miércoles, 16 de abril de 2014

Debutar II




Doy con la puerta de la casa pero paso de largo caminando hasta la esquina. Ensayo media vuelta manzana cosa de no llegar ni un minuto antes. Vuelvo sobre mis pasos, siento los nervios del debut. Debutar a los 28.
Miro el timbre, es uno de esos antiguos, botón blanco grandote rodeado de una carcasa. Si    lo pienso nunca voy a entrar, intento poner la mente en blanco, escucho el ring sonando adentro, un ruidito de llaves, hola! hola! y ya estoy en el pasillo, el túnel por el cual entra un equipo chico a jugar un partido al que nunca lo invitaron.
La tercera puerta,a la izquierda. Subo la escalera caracol medio de costado porque en los escalones no caben dos pies, con la mochila voy matando la enredadera contra la pared.
Se abre una puerta de vidrio y veo dos chicas de esas que tiene el facebook lleno de fotos con pobres y pinturas. Están acostadas en el piso con las piernas apoyadas en la pared.
Qué boludo, cómo me puse tanto talco. Está esparcido pero no deja de dibujar un caminito como el de Hansel y Gretel, que lleva hacia la colchoneta que me tocó revelando mi total culpabilidad. Cero relación con el talco a lo largo de mi vida, absurdo innovar el día del debut, mejor tener olor a pata que ensuciar rodeo ajeno. Mejor tendría que haber comprado desodorante. Porque  lo que sí tengo es olor a chivo. La veo pasar, cuando dicen que hay que exhalar ya no tengo aire, me confundo izquierda con derecha, chivo más todavía y al final  hasta  me cuesta la diferencia entre codos y hombros.
Arrancar yoga fue lo más estresante que me pasó en mucho  tiempo. Ni bien salgo, llamo a ese amigo espiritual que todos tenemos (el que viajó a India) para reprocharle lo verga que es esta gimnasia. Lo engancho en pleno trance ayurbédico, me dice que tendría que ir a un lugar que es el mejor con él, le respondo en formato Sainfeld, sostengo que todos siempre tienen el mejor médico, el mejor gurú, que cómo puede ser que nadie tenga al peor habiendo tantos chantas dando vueltas. Se ríe sobriamente y cita un viejo dicho hindú “el maestro aparece cuando el alumno está preparado”
Lo mando a la concha de su hermana, arreglamos para armar un asado en casa el fin de semana, con verduras para él, claro y casi cuando está cortando agrega que el día anterior buscó en google “León Gieco careta” y le aparecieron un montón de cosas.
La semana siguiente voy munido de un paquete de esas toallitas para bebés. “Te garantizas no tener olor a pata sin el despliegue del talco”, me recomendó con precisión una compañera de trabajo con bastante yoga encima.
No tardo mucho en darme cuenta que esta vez es el temita pasa porque tomé un par de mates de más a la tarde y ando medio en situación propicia para “tres letras, fluido aeriforme” como dicen los crucigramas (gas, anota en los casilleros el tipo que los completa en el subte sin levantar una sóla vez lla mirada desde Alem a Juan Manuel de Rosas)
Cuestión de aguantar, de no relajar demasiado nunca y menos que menos en la relajación final en la que están todos callados.
El grupo es chico, están las mismas dos chicas de la vez pasada más una tercera de mediana edad. Si pudiera elegir,  firmaba un grupo de jubiladas, de esos de la Municipalidad de Vicente López que organizan viajes a las termas de agua salada en San Clemente del Tuyú. En general pego buena onda con las viejas y es aparte bastante normal que se tiren pedos.
En el asado con verduras, mi amigo espiritual asegura que para pasarla mejor hay que tener más fé en las cosas. Otro amigo agrega que no tiene nada fe en las chilenas, que son como el agua del mar de su país, parece lindo, te dan ganas de meterte pero después te cagás de frío y la pasás pésimo.
                                                                                                         
A la tercer clase re contra falto.

