uno precisa para convencer a los funcionarios de que lo que uno hace es interesante y puede servirle al país. El retorno a casa resultó inevitable.

Lo que sí es evitable es que un nene siga dándole duro y parejo al jueguito de un celular histérico, que haga tanto ruido y que me duela tanto la cabeza. Una fiesta en una quinta en las afueras obliga a un regreso depresivo. La culpa la tiene ese último vaso que me sirvieron. La culpa de todo la tiene siempre ese último vaso que nos sirven. Son inútiles los esfuerzos que uno ponga en trasladar esa responsabilidad a la quinina, a César Aira o a la novia que decide quedarse.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Persona que ilumina




Gracias al Pollo por su aporte a este humilde espacio

domingo, 5 de octubre de 2008

Ambar


Desde el resultado del estudio la mamá de Jonás se la pasaba llorando. Sostenía que era injusto, los buenos cristianos no merecían semejantes castigos, a ella le dolía el cuerpo de tanto trabajar y amaba a su familia, en cambio los chorros... y torciendo la mirada dejaba la frase inconclusa porque sabía que todos entendían, que no tenía sentido completar la oración.
Para Jonás, en cambio, las cosas continuaban mas o menos parecidas. La diferencia más importante era que los martes y viernes en vez de ir a educación física tenía que ir al consultorio a realizar el tratamiento. Las tardes de deporte en el colegio eran más bien un escarmiento así que faltar y con justificación médica le parecía genial. Odiaba el fútbol y los compañeros lo cargaban. En el mejor de los casos lo mandaban al arco. Jonás les explicaba que prefería jugar de defensor porque tenía miedo de atajar la pelota pero no le hacían caso. Jugando en la defensa lograba hacerse el distraído y entrar en contacto con el partido lo menos posible, aparte cuando atacaba su equipo podía quedarse parado disfrutando del sol en la cara o recortando las formas de las nubes. De todas maneras, casi siempre terminaba en el arco y cuando lo llenaban de goles (que era lo más usual) le decían marica y otras cosas mucho peores.
La médica a cargo del tratamiento era una señora gorda muy agradable. Para colocarle el láser a la altura de la frente lo tomaba con firmes brazos rodeando su cabeza que quedaba apoyada sobre el delantal frío que vestía la médica generándole un gran placer. El ambiente se cargaba de un poderoso ámbar polar que lo adormecía. Cuando la doctora terminaba con el asunto, ya no le quedaban demasiadas fuerzas y dormía en la camilla hasta la noche cuando la mamá pasaba a buscarlo y se tomaban el colectivo regreso a casa.
A pesar de los lamentos familiares y las miradas piadosas de los vecinos Jonás no se sentía tan mal, quizás sí algo cansado físicamente pero nada que no pudiera arreglar yéndose a dormir temprano o haciendo la siesta después del almuerzo en lo de la abuela. Las notas en la escuela comenzaron a mejorar, los profesores estaban obligados a sentirse conmovidos por la situación así que le agregaban varios puntos en las pruebas y solían ser muy compasivos con sus trabajos prácticos. Esto llevó a que los compañeros que ya lo tenían entre ojos por los flojos desempeños futbolísticos se decidieran a que sienta el rigor de un curso enojado y se organizaran emprendiendo una cruzada para hacerle pasar malos ratos. Encontrar bichos muertos en la mochila se convirtió en costumbre, sus almuerzos comenzaron a desaparecer y la cartuchera se llenaba de tiza picada que lo hacía estornudar y toser hasta el cansancio
