domingo, 6 de agosto de 2017

Aterrizaje


“No temas amigo, que la literatura nos acompañará en cada momento”

Paula me cuenta que en tuiter dicen que Manu Ginobili no donó el parquét de la cancha de basket a su equipo de la infancia. Que le pidieron que pusiera la guita y no quiso.
_ Es peor que los que fueron al casamiento de Messi _ dice, mientras se acaricia el pelo.
En la semana habíamos leímos que Lío pidió a los invitados a su casorio, que en vez de regalo, hicieran una donación a cierta ONG y sólo se recaudaron once mil dólares.
Ni bien escucho lo de Manu, se me enciende en el cerebro un cartel luminoso con un comentario que durante años había elegido negar. Una vez, un compañero de Bahía Blanca me había tirado que el bahiense medio no lo quiere demasiado. Y que además, si te invita a comer asado, pide que lleves el vino.
A Manu yo lo amo. Manu es de las mejores cosas que nos pasaron.

No soy muy nacionalista pero con el deporte me vuelvo loco. Me lubrico de chauvinismo y miro todo. Si hay mundial de bowling y juega Argentina, lo sigo con interés de buen alumno de primario. Aprendo las reglas del deporte, memorizo los nombres de los jugadores y lo más importante, lamento profundamente, si Canadá - potencia en ese deporte - nos gana en cuartos de final.
Haber visto a Manu en la NBA pintándole la cara a todos, fue algo hermoso. Y si encima te gusta el basket en particular, lo disfrutaste el doble. O el triple (si me perdonan la  metáfora pedorra) Tuviste la suerte de ser contemporáneo del mejor de la historia. A tus hijos nos les va a decir que de jóven creías que Argentina hubiera funcionado mejor con un sistema parlamentarista. A tus pibes les vas a contar que esperabas los partidos de Manu como a los de tu equipo de fútbol, que te juntabas con tus amigos a ver los playoff, que te hizo llorar con el doble sobre la hora a Serbia en una época en la que todavía estaba mal visto que los hombres lagrimeen.
Por eso, como dice mi amigo Melón, pegarle a Manu “es de nicho y de pancho”
De nicho: como el rugbier que odia a Lomu o despotrica contra Pichot. Y de pancho, porque en esta era sin marco al vacío ni referencias hay que estar del lado de los ídolos. De los Ortega, los Riquelme: pueden llegar borrachos, pueden faltar, pueden hacer lo que se les cante.
Más todavía si el dato viene de la raquítica legitimidad de un cadete que juega en un club de Avenida Del Libertador al que tirarle mierda a uno de los pocos héroes que tenemos, sólo le cuesta 140 caracteres.
Van a tener que esforzarse más para ir por Manu.
Ojo, lo de que te hace llevar el vino al asado es terrible pero no importa. NO ES TAN  IMPORTANTE.

Después de unos segundos, le digo a Paula que quizás no sea cierto lo que dicen.
Está sentada a mi izquierda, contra la ventanilla de un avión muy incómodo. Volvemos de unas vacaciones en Brasil. Llovió todos los días y ella tuvo anginas. Tuvimos que ir a un centro de salud pública donde la trataron bárbaro y le inyectaron penicilina. Nos antendieron rapidísimo: adelante nuestro, sólo había un chico con fiebre, acompañado por su madre. Se llamaba Raikkonen, como Kimi, el corredor finlandés de Fómula 1.
A pesar del contratiempo y el mal clima, nos reímos mucho y aprovechamos su convalecencia para seguir fabricando chistes internos, expresiones, gestos y caricias. Fortalecimos nuestro idiolecto, que como lo define Piglia “es un idioma privado que sólo hablan dos personas y que es, a menudo, condición del amor”
Quizás en algún momento tengamos un hijo y le pongamos Tabapatinga, como el nombre de la posada donde desayunamos esos cafés con frutas y tortas increíbles, mirando al mar.
Pero soy parte de una generación formada para tomar decisiones haciendo tablas de pros y contras. De una generación con una peligrosa tendencia a sobrepensar todo, a quemar el disco duro y a subestimar cualquier información que venga de las vísceras. Entonces, cuando me represento la posibilidad eventual de, en algún momento, ser papá, me da un vértigo bárbaro.
Santi, que ya tiene dos y lo lleva genial, tiene esta frase: “no pasa nada con tener hijos, es la vida que avanza sobre nosotros, con nosotros y está bien”

