domingo 21 de junio de 2009

Ahí Va

Manténgase en forma, haga ejercicio después del trabajo.
Utilice escaleras en lugar de tomar ascensores.
Siempre que pueda camine aunque sea distancias cortas.
Las sugerencias forman parte de un volante blanco y negro doble faz campaña del Ministerio de Salud. Está en el suelo y tiene la marca fuerte de una zapatilla como si recién alguien lo hubiera pisoteado.
Quizás escriba alguna vez un libro de poesía sobre las personas que acompañan a los enfermos en los hospitales. O una novela corta.
_Señor editor acá le traigo la novela corta sobre enfermos en hospitales que me encargó.
_Pero si jamás le pedí algo así. Escriba historias de amor en una oficina, algún ensayo sobre marxismo y posmodernidad. O tal vez sobre marsupiales. Hay un fulano que vendió en Bélgica diez mil ejemplares con un libro acerca de los marsupiales. Pero sobre enfermos en hospitales no. Nadie quiere leer de los hospitales.
_Es sobre hombres en hospitales, no sobre hospitales.
_Da lo mismo, nadie compra un libro así.
Mi viejo ronca a más no poder. No se cómo se las arregla para dormir con el calor que hace en la habitación. La luz que entra por la ventana se le clava en la cara y perfora su perfil arrugado. Aparte hay ruido en los pasillos: enfermeras que se gritan y radios a medio encender que se pisan unas a otras.
Mi papá nunca fue de esos tipos que cuando se mueran la gente vaya a hablar de lo buena persona que fue. Y no porque haya sido de los malos. Pero hay algo en su personalidad , en su forma de ser que no permite esa actividad póstuma. En algún punto me alivia.
En un tacho de basura al costado de mi asiento hay vendas con sangre de un paciente anterior, los fierros de la cama donde duerme papá están oxidados. El baño es de los más sucios que ví, la pileta de lavarse las manos está manchada con mierda y la habitación en su conjunto se zarandea en un racimo de olor fétido. Las primeras horas tenía que respirar por la boca, ahora ya me acostumbré y hasta me animo a tomar aire profundo cuando quiero relajarme. Lo largo lentamente por la boca. Me prometo de ahora en más hacer ejercicio después del trabajo y las distancias cortas tratar siempre de caminarlas. Usar escaleras ni en pedo. Las odio, me generan algo como un mareo. Si veo alguien que baja me vienen unas ganas tremendas de empujarlo o ponerle el pie para que tropiece y se mate.
Traen una especie de almuerzo para el enfermo. Trato de despertarlo para que coma algo pero no hay caso. Unos arañados balbuceos expresan su voluntad de seguir durmiendo.
Miro las paredes húmedas y las ventanas con mosquitero que dan a un patio interno.
En este lugar se está por morir mi viejo.