La cuarta ya me agarra con el otoño estricto de Buenos Aires y su cambio de clima tan elocuente, como queriendo aportar toda la seguridad jurídica que los especialistas pregonan. Me pesa el bolsillo de tantas carilinas que se fueron acumulando.
Si es difícil hacer vida normal con mocos, yoga es directamente una pesadilla. Estás muy duro, me  reprocha la profesora. “Obvio que estoy duro, para eso vengo acá” quiero responderle antes de que una cadena de estornudos deje afuera cualquier intervención semántica por un minuto largo. “Fui al centro en subte, laburé, volví en subte, no me paso el día  en este PH de  Palermo tomando te verde”, pienso que debería haberle dicho, ya en mi casa antes de irme a dormir bastante contracturado mientras intento inspirar hacia el entrecejo.
Me dejo lugar en el estómago para una cuarta y hasta quinta clase. Creo que está bien eso de  tener más fe en las cosas. En estas clases, en lo que tocamos. Atribuirle cierta responsabilidad a la sustancia.
No hace falta bajonear arroz integral sin queso rallado para poder vivir un poco mejor, sí aflojar un poco con la ironía porque que si nos pasamos de rosca hay riesgo de hiperventilación.

Y tener más fe en las cosas, porque la gran mayoría somos “carentes de recursos” como grita un viejo de la popular de Atlanta a propios y ajenos los sábados cuando cae el sol en Villa Crespo. 

viernes, 28 de febrero de 2014

Sobre los premios Oscar


Qué añito el 2013 que me tuvo bien lejos del cine pero volviendo a ver a Atlanta.
Forest, Corientes, dejar el auto en Darwin y en cinco minutos ya estoy en la popular del equipo marechaliano. “señores yo soy de Atlanta de Vila Crespo, barrio de borrachos y faloperos” Alto mantra para ir relajándose mientras asoma la tormenta por el lado de Juan B. Justo. Los autos del estacionamiento se van poniendo en remojo y como la hice bien, clavo piloto de lluvia para contemplar el horizonte de la tribuna visitante, sin más público que un puñado de inconscientes familiares y dirigentes que todavía se animan a venir.
Estuve por ir a ver el Lobo de Wall Street en Rio de Janeiro. Hacer la del cine de vacaciones en otra ciudad.  Ya me veía en el bondi ese rumbo a la función de las 23 en Leblón, a toda velocidad, golpeándome el estómago contra el piso, venciendo la resistencia de un molinete insólito, agarrándome de los caños chivados, tirando una danza rota para no caerme. La predisposición a la samba carioca no es genética, son esos colectivos, para  sobrevivir tenés que saber bailar desde chiquito.
Pero nos cruzamos en esa Plaza de Flamengo, yo te dije que Los Smiths eran particularmente valorados en Argentina y Brasil y fue lo único, porque a partir de ahí, todo ella (vocé).
Al otro día leí en la playa “El Cielo Protector” de Paul Bowles, una linda edición pero se ve que justo habían despedido al vago que hacía las contratapas “es una novela llena de magia y embriaguez, es la más conocida del autor y fue llevada al cine por Bernardo Bertolucci”
Cuando volví pregunté si la película valía la pena y Negro Bonaudo me dijo que sí, que valía, la bajé y está a la espera mientras escucho sin parar “La La La” de Spinetta y Páez.



En “La La La”, Spinetta funciona como un garante de Fito, custodia que no se mande grandes cagadas. Usted es bueno, jóven, tiene unas temas bárbaros, por eso lo acompaño, le produzco el disco, meto un par de canciones mías, canto de fondo en las suyas, porque si no, puede echar todo a perder.
El regreso de Río de Janeiro es preocupante: me encuentra manejando a una mano sin mirar a los costados e  impostando la voz del flaco mientras Nico me escucha. Me entusiasmo: Spinetta  blindaba a Fito, entendés, el sólo hecho de que estuviera vivo le implicaba un freno,  fíjate el  bajón compositivo que tuvo durante su agonía y cómo ahora que se fue directamente no puede componer.
Nico me deja terminar y como su manera de bancar es cambiar de tema me responde que tengo que ver la última de Lars von Trier, Nynphomaniac, que la mire a pesar de que Télam salió a pegarle fuerte y que cómo jode que el  kirchernismo arruine esas cosas.  Me  hace acordar que sí vi una película el año pasado, con él, era un documental sobre Agustín Tosco, nos había gustado.
Cómo cuesta escribir sobre el amor de verano cuando estamos grandes, menos mal que estamos hablando sobre los premios Oscar.
Quiero ir a buscarte a Ezeiza, llegar bien sobre la hora, tarde en realidad, así no tengo que esperarte sentado y pensar demasiado.  ¿O termino tomando esos cafés de cincuenta mangos porque el avión tuvo un problema en la escala en Curitiba? Que sea raro al principio pero que vayamos a cine, la que vos quieras, Lars Von Trier, el Lobo de Wall Street, Un Argentino en Nueva York.
Cómo cuesta escribir sobre  amor  cuando estamos grandes. Lo logro, de a ratos, si pongo un partido del calcio italiano  de fondo.