Llegamos a Buenos Aires de noche. Entro a casa, me tiro en la cama y prendo la tele para aclimatarme. Está el Turco Asís en Animales Sueltos. Me mata su look: esa mezcla perfecta de intelectual y gran comisario de Solano en Provincia de Buenos Aires. Como dice mi amigo el Gitano: “el Turco te defiende a Menem y a los tres minutos te querés ir a Miami a comer kiwis y al mismo tiempo, a manejar autos de alta gama a Santiago del Estero”. Te lleva la cabeza a la implosión con su prosa, su tono y su precisión. Y contagia.
Por eso, cuando termina la nota, a pesar del sueño, me pongo a escribir. Sobre cualquier cosa primero, sobre Ginobili después. También sobre Paula: sobre lo agradecido que estoy de que haya decidido pasar esta parte de su vida conmigo. Transcribo mensajes de audio de amigos que me parecen buenos. Compilo citas de escritores. Escribo lo que me pasa, lo que me preocupa, intento construir un verso que sea germen de algún poema. Escribo, como un acto de fé, como una búsqueda interior, como si pudiera elegir, como si pudiera hacer otra cosa. Mientras escribo, termino de aterrizar en esta ciudad del todo o nada, que es Buenos Aires. Cuando escribo, metabolizo lo que siento. Y con la digestión hecha, sí puedo dormir en paz.

A la mañana siguiente, mientras se calienta el agua para el mate, miro la biblioteca y saco un libro que me regaló Nico hace varios años. 
Las vacaciones están en tiempo de descuento: vuelven las responsabilidades, los trámites y la ansiedad por lo que ya debería haber hecho con mi vida. Pero, sincrónicamente, esa vieja dedicatoria aparece como una bendición, como una señal sobre cómo tomarse las cosas.






miércoles, 19 de julio de 2017

Recurso




La diferencia entre meditar y medicar
es sutil, pero brutal.
La diferencia entre la chica con la que salgo
y la chica con la que me veo
es sutil, pero brutal.

La diferencia entre la fruta del postre,
la puta del póster
y puta, a la postre
es sutil, pero brutal.

La diferencia entre saber quién es alguien
y conocerlo.
Entre estar cómodo y acomodarse
entre jugar y jugársela.

La diferencia entre un oficial retirado
y un retirado oficial.
Entre querer quedarse
y no poder irse.
Entre cantar "boleros"
y cantar "valores"

La diferencia  
entre mostrar
y demostrar.
Entre el gracioso
y el que se quiere
hacer el gracioso
es sutil, pero brutal.

Preocupa que los funcionarios
de la Subsecretaría de Trabajo
no registren
la diferencia
entre el trabajo formal
y el precarizado.

La diferencia entre tomar agua
y aplacar la sed.
Entre estar aceitado y aceitoso
entre curso, recurso y discurso.
La diferencia entre el tano Viviani
y el tano Degenaro.
Entre la diosa hindú Ganesha
y el “ya gané”

La diferencia entre ganarte una mina
y ser un pesado
es que te de bola.
Entre el viajero y el turista
Entre el silencio y el silenciamiento
es sutil, pero brutal.

La diferencia entre recordar
y no lograr olvidar.
No hay fórmulas en la vida:
todos somos unos pelotudos viendo qué onda.

La diferencia entre un túnel de tiempo
y hacerle un túnel al tiempo
¿Por qué decimos que nos queremos ir a la mierda
cuándo la mierda es justamente el lugar donde estamos?

La diferencia entre el amor
y cierto callado compañerismo,
entre una doble vida y dos vidas,
entre pensar y tener un susurro irónico en la oreja.