lunes 25 de mayo de 2009

Nunca Volviste Después de Castro

Nunca Volviste después de Castro.
Y no es que no lo sigas intentando. Los viejos amigos del barrio, esos que te escucharon gritando que ibas a jugar en la primera de Huracán pueden dar fe. En cada libro que releés, en los mates suaves que cebás desde la izquierda para que no se laven, en la forma que usás el cepillo de dientes como un frenético, hasta siete veces por día. Cuando la extrañás tanto que te dan ganas de llorar, entonces, salís a andar en bicicleta, pedaleás a toda velocidad hasta perderte y sólo te detenés al tropezar con alguna fábrica abandonada porque es el lugar perfecto para sentirte roto. Y entonces sí: las manos se adhieren a la cara y se lavan. Te pasa una, dos veces al año. Cuando terminás te sentís más cerca. Castro sobrevuela tu cabeza: la vida por algo, los gritos, su manera de acariciarte el cuello, los cánticos o un cuarto donde esconderse y pasar la noche a salvo.
Querés recuperar algo de Castro, lo simbólico al menos. No podés quedarte atado al poste del recuerdo, eso ya te lo dijo un pelado que casi termina psicología y te lo sabés de memoria.
La cátedra que nunca te dieron hubiera sido para ella. La posibilidad de recordarla dos veces por semana, hablar de corrido sin culpa, sobre ella, para ella, ya está, se diluyó, la llorás. Te pasa una, dos veces por año.
Nunca volviste después de Castro.
Ella no volvió y vos tampoco.
Los de la organización tardaron mucho en decírtelo, tenían miedo que te las tomes, que te vayas a México con tus hermanos. Tuve que ser yo en ese café quien te lo confirme. Vos lo intuías tanto que era como si ya lo supieras. Se notaba en la forma en que te tocabas las manos transpiradas. Me costó dos cortados arrancar a hablar pero te lo dije de un cachetazo. Después ya no había banda, orquesta ni músicos, nadie tenía nada para decir. Nos quedamos callados mirando el mantel y los sobrecitos de azúcar abiertos a la mitad.
Quisiste volver después de Castro. Pero querer y hacer a veces no se parecen en nada.
¿Qué opino yo del operativo Castro?
No caben dudas que teníamos audacia y una gran disposición a la lucha. El móvil de los supermercados era atraer con la exposición directa de la mercadería; entonces nosotros nos dejábamos atraer también, pero nos colocábamos entre la feroz vigilancia policial que había en Buenos Aires por esos días, como buenos compradores de supermercados. Eso no bastaba para garantizar potencia militar y de alguna manera a eso me refiero cuando digo que teníamos poca capacidad organizativa. Que la dejaron morir, que la expusieron demasiado. Castro era a priori un objetivo que superaba nuestra precariedad orgánica. Vos, ella, yo y todos los personajes de esa película demencial lo sabían. Te reprochás no habérselo dicho y esa es la sombra que le pega vueltas a tu figura atormentada. En el fondo sabés que advertirla no hubiera cambiado nada, ciertas palabras parecen ser la solución cuando pasa el tiempo. Vana ilusión. Tremenda pelotudez. Nos convencemos que no dijimos lo indicado en el momento clave y eso sirve de fármaco.
Para nosotros Castro fue el comienzo del fin, para vos fue el final. Seguiste adelante por inercia, impulso o lo que sea. Con Castro se fue ella, y vos no conseguiste regresar. Nunca saliste de esos cuartos donde nos escondíamos para pasar la noche, de los gritos, de creer con firmeza en un proyecto político, de su forma de acariciarte el cuello. De cuando le agarraban ganas inaguantables de comer uvas y vos las ibas a comprar feliz porque las iban a saborear juntos tirados en el piso entre beso y beso.
Ni una promesa de cátedra en la Facultad, las sesiones con el psiquiatra u otro café conmigo te cambian algo.
Castro no fue el primer operativo en comercios. Ya habíamos tenido Salimax y Budge con buenos resultados. Castro siempre había olido mal, la semana anterior nos atravesaba esa sensación de que no era el momento para hacerlo. Y no era miedo porque cagadísimos entre las patas estábamos siempre. Yo jamás conseguía dormir de corrido más de dos horas ni había viaje en colectivo en el que no viera servicios disfrazados. Pero en la previa de Castro sentía algo más. Una nausea, un aviso intestinal, una roca en el estómago que no podía digerir. Sólo después pude comprobar que a vos y al resto les pasaba algo parecido. Recién ahora lo interpretamos como una alarma que no escuchamos. Y no le echemos la culpa a la conducción ni a la militarización también de eso.
El problema es que vos creés que estuviste mal en no avisar que era un error y un riesgo injustificado que ella encabece columna. Pero qué sentido tiene seguir pensando en eso.
Menos sentido tiene que yo te pida que vuelvas a ser el de antes. Por ahora no podés volver de ese viento con polvo que es el pasado, que es Castro y toda aquello. Simplemente no podés. Me callo.