Fue entonces cuando Ana que era una silenciosa compañera de curso se acercó para hablarle. Al principio le hacía muchas preguntas específicas sobre la enfermedad y usaba palabras médicas que él no entendía. Le contó que su mamá trabajaba en un hospital de enfermera y que ella también guardaba ese sueño para cuando fuera grande. Esas preguntas incómodas de los inicios después se transformaron en largas conversaciones en los recreos y a la salida del colegio.
Salvo los días que tenía tratamiento y que por eso lo pasaba a buscar la mamá, se volvían caminando juntos y muchas veces terminaban alterando el recorrido, yéndose para el lado de la vieja estación. Entre las vías muertas se sentaban en los durmientes a comer golosinas y hacían competencias de lanzamiento de piedras, en general las ganaba él pero después la médica le recomendó que no hiciera grandes esfuerzos así que dejaron de jugar.
Un día de llovizna tibia se adentraron en el sendero de las vías muertas, se hicieron paso entre las plantas que crecían deformes complicando el paso y caminaron sin parar. Pasó más de una hora y seguían caminando. La lluvia y la vegetación se iban adueñando de aquellos cuerpos sucios y transpirados que no podían más que seguir la marcha, el piso se volvía pedregoso y dibujaba una pronunciada cuesta que hacía doler las piernas. Pasaron varios minutos hasta que la superficie se volvió a aplanar y emergió ante ellos un gigante vagón de tren.
Estaba adornado con serpenteantes trazos de pintura en varios colores. Por dentro se mantenía muy conservado y especialmente limpio. Ana dijo que el vagón parecía absorto en el tiempo. Jonás no entendía muy bien que significaba eso del tren absorto pero por alguna razón, la frase le dio coraje para darle la mano y ella no opuso resistencia. Entraron y se recostaron en uno de los asientos. Era de cuero verde y estaba frío. Ana se sacó la campera y los tapó apoyando luego la cabeza en el hombro de Jonás. El pudo sentir como la respiración de la niña se iba aquietando hundiéndola en el mundo de los sueños.
Fue Ana quien le enseñó a jugar al elástico. Ella era la mejor jugadora que había visto en su vida. Pasaba todos los niveles sin la mínima equivocación llegando hasta el tercer mundo en menos de veinte minutos. Solían ir a su casa donde ponían el elástico entre dos sillas y pasaban horas hasta que les agarraba sed y corrían hasta la cocina a tomar agua tónica que el tío de Ana importaba de Europa.
Con el paso de los meses, Jonás comenzó a faltar al colegio porque el tratamiento debía realizarse a la mañana para que tenga mayor efectividad. Estaba muy desmejorado y del consultorio iba directo a la casa para tirarse en la cama, ni siquiera conservaba energía como para ver televisión o leer las revistas de historietas que traía la abuela.
La última vez que la vio ni siquiera llegó a hablarle. Jonás hacía varias semanas que no aparecía por la escuela en un intento desesperado de los médicos que sostenían que si no salía a la calle por un par de semanas quizás lograrían desacelerar el avance veloz del mal.
Vio su cara por la puerta entreabierta y a las enfermeras instaladas en su casa a pedido de los médicos que no la dejaban pasar por precaución. Cualquier estímulo podía desencadenar la muerte. La vio triste y hermosa, quiso gritarle algo pero el cuerpo no le dio ese último gusto.
Los ojos se cerraron y se vio junto a ella tomando de una botella de agua tónica. Se la iban pasando y tomaban del pico. Llovía mucho pero hacía calor, toda el agua del mundo castigaba con fuerza el techo de un vagón abandonado. Se la iban pasando y tomaban del pico.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Un Soldi y un par de remeras de Ferro firmadas