sábado, 4 de enero de 2014

Para Orgía de Egresados


http://orgiadeprimavera.tumblr.com/

Todo pasó rapidísimo desde el final de la secundaria hasta hoy que llega el evento de facebook  para organizar el reencuentro de los diez años.
Cinco a cuatro le gané al “Pollo” durante la fiesta de egresados en el “a ver quién se transa más minas”. Él siempre dijo que el partido salió al revés. En realidad ganamos los dos porque esa competencia final nos hacía olvidar del cagazo que teníamos de arrancar la vida en serio.
Repudiable el C.B.C. porque me tocó cursar los sábados al mediodía impregnado de olor a torta paraguaya que venía de la estación de tren. Hace poco me enteré que para la gente que viene del interior, las amistades que se generan ese año son importantes, las que quedan para toda la vida. Aquel dos mil cuatro casi se me va habiendo perdido a un amigo que tengo desde el jardín de infantes.
A los veinticinco arrancás con el tema récords, como tener un año entero malo, y los quilombos ganan estabilidad. Después, cada uno tiene su método a la hora de excretar la última cuota de sentimiento adolescente: el recital del que vengo recién tiene pinta de ser el mío.
Por suerte Toto, “un amigo de la facu” tiene esa linda idea de que no se pueden hacer cuadros sinópticos con la vida de las personas. Suficiente para celebrar y refutarme. También está bueno soñar algo copado de noche porque si bien no implica que eso se vaya a hacer realidad sí quiere decir que existe en alguna parte.
Vengo de ver una banda de reggae brasilera en el Vorterix de Lacroze y Álvarez Thomas, el mismo lugar donde le gané cinco a cuatro al “Pollo” en la fiesta de egresados. En ese momento se llamaba El Teatro, como si no hubiéramos sabido en ese momento que arrancaba la función.

martes, 26 de noviembre de 2013

La Señal


Ya no tengo lectura de la noche, perdí la capacidad para interpretar signos, miradas y aprovechar momentos. El trimestre cerró  con el  logro aislado de chupar unas tetas colombianas en el Álamo con una jarra de cerveza en cada mano (yo, medio agachado)
Como “volver” no es fácil me propuse ejercitarlo en el día a día, estar atento: todo puede ser una señal.
Ahora, por ejemplo tengo fiebre, tiemblo de fiebre y voy a darme un baño. Pongo el agua  caliente al taco a pesar de que hace pésimo. Me escondo un rato largo abajo del chorro hirviendo que me abriga y después me acuesto en la bañadera. Cuando se llena, con el dedo gordo del pie izquierdo giro lentamente la canilla hasta cerrarla. Cierro los ojos, me puedo haber quedado así como una hora. ¿Y si me baja la presión y me desmayo? ¿Quién me saca de acá? Cinco minutitos más  ¿qué apuro hay? Igual nada bueno me espera de regreso a la cama. De repente una mosca gigante se posa sobre el azulejo y me mira guapeando.
Es la señal, la mosca me está diciendo claramente que tengo que reaccionar, que si me quedo tirado en la bañadera, la muerte se va a hacer una fiesta bárbara. Junto fuerzas y no puedo, la mosca empieza a zumbar y ahí sí, me paro de una, saco el tapón, agarro una toalla y le empiezo a dar con todo. La bajo al tercer intento, cae sobre el agua  y la veo en su recorrido final mezclada con agua sucia y restos de shampoo hasta que se escurre por la rejilla. Soy Sandokan. Un Sandokan chivadísimo.
Pienso en que Lisandro Aristimuño escribió una canción cuando tuvo mucha fiebre.  En los compañeros que pegaron carteles en la campaña de Fernández Meijide, en los amigos que se hacen los que tienen inseguridades  pero que reprograman garches por no tener disponibilidad y en que son esos los más peligrosos porque nos roban el relato.
Pienso en que como dice un amigo, la conchetas se van sin que te des cuenta, con una sonrisa cierran la puerta y no las ves nunca más, todo muy impecable.
Entonces, volvemos a ser nosotros mismos, hay que estar atentos, interpretar las señales, buscar la falta y meter uno de pelota parada.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Qué son para mí las elecciones?