domingo 22 de marzo de 2009

Los Locos de Chorrarín

Hubo un tiempo en que por Villa Urquiza se hablaba mucho de los locos de Chorroarín. Existían muchos versiones acerca de quiénes eran estos tipos. Como si fueran técnicos de fútbol, cada vecino tenía su librito.
En la avenida Triunvirato por ejemplo, la mayoría de los comerciantes sostenían que se trataba de una suerte de brazo de la iglesia pentecostal peleado con la dirigencia y que había sido proscripto. El argumento era que integrantes de este sector había boicoteado numerosas misas. El modus operandi: los muchachos se dispersaban entre el público dominical y comenzaban a hacer gestos obscenos al cura que progresivamente perdía la paciencia. Estornudaban fuerte y tiraban bollos de papel a los asistentes. Alcanzaban el climax cuando lograban retener al pianista. Incluso podían llegar a amordazarlo si éste se resistía permitiendo así que uno del grupo lo reemplace sentándose en el órgano. El impostor comenzaba prolijo y luego iba dispersándose hasta terminar tocando canciones de cancha. Personalmente nunca me convenció demasiado esta hipótesis, sobre todo porque las pintadas de los locos de Chorroarín( las había por todo el barrio) no tenían ninguna señal religiosa, ni siquiera en el sentido contestario- antieclesiásitico, sino que más bien parecían dibujitos de una banda punk rock o alguna corriente anarquista.
Mi familia, en cambio, estaba más cercana a la idea que se manejaba de Combatientes de Malvinas para arriba. Los locos de Chorroarín habían estado en la sección de enfermos psiquiátricos del Tornú por largos años hasta que organizaron una fuga y lograron escapar. Una vez reinsertados en la vida social se organizaron en este grupo para seguir en contacto, darse contención y compartir experiencias. El punto fuerte de esta teoría es que explicaba a la perfección el tema del nombre “Los locos” porque se habían escapado del psiquiátrico y “ de Chorroarín” porque el Hospital Tornú justamente queda en Chorroarín entre Avalos y Combatientes de Malvinas. Sin embargo, el problema residía en que dicho mote era un invento de los vecinos del barrio y no se trataba del nombre que se daba el grupo a sí mismo, que era un simple, “Los de Chorroarín”, porque según explicaban ellos en panfletos y pintadas, se reunían cada quince días en algún punto que siempre variaba de la calle Chorroarín. Entonces si el término “los locos de Chorroarín” era una construcción de los vecinos, pues la teoría tranquilamente podía ser una lucubración prejuiciosa constituida para reforzar la mentira. Si el hombre mancha con la mirada, los vecinos directamente revolean frascos de tinta en el medio de la cara.
Por último el sector más reaccionario de los vecinos aseguraba que no eran otra cosa que un peligroso grupo de comunistas y drogadictos que ponían en peligro la integridad moral del barrio. Durante un momento este argumento caló bastante hondo y hasta estos vecinos se animaron a hacer una tirada de afiches atacando a los locos con el lema de “ no queremos pedófilos ni anarquía en Villa Urquiza”. Con el paso del tiempo estos vecinos comenzaron a acusar de comunistas y drogadictos a casi todo los habitantes de la zona, así que esta postura sufrió un retroceso sustancial.
En el tiempo en que se discutía este asunto, yo probaba suerte cursando mi primer año en la facultad de veterinaria y comenzaba mi derrotero de indefiniciones vocacionales. Había elegido esa carrera porque la facultad quedaba cerca de casa. Lo que sí me gustaba un poco era el cine y había tejido una tenue amistad con un grupo de estudiantes que hacían documentales, o por lo menos habían hecho uno sobre “chistes de gallegos en Argentina”. Yo les comenté de la existencia de “Los locos de Chorroarìn” y los muchachos se interesaron, un poco porque la idea les pareció buena y otro porque no tenían otro proyecto.