Cuando mamá empezó a hablar del Kodzitche nadie le dio mucha bola. En casa ya nos habíamos desilusionado tanto y tantas veces éramos totalmente escépticos ante cualquier vaticinio que prometiese cambiar nuestras vidas.
Papá había tenido toda una vida de mates lavados a las cinco de la mañana y sábados laborales esperando pegar “el gran salto” en Ferroviarios que nunca llegaría. Si bien tuvo un que otro momento de gloria cuando cobraba bien e incluso tenía gente a su cargo, la interna del gremio había terminado condenándolo con un despido sin causa y ni hablar de algún tipo de indemnización.
Otro episodio que nos marcó fue el tema del Soldi. Recuerdo con nitidez la muerte del abuelo Mauricio. Nadie se sorprendió ya que el viejo estaba pesando más de ciento diez kilos y venía muy mal desde hacía largo rato con internaciones periódicas y cirugías poco exitosas. A las duras penas lograba moverse y pese a las recomendaciones de los médicos fumaba como un animal. Los salamines funcionaban al mismo tiempo como su debilidad y veneno ya que la hipertensión le dejaba poco margen para esos gustos a los cuales no estaba dispuesto a dejar de lado.
Era un tipo de barrio con gustos clásicos: le gustaba el tango pero no lo suficiente como para hacer gala de ello y era bastante hincha de Ferro. Digo bastante porque si bien veía todos los partidos las derrotas las tomaba con una sonrisa. Dos hechos puntuales ilustran esta tendencia: no lo conmovió demasiado el descenso y el campeonato no lo festejó más que cuando ganaba una partida de billar con sus amigos los lunes a la tarde.
El abuelo hablaba seguido del Soldi que tenía en el living. No es que se la pasara hablando de eso pero sí lo hacía cada tanto prometiéndonos que ese sería el legado que habría de dar en herencia a mi padre y a mi tío. Nunca había explicado el origen de aquél cuadro y siempre nos había parecido ridículo que el abuelo pudiese tener un ejemplar de estas características. Era un tipo difícil de dejar de asociar con el bar o el club de bochas. Nunca se lo había visto visitando una galería de arte y tampoco tenía amigos que le fuesen a regalar una obra de este estilo.
Una tarde de primavera el abuelo nos mostró a mi primo y a mí, que por ese entonces tendríamos alrededor de siete años, el dorso del cuadro señalándonos que lo había forrado con un papel especial traído de Europa para que no se deteriorasen los bordes y así la obra permanecería intacta para las futuras generaciones.
Cuando pasaron las semanas de luto y llanto tras su anunciada muerte, toda la atención recayó sobre el Soldi. El abuelo Mauricio no había dejado mucho más, tan sólo un par de remeras de Ferro firmadas por los jugadores fruto de su buena relación con la muchachada de la comisión directiva. Además había algunos muebles antiguos pero de esos que no tienen gran valor.
El cuadro que me había custodiado durante largas meriendas de chocolatada desde la pared del comedor de lo del abuelo estaba ahora en el piso de nuestra casa esperando para ser tasado. Nadie quería conservarlo y desaprovechar el momento en el cual se estaba pagando un fangote por los Soldi. Se trataba de la figura de un hombre con barba y traje. Estaba semisentado con una botella de vino sobre la mesa. No era un borracho, se trataba más bien de un hombre limpio y áspero que tomaba vino. Sin embargo, tampoco daba la idea de un tipo exitoso que disfruta una copita al anochecer. Tenía algo de dejadez en aquel rostro impoluto, había un asomo de derrota personal en esa boca violeta levemente inclinada hacia la izquierda.
Más de cincuenta pesos por esto no le puedo dar señor, dijo el tasador. Es una réplica, como las que venden en los museos para los turistas. Mi viejo no comió por una semana y por primera vez lo oí putear a mi abuelo. Mi hermana le sugirió que no era conveniente insultar a un muerto y papá la sacó a los ponchazos.
Por eso diez años después, cuando mamá empezó a hablar del Kodzitche nadie le llevó el apunte.
Papá no quería saber nada de llevarlo a un tasador, le parecía que esa escultura no era más que un cacho de plástico con una luz. Su grado de desconfianza había alcanzado niveles insospechados sobre todo desde que había invertido en el negocio de los granos y un temporal había echado a perder toda la cosecha. Desde entonces sostuvo que los tipos del servicio meteorológico eran una red mafiosa dispuesta a cagarle la vida a todos los que pudieran. Pese a su extremo desengaño, debo admitir que yo coincidía bastante con mi padre. El Kodzitche era, palabras más palabras menos, lo que él aseveraba: un palo alargado de plástico que se encastraba en una base negra. Cuando el interruptor se encendía, una luz verde que mutaba al rojo se adueñaba del centro del plástico y generaba un efecto visual interesante. Era agradable pero estaba lejos de parecer una obra de arte. De hecho toda la infancia junto a mi hermanita y el primo nos habíamos divertido con aquella escultura como si fuese un juguete más y era un milagro que no estuviese rota.
