viernes, 2 de marzo de 2007

Misiones - Mitnadev 06

I

_Mentirosos? Mentirosos eran los de antes_ dice un viejo hombre que en realidad es un hombre avejentado. Detrás de aquel rostro quemado por el sol de años y atravesado por infinitas arrugas se dibuja una tenue y olvidada felicidad que parece emerger mientras pronuncia pausadamente esas palabras.
_Ya no quedan mentirosos por estos pagos, mentirosos eran los de antes_ insiste._Aquellos cuyos caballos se rehusaban a beber del lago tras fatigosas horas de galope bajo el intenso sol, ¿sabe usted por qué no bebían?_Yo le indico con una simple expresión que no, que no tengo la menor idea. El hombre se da cuenta que me interesa, hace una pausa, levanta sus cejas y se despacha _porque eran lagos de miel _ Acto seguido, suelta una carcajada que queda inconclusa por su misma estruendosa tos que la opaca. _Esos eran mentirosos_ vuelve a decir y clava su mirada en el techo de la casilla de madera como buscando algún vestigio o señal de algo. Lo miro fijamente para tratar de acaparar su atención nuevamente pero sus ojos y su cuerpo se han perdido para siempre en el espesor de la noche cálida.

II

Apoyo mis brazos en el suelo y se hunden en un colchón de pasto verde, mi mano está teñida de un intenso naranja.
El ladrido de un perro que pasa cerca interrumpe el concierto de sonidos que vienen de eso que llamamos selva. Ese todo pintado de mil variedades de verdes y que parece no tener final ni principio.
Miro hacia el monte y las siluetas negras de los primeros árboles se distinguen de la noche unánime que ya cayó sobre nuestras cabezas. Con ella los duendes, los monstruos, los animales, ese concierto de ruidos que paradójicamente se presenta como un perfecto silencio.

III

Me agacho bajo el salvador manto de sombra que proporcionan las araucarias y lentamente sumerjo mis manos en las tibias aguas de un arroyo.
Los tabacaleros y yerbateros mencionan entre tereré y tereré al yazi. Se trata de un duende apuesto de ojos azules con una larga cabellera rubia que matiza sus refinados rasgos. Mediante su canto aterciopelado seduce a las mujeres y las engaña hasta hacerlas perder en la espesa jungla donde las ataca por sorpresa.
Nanni tiene siete años y me cuenta con lujo de detalle cómo fue el día que se escapó del Pombero, un monstruo temible de filosas garras que un día en su vuelta a casa desde el colegio se cruzó intrépidamente en su camino. _Lo tenía atrás, lo tenía, casi podía escuchar su aliento, así que empecé a correr, correr y correr desesperado. Me metí en el monte, trepé a un árbol y logré despistarlo. Desde arriba vi como el Pombero estaba confundido y como después de varios minutos se marchaba. Yo estaba tan asustado que mi corazón latía y latía sin parar _

IV

De nuevo en Buenos Aires, camino por una calle del barrio de Belgrano y entre los edificios logro vislumbrar un pedazo de luna. La misma luna que se veía en Misiones y la misma que veía antes de irme de viaje.
Es entonces cuando asumo que la mejor forma de (sobre)vivir es conformarme con ser un mediocre emulador de los mentirosos. Un soez imitador de los mentirosos del pasado a los que añora el hombre avejentado, aquel de cara quemada por el sol y atravesada por arrugas.

3 comentarios:

Mauricio dijo...

Gracias. Lo disfruté mucho.

Mauricio dijo...

pd: mitnadev´90 al...

Anónimo dijo...

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