Así fue que recorrimos Chorroarín de par a par durante largas noches tratando de localizar el punto de reunión de estos tipos. Claro que era difícil dar con el lugar ya que lo único que sabíamos era que se juntaban cada quince días detrás de alguna puerta sobre esta calle. El fracaso fue contundente y sólo una casualidad nos sacó de perdedores. Un día mientras esperaba el colectivo para volver de la facultad y pensaba cuánto tardaría en dejar la carrera, llegó a la parada la persona más gorda que haya visto jamás. El tipo era infinito y barbudo. Usaba ropa manchada y un gorro de lana negro. Como el bondi tardaba entramos a putear juntos y terminamos hablando de nuestras vidas. Me dijo que se llamaba “Bob, El Enojado” y que era parte de “Los locos de Chorroarín”. Su apodo estaba bien, no paraba de insultar y despotricar contra todo: el colectivo, las líneas de colectivos en general, el colectivero, su familia, la institución familia y la Iglesia. La cuestión es que le conté a “Bob, El Enojado” nuestra idea del documental y si bien me contestó que a qué clase de loco se le ocurría hacer una película sobre ellos, me pasó el lugar de la próxima reunión y nos invitó a presenciarla. Así fue que diez días después estábamos junto a Nico y Gafas, dos de los chicos de cine, en un garaje a la altura de la calle Morlote. El lugar daba la impresión de un improvisado teatro. Había un sector con el piso elevado que funcionaba a modo de escenario y cuatro filas de sillas. “Bob, el Enojado” nos recibió amablemente, se notaba que era uno de los líderes del grupo o algo así porque obligó a todos a saludarnos y le pidió a un tipo de barba gris igual a Marx que nos trajera algo para tomar.
Los locos hablaban entre ellos animadamente y nadie nos prestaba demasiada atención. Permanecimos en las sillas sin hablar, tomando el vaso de soda que nos habían hecho llegar. Todavía no nos animábamos a filmar. Había un viejo radiograbador en el piso que despedía unos tangos distorsionados. Para romper el hielo le pregunté a una señora con peluca qué era lo que estaban escuchando. “Es parecido a Goyeneche pero no es Goyeneche”, me respondió sonriendo. Agregó: “voy a repasar mi número después hablamos”. Así que había números. No era una reunión social sino más bien una cuestión artística la de “los locos de Chorroarin” ¿ Al final no serían un grupo teatral de vanguardia ?
El tipo igual a Marx se acercó y nos advirtió que no nos perdamos por nada del mundo su número, que hoy había preparado algo especial. La señora con peluca lo interrumpió: está loco, no le lleven el apunte, cree que es Niesztche”. El tipo la miró enojado pero no dijo nada y se fue a bajar el volumen del radiograbador.
Después de un buen rato, todos tomaron sus asientos y un presentador gritón de saco y corbata pero descalzo anunció el inicio del show. Hizo una larga perorata sobre grandes y chicos, damas y caballeros, chocolate en rama y en barra fallando uno a uno en sus intentos de ser gracioso. Por fin cerró su introducción con un fuerte: “Demos la bienvenida el crédito local, al amado por todos: Bob, El Enooojadoooo”.
Bob, el Enojado se acercó pesadamente al escenario, pues le era difícil atravesar el pasillo sin golpearse con las sillas. Una vez arriba se burló del presentador y le recomendó que en vez de usar galera se pusiera zapatos como la gente. El presentador le advirtió que iba en contra de las reglas ser agresivo con las autoridades, cosa que Bob pareció aceptar porque bajó la mirada y rápidamente cambió el eje de su discurso pasando a criticar e insultar a los empleados bancarios. El presentador, aliviado, se sentó a un costado del escenario y encendió un cigarrillo. El monólogo de Bob era coherente por momentos y por otros decaía lo que era contrarrestado con algún insulto e incluso con alguna intervención del público, como la de una chica muy linda sentada al fondo que gritó: ¡vamos Bob que estás para salir en la radio !
De repente, el presentador cortó en seco a Bob y anunció que habían pasado los diez minutos de Bob El Enojado y lo despidió pidiendo un aplauso grande tanto para él como para la siguiente participante que era Claudia, La Bailarina Licuadora.
Si Bob ya me había sorprendido, esto era demasiado. En ese momento Gafas no se contuvo más: sacó la cámara y empezó a filmar. Sobre el escenario Claudia patinaba de un lado a otro sin parar. Tenía un pantalón corto desteñido y usaba dos jugueras sujetadas a modo de corpiño. Desde el fondo un rubiecito vestido como Rod Stewart con chalequito y todo comenzó a lanzarle frutas y ella las iba atrapando, descascando y exprimiendo en las jugueras que tenía de corpiño. El escenario empezó a mojarse y a llenarse de pulpa de fruta. Se volvió tan resbaloso que la bailarina terminó cayendo unos segundos antes que el locutor interrumpiera anunciando que habían pasado sus diez minutos.