Mamá entonces no insistió más con el asunto por un par de meses hasta que de improviso, en una tarde de sábado con mucho frío nos avisó que cenaríamos todos juntos porque tenía un anuncio importante que comunicar. Mi hermana y yo nos sentamos temprano en la mesa y hacíamos tiempo picando un queso demasiado amarillo. El ambiente se empapaba del perfume de la batata cociéndose y de pollo bien adobado. Mamá tuvo que llamar a papá varias veces porque el viejo no quería salir del cuarto donde estaba encerrado haciendo cuentas. Finalmente lo fue a buscar y lo obligó a sentarse a comer el plato que toda la familia calificaba como la especialidad de mamá.
Mamá no se hizo rogar y largó todo el cuento. Había un coleccionista dispuesto a pagar sesenta mil dólares por la escultura. Era mucha plata, sobre todo en un momento en que la familia estaba con muchas deudas y la inflación volvía a acechar pegando sus cíclicos coletazos.
Papá había cambiado su gesto adusto, ahora estaba visiblemente excitado por la noticia y en medio de “¿estás segura Martita? y de ¿no me estarás haciendo una joda no mi amor?“nos contó la historia del Kodzitche.
Parece que cuando los viejos eran jóvenes, luego de la luna de miel pero antes de tenernos a nosotros eran de ir a muchos eventos sociales. Papá al principio picaba alto en ferroviarios y mamá era una bella y corajuda estudiante de odontología. En la residencia, Martita, como la llamaba su entorno, se había hecho muy amiga de una médica que asimismo era artista plástica y que comenzó a invitar a ella y a mi papá a opulentas fiestas en un hotel de la calle Florida. Eran encuentros de baile y comida para jóvenes empresarios, artistas y gente de la política. Papá comenzó a hacer migas con los dirigentes de la Confederación que luego lo traicionarían en el sindicato y mamá se movía bien en ese ambiente refinado, ya que si bien sus orígenes humildes la habían dotado de una gran simpleza, lo combinaba con modales de reina. Al parecer siempre se realizaban sorteos al final de cada fiesta y una vez le tocó a mi madre ser adjudicataria de una moderna heladera que donaba la gente de la cámara empresaria para hacer publicidad.
Resulta que en la semana, cuando mamá fue a retirar el premio se encontró con que se trataba de una heladera visiblemente usada y vetusta. Luego de una queja desganada, le dijeron que si no le gustaba podía elegir el Kodzitche que había sido donado por un coleccionista para el evento, pero que por un error logístico se habían olvidado de sortearlo. Como mamá ya tenía heladera y no necesitaba otra optó por el Kodzitche, le parecía algo moderno para poner el comedor y que le daría a la casa un aire nuevo. Permaneció en el comedor durante largos años hasta que nací yo y los viejos se mudaron a Caballito. Entonces lo relegaron a un cuarto de servicios que luego mutó en salón de juegos cuando nació mi hermanita y los primos venían a casa a jugar. EL Kodzitche pasó a convivir con playmóbiles, rompecabezas y canicas.
Al día siguiente de que mamá comunicó la noticia, papá se reunió con el tasador que era el mismo tipo que a la vez oficiaba de intermediario. La operación se hizo con rapidez. El Kodzitche se vendió al precio señalado, sesenta mil dólares limpios que papá metió en la cuenta.
Es cierto que nos dimos algunos gustos. Mamá contrató una señora para que la ayudara con las cosas de la casa y se anotó en un curso de danza. Mi hermana y yo recibimos ropa como nunca. Papá pasaba largas horas analizando qué inversiones realizar, se había curado de espanto después de su vieja apuesta con el tema de los granos así que no quería sorpresas.
Mientras veía si poner un comercio en el barrio o meterse en un fideicomiso inmobiliario metió el dinero en una cuenta con intereses altos.
Sin embargo, a las pocas semanas sobrevendría una corrida bancaria, congelamiento de depósitos y aquellos sesenta mil jugosos dólares se transformaron en bonos a veinte años que se terminaron regalando por el diez por ciento de su valor.