La diferencia entre el que escribe y el escritor
es que el escritor pone comas.
La diferencia entre el escombro y el ladrillo
es la civilización.

Gonzalo Millán dice que el dolor
se talla y detalla.
Nico me lee la cita en Las Cuartetas
y decidimos que habla
de la diferencia
entre la cicatriz
y la herida abierta.

Alguna vez, tuvimos una FM.
El slogan era:
“la diferencia entre una radio
y TU RADIO”

La diferencia entre un afta
y un tumor silencioso
es que aunque los dos duelen mucho
el primero es una gilada.

La diferencia entre el insomnio antes de dormir
y el de la mitad de la noche
es que uno
es madre
de la mentira
y el otro,
madre de la verdad.

jueves, 6 de julio de 2017

La sensación Maracaná




Cuando atravieso
la plaza
para sacarme de encima
el día de Excel.
(en mi trabajo todavía usamos Excel)


O mientras
vamos
callados
con mi novia
por la playa.


Camino a la facultad
cuando paso
por la lluviosa
puerta
del colegio
sobre la calle Alsina.


Me olvido de todo.


A mis espaldas,
se monta una tribuna
llena de hinchas
que con silencio
de noche patagónica
miran
cómo
me balanceo hacia atrás
y abro el pie
para que
la parte interna
del zapato
devuelva,
con toda la concentración
de la que soy capaz,
esa pelota que
se escapó de
un picado
y,
gracias a Dios,
viene
directo
hacia mí.

Esa es la sensación Maracaná.

lunes, 5 de junio de 2017

Planta permanente.




Los locos
andan llenos de bolsas
porque tienen que ir
siempre
con todas sus pertenencias
encima
ya que nadie
está dispuesto
a guardárselas.


Están solos:
fueron expulsados
de la zona de cordura
de las navidades en familia
de los torneos de tenis
de los despachos de los jueces
de los tiempos compartidos
del reino de la lógica.


No los protegen
ni las leyes de Newton
ni la Constitución Nacional
ni los baños florales
ni las flores de Bach
ni Bach
ni Rachmaninov
ni Empédocles
¡ningún helénico los protege!


Los locos
están preocupados
porque se perdió
lo artesanal:
ya no se empapelan
los libros para regalo.
A lo sumo
te dan bolsas
con un moño
impreso,
como si fuera
un par de medias,
como si fuera
un regalo de tía abuela.


Para contrarrestar
el fenómeno,
desarrollaron
una pyme
que fabrica
pasta base
con todos los puchos
aplastados contra el asfalto
de Avenida de Mayo.
El producto es ideal
para untar
las galletas de arroz.
Sin embargo,
las ventas son bajas:
los oficinistas
prefieren mermeladas
dietéticas.


Los locos
imprimieron un fanzín
para alertar
sobre la cara
de violaditos
que tienen los perros
cuando sus dueños
los visten
con ropa de invierno.


Los locos denunciaron
que a esos animales
les extirparon
lo último de salvaje y libre
que tenían.
Ahora
sólo les queda
un hueso falso de veterinaria.
y con suerte,
un balcón francés
donde les embotellan
los ladridos.


A los locos
nadie
les agradece
que recen
todas las noches
para que
a Buenos Aires
no lleguen
tsunamis
ni
terremotos.


Nadie
les agradece
que recen
todas las noches
para que
a los que esperamos
en el andén
de Constitución
se nos afloje
esta planta
permanente
y sindicalizada
de dolor
que tenemos
tejida
a crochet
acá
en el pecho.

martes, 25 de abril de 2017

Gatillo



Hace un mes terminamos.
Miro fútbol sin volumen,
equivoco las compras,
la lluvia me da frío
y nunca estoy del todo despierto.

Nos vemos para ver cómo estamos.
A cambio de los aritos que devuelvo,
pido mi libro,
pero dice que lo tiene que buscar.
Ojalá no lo encuentre nunca
así tengo
algo
para reprocharle toda la vida.

Creí que me recuperaba
pero perdí la billetera y
su cara
se me apareció
en todas las filas que hice
en todos los aranceles que gatillé.