El presentador prefirió no arriesgarse a una patinada y presentó el próximo número desde el costado. Así introdujo al músico permanente, el gran Ramiro. Este no era otro que el rubiecito vestido y peinado como Rod Stewart acompañado de un mendigo. El tipo que era igual a Marx gritaba desde el fondo que en realidad le tocaba a él hacer su número, pero nadie lo escuchaba.
Se subieron al escenario y Ramiro empezó a cantar un viejo tema de Joy Division mientras el mendigo hacía una espantosa coreografía de fondo. Nos miramos con Nico y Gafas, apenas pudiendo contener la risa. Ramiro desafinaba a más no poder pero tanto él como su bailarín estaban compenetrados en el número. Una vez que terminaron, el mendigo se acercó al micrófono y se quejó por la mala iluminación que impidió que se pudiera apreciar su paso baile. Miró con desprecio a Claudia la Bailarina-Licuadora y agregó: “ aparte hay jugo de naranja en el piso”. Al mismo tiempo Nico me dijo al oído: “ esto es una catarsis artística ,boludo, están todos locos”
Ramiro se sacó el chaleco y se lo colocó dulcemente al mendigo por encima de su remera agrietada. Caminaron lentamente y se sentaron al lado nuestro. La chica linda del fondo aplaudía a rabiar y el mendigo le tiraba besos que ella respondía con grititos agudos, como si fuera una fanática de Los Beatles reaccionando ante un saludo de Lennon en la primera gira por Estados Unidos.
La chica se paró y se acercó a saludar, abrazó al mendigo y este la agarró con tanta fuerza que Ramiro los separó para evitar que muriese asfixiada. Cuando consiguió despegarlos la empezó a besar, lo que molestó al mendigo quien le tiró fuertemente del pelo desarmándole por completo el look. Entonces se trenzaron en una fuerte pelea a golpes de puño y patadas que muchas veces, desviadas terminaban tirando las sillas. Varios trataban de separar mientra la chica se acercaba a la cámara de Gafas para declarar: ” se pelean, por mí, por Miriam, La Magnífica” Gafas trató de que diga algo más, era la toma del documental, pero se marchó a un costado a disfrutar de la batalla campal celebrada en su nombre. ” ¡Por favor, manga de enfermos, paren un poco!, gritaba el presentador “¡paren por el amor del reino de dios! ”. La frase tuvo un efecto, aunque no el deseado. _“¿Por qué nos dijiste manga de enfermos? Justo vos fracasado”, gritó Ramiro mientras soltaba las manos que tenía incrustadas en el cuello del mendigo. A partir de allí todo se volvió aún más confuso: Ramiro, el presentador y el mendigo protagonizaban una batahola y había otros actores que intervenían accesoriamente empujando o separando. No se alcanzaba a entender. Recién entonces Nico y yo nos metimos a separar mientras Gafas seguía filmando, pero rápidamente recibimos upercaps incisivos y salimos del epicentro. El tipo igual a Marx era el único que permanecía sentado. En un momento lo escuché de fondo preguntándonos si no nos interesaba ver el número que había preparado especialmente para la fecha.
Pasó como media hora hasta que los ánimos se aquietaron y los locos comenzaron a dejar el garage de la calle Morlote. Muchos estaban transpirados y cansados por la trifulca final, otros se lamentaban por no haber podido terminar la reunión. Pero nadie parecía preocupado en serio. En quince días en algún otro lugar de la calle Chorrarín se encontrarían para compartir un nuevo encuentro. Preguntamos dónde sería pero todos respondieron que aún no se sabía.
El documental sobre “Los locos de Chorrarín” nunca salió a la luz porque la cinta que había llevado Gafas aquel día estaba dañada y no se había grabado Por eso es que hoy, muchos años después, cuando ya nadie se pregunta por “Los Locos de Chorroarin” escribo estas líneas. Nunca más logré dar con “Bob, el Enojado” ni con el tipo que era igual a Marx. Una vez creí ver a Ramiro en los pasillos de la facultad de veterinaria pero, desapareció antes que pueda preguntarle algo.