martes, 16 de septiembre de 2008

lunes, 1 de septiembre de 2008

De vascos, humedad y rodete


El sábado a la noche está demasiado húmedo. Es un invierno para chomba y la calle se encuentra muy transitada: gente que va al teatro, que se junta a comer y adolescentes que caminan rápido con botellas de cerveza en la mano.
Me tomo el colectivo y están todos los asientos ocupados. Soy el único que viaja parado y probablemente el único que no sepa adónde va. En realidad que no conoce a qué va. No saber por qué se toma un colectivo de línea el sábado a la noche ni por qué se está tan lejos de casa a los treinta años son cuestiones que lo llevan a uno a fruncir el ceño y a no apreciar la hermosura de una joven que se acaba de subir. Por arte de magia se liberan dos asientos cerca de mi izquierda. La bella joven se sienta y yo hago lo mismo.
Ella recuesta su cabeza sobre el vidrio empañado y deja ver su perfil, tiene una nariz perfecta cercada por una constelación de lunares y una boca suave, mechones de pelo le tapan la oreja pero dejan entrever un aro. Escucho como de sus labios se desprende un susurro de canción.
Me gustaría tener idea de hacia adónde voy, como sí sabe la señora con la torta entre los brazos de la primera fila, como los tres chicos que gritan en la parte de atrás del colectivo, como la pareja que no se habla pero se da la mano en el asiento de enfrente.
Lo de siempre cuando me mandan a trabajar: un viaje desde el interior, una dirección, una persona de apellido vasco, reunirse en algún momento del fin de semana siempre que sea de noche, hacer tiempo durante el día, algunos llamados, leer los diarios y elegir algún momento para la reunión. Una persona que uno no conoce ni volverá a ver, un mensaje cifrado que no se entiende y que hay que mandar por correo. Entonces emprender el viaje de regreso y permanecer quieto hasta nuevo aviso.
La joven se mueve y su mano derecha acaricia mi rodilla. O más bien la roza accidentalmente, no es posible que la esté acariciando. Pero intuyo su mirada fija en mi rostro. Siento los músculos de mi cara muy tensos y trato de relajarlos porque tengo miedo de poner una mueca inapropiada. No soporto que me observe así, me sigue clavando la mirada. De repente posa su mano sobre mi pierna y la acaricia, ahora no hay dudas.
Bajo en la siguiente, ¿venís? me pregunta con un hilo de voz.
Tengo toda la noche para reunirme con quien no conozco y hacer mi trabajo. No puedo rechazar esta oferta. Baja del colectivo y la sigo. Caminamos tres cuadras, la joven lo hace ligeramente más adelante, puedo ver sus caderas y piernas moviéndose con la sutileza de la marea, va rápido, casi debo hacer trotar mis descuidados noventa kilos para seguirle el ritmo.
Llegamos a una estación de tren. Por primera desde que descendimos del colectivo se da vuelta y me mira. Es peligroso venir a estos baños sóla, afirma. Me pregunto de qué diablos está hablando. Se da vuelta y camina con vehemencia hacia la izquierda del andén. Caigo en al cuenta de que hay un baño allí. Antes de entrar me grita:¡esperáme acá!
Me quedo parado sin saber muy bien qué hacer. El olor a pis es penetrante, miro hacia los costados. Contra la pared duermen dos linyeras tapados con una sábana rosa, al lado y de espaldas hay un hombre en silla de ruedas con la cabeza deforme. Por último hay una anciana loca apoyada contra la pared. Repite una y otra vez en voz alta “aluvión sin cesar”
Empiezo a tener miedo. Me dan ganas de irme. Efectivamente estos baños deben ser peligrosos. Por otro lado yo no tengo ninguna razón para estar allí, hasta preferiría estar sentado cómodamente en un colectivo yendo hacia ninguna parte antes que esta inmunda estación y estos nauseabundos baños. Aguardo largos minutos y la joven no sale del baño, sí lo hace un perro sucio y enfermo. ¿ será esto un asalto? ¿ me habrá seducido la muchacha para dejarme ahí tirado a la espera indefensa de un comando criminal caníbal?
Mis fantasías de muerte cercana se interrumpen por una voz a mis espaldas. Perdón por tardar tanto, escucho que dice. Es la joven hermosa y está todavía más linda con el cabello todo mojado. Se ha hecho un rodete con una birome. Tenía que lavarme el pelo, afirma con graciosa seriedad.
Yo asiento con la cabeza y murmuro algo como que es razonable lavarse el pelo sucio. Ella se acerca, me da un beso congelado en el cachete y emprende una caminata rápida hacia la derecha de los andenes. Unos segundos después ya desapareció. De mis ojos y de mi vida.
Quizás ya no sea necesario encontrarme con una persona de apellido vasco y recibir un mensaje criptado.