Un par de cosas sobre el tema:
Que nadie corta con su novia un día de elecciones.
Que una vez comí me pasé de rosca con los amarettis en las mesitas de afuera de la confitería El Torreón de Belgrano R mientras mi abuelo me contaba quién era Masaccesi.
Que el encargado del edificio donde me crié votaba a Erman Gonzalez aunque no se presentaba.
Que en el primario al que fui se hacían simulacros de elecciones para fomentar la cultura democrática, que el partido que me tocó integrar se llamaba “Escudo Político” y salió tercero de cuatro. A mis compañeros de lista no les importó mucho, yo lloré.
“Que elecciones, elecciones en serio son las que terminan a los tiros como las de la UOCRA, pibe”
Que a mí las que más me gustan son las de la facultad de derecho de la UBA, sobre todo ese lapso que va desde las ocho de la noche hasta que empieza el recuento de votos en la madrugada. Con el asado de las agrupaciones y los cantitos.
Que fui yo el que rompió aquel vidrio de planta principal en las elecciones de 2011.
Que hace poco en una fiesta me dijeron que escribo en una que orgía que hace política para la UCR.
Que respondí que no me importaba nada. Porque fui de candidato a diputado por el partido de Moyano en la Capital.

viernes, 21 de junio de 2013

PARA MANU GINOBILI



Había que limitarse a bancarte, Manu. Era esa la mejor manera de homenajear a la bandera en este 20 de junio.
Por eso el grupo de amigos se juntó completo después de mucho tiempo, se compró vino fuerte y había picada. Semicírculo entorno a la transmisión de ESPN HD, silencio expectante sólo interceptado por el Gordo diciendo que tu amigo Montecchia  vestido de traje implica  travestismo y el timbre con varias cajas de pizza.
El capo se la juega (tengo un amigo que se llama “capo” de apodo): “Lebron es como el Chino Ríos, el mejor en un contexto devaluado, no da campeón”. “El basket dejó de ser lo que era después del Guante Gary Payton” le contesta Diega y de repente los pibes manejan un conocimiento basketbolístico que se ve había quedado oculto debajo de sus bandas de música o posgrados.
Pero  es cierto, cómo olvidar la  épica de la NBA en los noventas con la dupla Guante Gary Payton y Shaw Kemp obligando a los Bulls de Jordan  a un sexto partido en la final. Se dijo que Chicago dejó pasar el quinto  porque querían cerrar de local, lo cierto es que el MVP era para “Moonchild” Kemp pero como habían perdido no pudo ser.
Me dirán que no era mejor que ahora,  que sólo éramos más chicos. La NBA se veía por el  cristal del domingo a las doce de la noche en una contienda  agónica entre  Paenza y mis viejos mandándome a dormir.  Apagaba un ratito pero cuando ellos se iban, volvía a prender y  ese estado de vigilia hacía  más poderoso a Reggie Miller y más injusto que  Stockton- Cartero Malone no hayan conseguido un anillo. Lágrimas en la derrota de Orlando con el triple de Sam Casell, aplomo paradójico en la esotérica cara de Nick Van Exel.
Porque la NBA es menester respetarla como institución y espero en cualquier esquina al que me venga a correr por izquierda. Aunque exagerado sería decir que es carveriana, convengamos que tiene mucha más literatura que el torneo inicial, vean esos apodos: el guante, el cartero, el chico de la luna, ni que hablar del AK 47 Kirilenko o Black Jesus Stoudmire. Acá el último bueno que tuvimos fue el “Kun” Agüero. Ahora, como dice Fabián Casas,  los periodistas deportivos dejaron de pensar: si hay un Ayala le vuelven a poner el ratón. La argentina que nos duele, compañeros.