miércoles 11 de marzo de 2009

El Estímulo


Las lluvias anunciadas por el pronóstico la noche anterior resultan ser un verdadero temporal con momentos de extremo frío y viento. Una pegajosa oscuridad invade las calles y las veredas cambian de color porque el agua las colorea. La gente se queda en sus casas y el museo sirve de refugio a los turistas que no se resignan a perder el día.
Adentro es otro planeta. La buena iluminación intensifica las paredes blancas, rebosa de gente que viste elegante; a medida que llegan se va quitando los abrigos. Una sonrisa gigante con perfectos dientes de ortodoncia recubre todo el lugar.
Germán camina lentamente tratando de no perderse nada. El museo es inmenso y están exhibidas obras de los más famosos artistas. Se siente bastante estimulado con la idea de recorrer sólo el museo. En general suele hacerlo con compañía y resulta engorroso porque los tiempos e intereses de cada persona son sustancialmente diferentes.
Bosteza dos veces profundamente pero no por cansancio o aburrimiento, es casi un mecanismo automático de su cuerpo, cuando está en los museos no puede evitar comenzar con los bostezos. Hay un bebedero al costado del baño. Purificarse tomando un poco de agua antes del recorrido es una buena idea, aparte desde chico siempre le encantó tomar agua de los bebederos en las heladerías.
Hay tanto para ver, muchos pisos, muestras permanentes y especiales, jardines internos, obras dentro y fuera del catálogo. Aprovechar la tarde embarcándose en una vital experiencia estética tiene total sentido.
Germán comienza observando los cuadros con paciencia de alumno, les dedica un buen rato a cada uno y se siente feliz de tener una observación tan disciplinada. Además se percibe a sí mismo como disfrutando, cosa que no le ocurre tan a menudo cuando trata de conectarse con el arte de museo. Más tarde empieza a saltear algunas secciones que no le interesan como las de jarrones antiguos y joyas medievales. Logra sustraerse del entorno de gente que habla fuerte y tan exitoso resulta su recorrido artístico que con las obras que más le gustan consigue establecer un diálogo largo y fluido.
Mientras cambia los ángulos de observación de una pintura de Kandinsky, recuerda la conversación que tuvo con el matemático en el borracho atardecer el domingo anterior. Era un tipo bastante raro que había conocido en el bar y que se presentaba como esteta de las matemáticas. “La matemática aplicada a la realidad no me interesa”, explicaba con seriedad mientras bebía un whisky tras otro. "Yo me manejo en altos planos de abstracción, tengo una búsqueda artística, estética con los números. Trabajo con la sombra de los números. Juego con ellos y en algún momento comienza la rebelión del número, la danza del número, la abertura infinita del número”
Los fragmentos de semejante discurso reaparecen en el museo, se le mezclan a Germán en su observación del Kandinsky y le disparan el pensamiento. Se pregunta por qué no dejar su vida profesional como contador. Por qué no sumergirse diariamente como el matemático en un inagotable sendero artístico. Lo está logrando ahora en el museo, ¿por qué no hacer de esta sensación una práctica cotidiana ? ¿ Si flotase más seguido en esos chicles bien rosas, casi fucsias? Por qué no bañarse con perfumes de menta, por qué no ir descubriendo una satisfacción libidinal a cada paso. Le dan ganas de treparse a árboles de eucalipto, aunque quizás no tengan ramas suficientemente fuertes como para sostenerlo, que sean de quebracho entonces los árboles que haya de trepar. Números seductores, palabras bailarinas y calzoncillos de fresa.
Hace largos minutos que los altoparlantes anuncian que el museo está por cerrar, todos hacen fila para recuperar el abrigo y salir. Ya no llueve tanto.
Pero sigue haciendo frío, Germán se detiene luego de hacer unos pasos en la calle a fin de colocarse el gorro de lana. Un mendigo se le acerca. Cuando parece que le va a pedir una moneda, pone una mano por dentro del pantalón y se agarra el genital mirando hacia arriba con ojos perdidos. Deja escapar un leve aullido.
La vereda se va llenando de gente que sale del museo. Se detienen a observar el número. El mendigo sigue aullando y agarrándose sus partes. Después de unos minutos de tensión, saca lentamente la mano del pantalón y se acaricia el rostro ensopado con agua de lluvia y suciedad. Termina el espectáculo de manera imprevista. Le da la espalda a Germán y al resto de la gente que se había acumulado; emprende una caminata rápida para cruzar la calle. El chofer de un auto que pasa tiene que pegar un volantazo para no atropellarlo, el mendigo parece no darse cuenta y prosigue su marcha encorvada.
Germán supone que en estos meses leerá algo de Borges. En algún que otro tiempo libre que le deje el trabajo, con tantos clientes nunca tiene tiempo para nada.

jueves 19 de febrero de 2009

De Aeropuertos

El viaje de regreso está de más. La noche anterior ya había asumido que la película estaba terminada, que nada puede escapar, que todo tiene un final, todo termina. Tan resuelto tengo todo que hasta puedo ponerle melodía al pensamiento.
El periplo de vuelta está de más y dura casi un día. Hora de combi al aeropuerto, espera de un par de horitas, más tres y media del primer avión, escala de dos y once más en otro vuelo para completar el combo . Demasiado cuando no hay demasiado en lo que pensar.
En el primer tramo de avión hace mucho calor y un chino ronca suavemente sobre mi oído, temo seriamente no poder soportarlo. Me pongo a estudiar, para hacer algo y también para conectarme con el regreso a la vida real. Leo un rato largo y cada tanto golpeo mi rodilla con la del chino, no logro que deje de roncar pero sí que cambie de lado. Sigo estudiando, el libro está bien pero yo no tengo muchas ganas, voy al baño. Hay cola, entre que espero como media hora y una vieja de Kansas City me da charla con el objetivo de hablarme mal de Obama se hace la hora de llegada.
Tengo bastante tiempo hasta la salida del otro vuelvo así que camino lentamente por todo el aeropuerto. Con las monedas que me sobran compro chocolates, espío los libros que lee la gente y me cuelgo mirando whiskyes que nunca voy a comprar. Después me meto en una de esas tiendas de aeropuerto que tienen sillones masajeadores para que el público pruebe y me quedo tirado hasta que la vendedora pone cara de “ya estás abusando”.
Lo veo ni bien llego a la puerta de embarque. Estoy seguro que es él. No me queda otra que hablarle, no puedo perder esta chance. Nunca hubiera pensado encontrármelo en un aeropuerto. Tengo leídos varios de sus libros y justo lo había estado estudiando con bastante profundidad antes de viajar. Es una clara jugada del destino.
El está como más canoso pero tranquilamente se puede haber teñido. Está sentado con una señora que da la sensación de ser yanqui y también su mujer. Vaya contradicción para quizás el máximo exponente del pensamiento latinoamericano. Aunque tampoco está mal vivir en la contradicción, a veces allí reside el secreto y bla bla. Aunque la verdad justo venirse a casarse con una yanqui...
Ya fue tengo que saber si es él. Tengo la responsabilidad histórica de preguntarle. Me siento a su izquierda y lo interpelo en forma directa: _” ¿usted es Enrique?
Recién entonces me percato que el tipo está comiendo, mal momento para preguntar, tiene un par de papas fritas saliéndole de la boca en pleno proceso de masticación así que debo aguardar a que termine con eso.
Me responde en un inglés tosco que él es William y que su mujer se llama Sarah.
Le pido perdón por la confusión y le explico que lo confundí con un profesor de la facultad. Me responde con no es profesor de nada pero que de todas maneras suele ser una persona muy reflexiva. Pienso que su respuesta es buena pero que hubiera sido mucho mejor de no ser acompañada de esa forzada sonrisa hacia la derecha.
No sé como pude llegar a pensar que me iba a encontrar a Enrique Dussel en el aeropuerto de Dallas.