El policía de la 37
me toma la denuncia.
Viene caliente de algo que le pasó antes.
Mientras arregla el mouse,
a los golpes
contra la mesada,
dice que
en este país
todos quieren ir al cielo
pero
nadie
está dispuesto a morir.

lunes, 3 de abril de 2017

Retiro



El micro avanza entre las montañas de la selva inestable.
No nos caemos por la pericia de los conductores que,
borrachos de calor,
hacen que nos deslicemos por la ruta
como un tejo
de los fichines de la costa.

El mail decía: “llegar al pueblo y tomar un taxi”
pero me bajo en la ruta y a caminar
kilómetros de tierra.
Sidhartearla
De Gaulle llegando a París en el 44.

En vez del gobierno títere nazi
me recibe una chica
rapada
me pregunta mi nombre y si soy vegano
No
Pero… ¿preferís?
No.

Me acompaña a la habitación
sonríe sin parar
me dice que en una hora arranca el curso en el templo del fondo.

Tiene puesta una remera amarilla.
Todos están vestidos de amarillo
porque es el color del aprendizaje
los maestros están de naranja
y la maestra maestra, de blanco.

Es un cuarto como de colegio pupilo
el baño tiene las mismas baldosas blancas
en piso y pared.
Se me cae un pendejo mientras meo.
Molesta verlo en el suelo pulcro,
lo levanto con el pulgar
haciendo mínima presión contra la baldosa.

La primera meditación.
Duele la espalda y los pies se duermen.
Hay que visualizar un objeto, repetir un mantra
y llevar la respiración a un punto.
Al entrecejo, los que tenemos naturaleza racional,
al corazón los que son más emocionales.
Pruebo con una montaña de Córdoba pero la imágen está fuera de foco,
intento con la llama de una vela: no engancho.
Con un melón, que es mi fruta preferida,
se repite el fracaso.

A la noche tenemos la primera ceremonia.
Un maestro habla sobre erradicar las malas compañías
las que atentan contra la espiritualidad.
Relata cómo se fue alejando
de su grupo de amigos
con los que se juntaba a hablar de fútbol
y a tomar cerveza.
Desesperado, en el medio de una fiesta
hizo una postura de yoga complicadísima
para ver si lograba llamarles la atención.
Se rieron de él y nunca más los vio.
Cuando termina,
descubro que en el comedor hay un
frágil
wi fi.
WI FI RURAL
dice un cartel en la pared.
Funciona
como una inyección intravenosa
ver cómo el celular va,
de a poco,
acumulando
cientos de mensajes sin leer.

Empiezo por los individuales.
Hay uno de Paula.
Dice que me extraña y que cuando vuelva
por favor
pasemos una semana entera juntos
por favor
con aire acondicionado
y persianas bajas.


domingo, 26 de marzo de 2017

Puerto Madero




Es un día de lluvia
para renunciar,
para empezar todo de cero.
Me toca arrancarlo en Puerto Madero
esa ciudad paralela,
silenciosa,
prefabricada,
ciertamente linda.
Da culpa halagarla
porque tiene
policía especial
porque la habitan políticos corruptos
y narcotraficantes.
“Los narcos no están acá,
viven en Nordelta” , me dice la chica de Starbucks
mientras espera a que me decida.
Le cuento que, para el poder judicial,
están en Itatí
la ciudad de la virgen,
al norte de Corrientes.
Ahí todos se desesperan por
el Nokia mil cien
porque es el único que tiene señal en el río
y podés laburar de avisar a los capos
que se viene el operativo policial.
Es eso
o vender rosarios a dos pesos.
Ahí se vive posta,
nada de andar sensibilizado
por la lluvia
y emocionarse con una estatua
antes del desayuno.
“¿Vas a renunciar, entonces?”,
 la chica de Starbucks tiene mil pecas.
Trato de decirle que sí,
pero escucho venir mi voz,
desde la madera del local vacío,
que antes que yo
le contesta:

"un venti latte, por favor".