El dueño de la franquicia no larga el micrófono y el Chino Ríos lo mira con justificado desdén. Después habla el comisionado, “es como Grondona” arriesga “capo” que tira por la borda todo el capital simbólico basquetbolisitco  con el que se había hecho durante la noche.
Finalmente, bastante amargados  apagamos la tele.  Nos liquida no  saber cuánto tiempo puede llegar a pasar para que haya otro como Manu, que nos obligue a  ejercitar la memoria, a hablar de basket, a pedir cajas de pizza,  a juntarnos, a escribir. Gracias por tanto, Manu,  ojalá juegues una temporada más.


domingo, 3 de marzo de 2013

Country Story - Parte II


A los quince años Gus era virgen y anotaba cada película que veía en una libreta. Registraba el  nombre del director, los actores principales y le ponía una nota que siempre redondeaba para arriba. Disfrutaba más del momento de calificación que de la película en sí.
Cuatro años después, le hablaría  a Mara de ese hábito a la salida del Belgrano Multiplex pensando que eso podía sumarle. No se equivocó  porque terminaron de novios todo el año del CBC,  clave, porque esa relación le dio un ejercicio  sexual que no se consigue en  todas partes.
Pero a los quince, Gus todavía era virgen y pensaba que debía pasar las 207 películas vistas a un archivo de Excel teniendo en cuenta lo esforzadamente pequeña que venía siendo su letra para entrar en las hojas de la libreta.
Andaba parejo el tercer año del secundario de Villa Urquiza: la mitad de los pibes habían debutado y la otra mitad todavía lo miraba desde el banco.  El número uno era “Cheto” que no se había ganado el apodo por ir de shopping ni por estar gravado con ganancias sino a través de la degeneración de su apellido “Edtcheto”. Pero el pibe neutralizaba el apodo con triunfos: lucía desde primer año una zarpada barba,  daba la impresión de venir cogiendo desde el jardín de infantes y ahora, encima se bajaba a las de quinto. En el otro extremo estaba el Gordo Bender que con una singular capacidad para acumular tics nerviosos, iba depositando con la sumatoria de ellos cualquier posibilidad de garche en una galaxia más alejada.
 Y en el medio estaba el resto pero con una sostenida tendencia hacia al debut. De hecho cuando Domi, el  mejor amigo de Gus, le contó que finalmente la había puesto con una del club, sintió que ahora  sí le tocaba a él.
_ Igual es bastante putona , dijo Domi con sinceridad.
Pero Gus ya no lo escuchaba y  sentía que le habían colgado  una mochila cargada de  arena en la espalda.
_Fill in the gap with the words of the list, repitió Bitch.
Bitch era la profesora particular de inglés que preparaba a  Gus y a Lucas para dar el Advanced , exámen que viene después del First y antes que el  Proficiency.  Después ya no hay nada, bah  ahora inventaron los grupos de conversación en confiterías.
Bitch no era mala profesora y trataba de poner en las clases material  audiovisual para que no sean aburridas,  pero igual  cuando Lucas empezó con el apodo,  Gus lo bancó rápido. No podía  soportar que le metiera tanta pausa a las películas para forzarlos a hacer entre escena y escena ejercicios por escrito. Para eso era preferible limitarse a hacer essays o letters of complaint.
Gus había decidido que  las películas que veían en las clases no  se anotaban en su libreta.
“Día de bitch”  decía Lucas puntualmente cuando se encontraban  a las 17: 30 en la puerta del edificio que Bitch usaba para dar las clases, “bitch (…) puta” agregaba como si hiciera falta traducción. El lugar era  un bloque gigante ubicado en Barrancas de Belgrano, de esos que para acertar el timbre hay que ubicar con el dedo índice primero el piso y después recién ir por la letra del departamento en una fila que iba hasta la “k”. Esperaban hasta y treinta y cinco abajo porque habían calculado que entre esa demora y lo que tardaba el ascensor perdían  diez minutos netos de clase.  En general andaba por ahí  Candido, el encargado del edificio, un tipo al que le costaba mucho entablar cualquier conversación  sin terminar insultando._ ¿Cómo están chicos? arrancaba siempre cordial. Pero al toque algo se le desconfiguraba y pasaba a agarrársela con la filtración de alguna vieja que al parecer era hijadeunagranputa e imposible de solucionar.