viernes 26 de diciembre de 2008

Una Historia "Naíf" para Fin de Año

Es 22 de diciembre, tengo que ir al centro para hacer mil trámites: bancos, escribanía, AFIP, Pago Fácil y toda esa burocracia que uno debe soportar para sobrevivir.
Contra todos los pronósticos termino antes de lo pensado y me quedan un par de horas libres hasta una reunión a la tarde. Hace rato que tenía ganas de caminar las librerías de la calle Corrientes, estoy feliz por de repente tener una increíble oportunidad para conseguir todos esos libros que no había comprado en los últimos meses. ¿para qué comprarlos? me había preguntado en varias ocasiones, si seguro están en Corrientes a mitad de precio. Con el pasar de las cuadras todas mis fantasías sobre ediciones a cinco pesos se van esfumando como la espuma que genera el Uvasal ni bien echás el polvito en el vaso con agua.
Termino comprándome uno que nunca había tenido intenciones de leer. Los que necesito en serio sólo están en una librería común y corriente, a precio de cadena multinacional. Los pago con enojo y las cosas parecen mejorar un poco cuando me ofrecen una tarjeta que suma puntos para obtener libros de regalo. Sin embargo, por lo que le entiendo a la vendedora (que no era librera) sólo funciona si comprás cinco libros por un monto similar al que sale el de Ari Paluch. Recién entonces tenés acceso ( inmediato, por supuesto) a una edición de bolsillo de esos libros al estilo Lenin para principiantes. Decido completar los papeles para obtener la tarjeta pero sólo porque es más fácil que explicarle a la vendedora(no librera) que no me interesa sumar créditos para poder acceder a ese super bonus libro pedorro.
Casi desahuciado, salgo de la librería y enfilo para La Giralda: un café con leche y un mozo de mal humor es justo lo que necesito después de la desilusión de las librerías. Mientras voy caminando hacia la calle Uruguay se escucha la música que sale de una disquería. Mi cuerpo se detiene. Es la misma canción, pero sobre todo es la misma versión. “Your day breaks, your mind aches”. La canción se va desplegando sobre los adoquines de la vereda y las estrofas se apoderan de mis pies impidiendo que se muevan de ahí.
Aquel verano adolescente ella me había grabado un cassette con tres canciones.
_ Para que las escuches cuando extrañes, me había aconsejado mientras subía junto a su familia la escalera mecánica del aeropuerto para embarcar. Eran momentos de crisis y la clase media se iba a España escapándole a las consecuencias de una economía que ella misma se había ocupado de apuntalar.
Una de esas canciones era For No One. Pero no por Los Beatles sino la versión de Caetano Veloso que está en ese precioso disco que es “Cualquer Coisa”. Imposible olvidar ese silbido del principio y la flauta previa al estribillo. Esa era la versión que sonaba en plena calle Corrientes, este lunes 22 de diciembre.
Aquel verano tenía quince años y me había ido de vacaciones con mis viejos a Córdoba. Aparte de aburrirme bastante, la extrañé horrores. El cassette era para escucharlo cuando la extrañase pero como eso pasaba todo el tiempo, y yo solía ser muy respetuoso de las consignas me la pasaba con el dedo en el play del walkman. La versión de For No One era la que más me gustaba del casette aunque los tres temas eran de lo mejor. De Spinetta estaba esa hermosa canción que es Quedándote o Yéndote y por último había una de Sabina a quien yo no soportaba demasiado pero que gracias a esa grabación terminé apreciando. De ese tema no me acuerdo el título, es la que dice “ no abuses de mi inspiración, no acuses a mi corazón tan maltrecho y ajado”
Tarareando esas canciones daba largos paseos por las sierras sólo pensando qué sería de ella en Barcelona. La imaginaba trabajando de mesera en un bar bohemio, conociendo músicos de rastas y fuertes brazos tatuados. Primero muy callada y hasta mala onda. Pero con el correr de las semanas se iba adaptando. La invitaban a salir varias veces hasta que por fin aceptaba. Fumaba mucho porro con un artesano ecuatoriano que se reía fuerte y terminaba acostándose con él.
Me preguntaba si ella seguía pensando en mí y escribía en una libreta diferentes maneras decirle cuanto la amaba y extrañaba. No quería llamarla todavía. Ella había prometido comunicarse cuando las cosas se acomodaran y cuando les pusiesen teléfono en el monoambiente que habían conseguido para los primeros meses. Tenía resuelto sólo llamarla si hasta su cumpleaños no se comunicaba ella, el 15 de marzo cumpliría los 18, era bastante más grande que yo, sobre todo a esa edad cuando las diferencias de edad pesan mucho más. En Buenos Aires pasaba bastante desapercibida. Pero con ella tan lejos me sentía mucho más pequeño e incapaz de manejar la distancia.
Ese fue el verano que empecé a dibujar. Me llevaba los lápices al costado del arroyo y me quedaba hasta que desaparecían los últimos rayitos de sol, en el medio hacía pausas haciendo sapitos con las piedras. En Córdoba hay muchas piedras pequeñas y chatitas, ideales para la práctica del sapito. Después volvía al hotel, cenaba con mis viejos y me iba a dormir. Con suerte charlaba con una pareja veinteañera de músicos con la que había generado una tenue amistad.
Llega el “A love that should have lasted years” final y los últimos acordes. La canción termina y arranca la siguiente: una banda de sonido de alguna peli de Europa del Este, sólo entonces levanto la mirada, despego los pies fijados a los adoquines y recorro los últimos cincuenta metros hasta la Giralda. Entro y me siento en una de las mesas contra la pared. Le hago señas a un mozo que está visiblemente de mal humor y le pido un café con leche: justo lo que necesito después de la desilusión de las librerías.