lunes, 25 de agosto de 2008

Un poco de auto referencia estética *

Despertarse el sábado a la mañana con el despertador porque juega Argentina. Desde la cama y todo tapado como envuelto en hoja de parra, tratar de sacar algo en limpio del partido. La resaca que no ayuda, la voz del relator muy excitado por un lateral mal cobrado. Lo que sea por bajar el volumen pero el control remoto está fuera de órbita, el frío acecha como para animarse a una excursión sin frazada.
Nada peor que empezar el día con un dolor que atraviesa la cabeza, será un complicado fin de semana. Mientras cabecea y lucha para que no se le cierren los ojos, resuelve que el partido le importa bastante poco y que en realidad es mejor descansar, bien merecido lo tiene por haber trabajado el día anterior y encima tener que cursar en la facultad hasta tarde. Con una sonrisa boba se queda plácidamente dormido hasta que al despatarrado zaguero central del otro equipo se le ocurre hacer un penal. El relator está como loco. Que lo merecíamos, que estábamos jugando mejor, que íbamos para adelante, que el esfuerzo tiene su premio. Casi desea que el diez de Argentina erre el penal con tal de que se calle ese tipo. Por suerte el fútbol no responde ante egoísmos matinales y el diez patea fuerte a media altura y la pone al lado del palo. Intenta un grito de gol pero un agudo puntazo en el medio de la frente lo agarra desprevenido, los párpados vuelven a cerrarse como humeantes persianas de fábrica. No tomó tanto la noche anterior como para sentirse así. Debe ser el cansancio acumulado, esto de dormir cuatro horas por noche lo está matando.
Manotea una cafia pero la deja donde estaba, prefiere esperar a que la jaqueca se vuelva insoportable para tomar alguna pastilla.
Que el objetivo cuando no da vida es guerra.
Que el adjetivo cuando no da vida mata.
Que la técnica es buena cuando no se ve.
Escribe un rato tratando de hacerlo con estos ejes entre mates y sombras.
De repente el instinto lo traiciona, agarra el teléfono y marca sin mirar el número de ella. Levanta la cabeza mientras espera que atienda y cae en la cuenta que donde solía reposar el dibujo que le había regalado ahora hay una orden de kinesiología. Entonces deja caer el tubo y corta antes que alguien conteste del otro lado. Renueva mate y por suerte lo llama su amiga Violeta para ir a caminar.
Caminan por la calle Melián bajo el sol del atardecer y una tenue sensación de bienestar se desliza sobre su espalda. Ya prácticamente no le duele la cabeza. Le comenta un cuento que leyó la semana anterior, sobre un hombre que sentado al lado de su amada le deja caer pequeñas gotas de agua tibia por la espalda, éstas recorren sus lunares hasta desembocar a la altura del coxal y resbalar acariciando la sábana que acentúa su color azul al contacto con el agua.
Violeta le sonríe y siguen hablando de cosas que no duelen(1) hasta que ella se tiene que ir.
Vuelve a casa y llega su primo.
Entre humo, Creedence, y chocolatadas calientes, el visitante le cuenta que tiene un gran proyecto para ser feliz. La noche va ganando terreno mientras lo discuten.
El primo le recomienda que no sea tan literal al escribir, sería mejor si se animara a desplegar las alas, pasa que sos medio conservador, remata. Él se enoja un poco pero comprende que no es un ataque político, no debe dejarse nublar por la paranoia de la militancia.
Las horas trascurren mansas, su primo es un incomparable compañero de tertulia. Cuando empieza a sonar Blackbird decide que es momento de irse así que le baja a abrir.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa. Aunque también podría ver que le pasa si escribe, si escucha música tirado en el piso o si pide un chop suey y le mete mucha salsa de soja.
Podría invitar a salir a alguna chica o invitar amigos a cenar a su casa pero quizás, como dice Bartleby, preferiría no hacerlo.

* “La gente que siente mucho no crea arte sino autorreferencia estética.” (Carmen Baliero)

1 Gracias Superchería!