Un martes invernal Gus  caminaba bastante preocupado las quince cuadras que lo separaban del edificio de Bitch. Lo hacía con la mirada en el piso,  sólo despegándola para cruzar Cabildo y para después comprar un paquete de Mogul que liquidó de a dos gomitas en menos de un minuto. Cuando llegó, pudo ver a Lucas que había dejado su bicicleta apoyada en la pared opuesta a la del  portero eléctrico y lo saludaba con un resignado:_ Hay bitch hoy, qué paja.
Mientras esperaban a que se hicieran y treinta y cinco  vieron cómo dos pibes de unos veinticinco años  iban probando timbres, por lo que escuchó Gus se debatían entre el octavo “c” y el “ k”. Uno de los dos,  que andaba en remera a pesar de que era un día para buzo mínimo se dirigió a los chicos y les preguntó: _ ¿Las locas es el “c” o el “k”, saben? Gus que no había  entendido la pregunta  se quedó callado mientras que Lucas empezó a preguntar de qué locas hablaba cuando emergió desde el hall central Candido que abrió la puerta y los hizo pasar con cara de que los estaba esperando.
¡Locas, hay locas! gritó Lucas mientras sonreía.
¿Locas? preguntó Gus, todavía desconcertado.
_ Sí Locas, putas, prostitutas  enumeró Lucas  anulando cualquier posibilidad de duda.
La bicicleta de Lucas hizo que entraran apretados en el ascensor de tal forma que no podían mirarse, pero no hacía falta, no necesitaban cruzar miradas para saber que la re contra iban a hacer. Gus no sabía demasiado de su compañero de inglés, le caía bien pero ni siquiera eran amigos, los había juntado Bitch porque estaban preparando el mismo exámen. Debe estar en la misma que yo, pensó Gus, mientras se abría la puerta del departamento donde se daban las clases y se retiraba una alumna que rondaría los cuarenta años.
La clase de ese día fue particularmente desordenaba. Sumado a que los dos ella entraron  dispersos, en nada  cooperó la tremenda baranda a faso que se colaba desde el departamento de al lado. Lucas pateaba a Gus por debajo de la mesa para  señalárle que Bitch no se había dado cuenta del olor y él trataba de contener la risa que aunque incipiente, terminó delatándolo.  La profesora le preguntó si tanta gracia la causaba el peinado pasado de moda que llevaba Sue, personaje  del student book con el cual estaban ejercitando. Y ahí sí, Gus estalló con una carcajada incontrolable que incluyó lágrimas y hasta un pedido para ir al baño a lavarse la cara.
_ No podemos ir cualquier día, mirá si estamos entrando y justo nos pesca Bitch, dijo Gus mientras se despedían en la vereda.
_ Los jueves después de nosotros viene los empresarios, Bitch contó que hacen el intensivo. Eso nos da una hora y media para ver a las locas y después irnos sin cruzarnos con ella. El jueves vamos, propuso Lucas.
_ ¿Hacen el intensivo, estás seguro? preguntó Gus sorprendido ante el ataque de logísitca de su compañero.
_ Sí, sí y el intensivo dura dos horas,  yo la escucho, no como otros eh, la voy a romper en el advanced si sigo así,  contestó Lucas con cara de feliz cumpleaños mientras se subía a la bici. Se dieron la mano y Gus emprendió la vuelta a su casa: ya era de noche y para agarrar Echeverría tuvo que esquivar a un mendigo con frío  que le pedía una colaboración.
Esa noche tuvo dos sueños: uno porno con las locas  y otro paseando por los bosques de Palermo con Sue, ella vestía un conjunto deportivo adidas todo turquesa y hablaban de actores de cine que a ella le gustaban.
 La noche siguiente no durmió ni soñó.
El jueves de colegio fue interminable, lo carcomía la ansiedad por lo que se venía a la tarde.  La última hora se le  consumió mirando a Cheto y  pensando lo mucho que se le notaba que cogía: se deducía de la forma  en que estaba sentado, de la mirada que ponía ante el relato de la profesora y en la forma en que dibujaba el logo de Ac Dc sobre las fotocopias del libro de historia argentina de  Luis Alberto Romero.
En su casa lo esperaba un almuerzo de milanesas y ensaladas que apenas probó.
Se encerró en la pieza, abrió el Excel y empezó a pasar la libreta, se prometió no parar hasta las cuatro y media que era la hora de cambiarse y salir.  Cuando por fin llegó la hora iba por la setenta y cinco que era una cualquiera. Película: Cálculo Mortal; director: Barbet Schroeder; actriz: Sandra Bullock,  puntaje: siete.
Qué manera de regalar nota, pensó, mientras se abrochaba el cinturón de jean y agarraba una mochila con el logo de una banda de música apenas visible por las inscripciones en liquid paper que lo tapaban.