lunes 15 de diciembre de 2008

Colonialidad del Saber

Existen ciertas ideas que hemos naturalizado hasta tal punto que nos es muy difícil comprender cómo nos están troquelando no sólo el pensamiento, sino también nuestras más profundas experiencias y percepciones. Estas son ideas que nos constituyen en tanto son el terreno desde donde pensamos pero sobre las cuales difícilmente reflexionamos, el terreno en el que se hace posible la experiencia y las percepciones pero que tomamos por sentado.
Una de esas poderosas ideas es la ‘imaginación geográfica’ en donde percibimos el mundo dividido en continentes con una disposición espacial claramente circunscrita y con unos nombres que parecieran estar inscritos en su superficie. América, África, Europa, Asia y Oceanía aparecen a nuestros ojos como entidades geográficas objetivas y los mapas no son más que su neutral y clara representación mediante técnicas científicas de escalas. Estos mapas tienen una orientación que consideramos ‘natural’. Algunos mapas pueden incomodarnos de alguna manera al evidenciar lo arbitrario de los mapas desde los cuales estamos usualmente representando el mundo. En el mapa que adjunto en este post, que ha sido tomado del libro de Edgardo Lander "La colonialidad del saber", se problematiza simplemente un aspecto: la orientación convencional de la gran mayoría de los mapas que colocan al norte arriba y al sur abajo. Esto produce el efecto de que se piense que el ‘mapa está al revés’. No obstante, antes que ‘al revés’ lo que produce este mapa es pensar en la arbitrariedad de la representación convencional y, más aún, la jerarquización que una aparentemente neutral y objetiva cartografía supone. Una digresión en el plano de las orientaciones espaciales. En la región del Pacífico colombiano las poblaciones afrodescendientes consideran que el abajo es hacia el norte y el arriba hacia el sur. Esto se debe a que son las corrientes marinas las que han establecido sus percepciones y prácticas espaciales. Así, desde su perspectiva, el mapa que reproducimos estaría al derecho, mientras que para el convencional estaría al revés.