viernes, 24 de noviembre de 2017

La Super Capa

Quiero una
SUPER CAPA POLIURETÁNICA.

No sé bien qué es,
pero necesito una.

Busco en una página
en la que venden
desde geles afrodisíacos a pezoneras:
cosas espantosas de todo tipo,
pero no consigo.

Quiero una
SUPER CAPA POLIURETÁNICA.
La descripción del producto
promete una impermeabilización
monocomponente
de última generación.

En el kiosko están en falta:
me quieren encajar
unas barras de cereal
y yogurt radioactivo
con gusto a culo de mapache.

Quiero una
SUPER CAPA POLIURETÁNICA.
Necesito nadar en esa base acuosa
altamente elástica.

Les voy a preguntar a los japoneses
de la otra cuadra.
Los japoneses son extraterrestres,
seres superiores
que
entendieron cómo hay que vivir
aunque cada tanto se manden un moco
como traficar mujeres coreanas.

Quiero una
SUPER CAPA POLIURETÁNICA.
Bañarme en esa resina resistente
a los agentes atmosféricos
por más de cinco años.

Vivimos en un mundo insoportable.
Arthur Conan Doyle mató a Sherlock Holmes
porque no lo aguantaba más
y lo tuvo que revivir a la novela siguiente
por presión social.

Quiero una
SUPER CAPA POLIURETANICA.
Que se estire
hasta cuatro veces su tamaño
sin dañarse.

Es lo único que me puede proteger
de esta ciudad en la que
nunca
no hay
un tema de Maná
sonando cerca.
De esta ciudad
que por momentos es Nubeluz
y por otros,
planta permanente
y sindicalizada
de dolor
en el pecho.

No hay mejor desinfectante
que la luz del sol.
Pero, muchas veces
no alcanza con que
el día sea lindo.
Igual, todo está oscuro y triste
como sala de espera de guardia médica
como copago de veinte pesos de obra social
como papel troquelado de recetario
como carnet de Osecac.

Quiero una
SUPER CAPA POLIURETANICA
que me ayude
a transformar esta pesadilla
en un sueño feliz.

Busco vivir de la escritura,
pero tengo miedo
de no ser capaz ni de encargarme del guión
de la publicidad de la nueva crema Tío Nacho
para varices masculinas.

Tengo pánico de no poder
seguir con mi trabajo de siempre.
Cada minuto destinado a analizar la ley
es una patada voladora en la zona gástrica.

Se me ocurrió una idea:
“La Fábula de la Lechuga Mustia,
el Páramo Endemoniado
y el Ano Mucoso”.
Ese será el título para mi gran obra.

¡Quiero una
SUPER CAPA POLIURETANICA, señor!
¡Por favor vendamela!
La necesito para solucionar
la humedad en la terraza
de mi cerebro.
Para salvar mi hipotálamo,
para activar la glándula pineal.

Prometo hacer lo que me pida.
Dejar de alentar a Deportivo Enrosque.
Hacerle un juicio por daños y perjuicios
a Scooby Doo, a Oliveraton, a Linterna Verde
a las Tortugas Ninjas,
especialmente a Donatello.
¡A todos los superhéroes de mi infancia!
¡Hago lo que me pida!
Por favor...
¡No me deje así!

La clave es reconocer lo que importa
en el medio de la basura.
Encontrar la palanca que todavía funciona
en esta fábrica que cerró
y quedó
cubierta por saquitos de mate cocido
usados.
En otras palabras:
estar cómodo
en la incomodidad.

Quiero una SUPER CAPA POLIURETANICA
las vísceras me mostraron
lo mal que busqué hasta ahora:
en una matiné
que abre de dos a tres de la tarde,
en una rotisería
que sólo
vende hambre,
en un blog
con últimos posteos
en agosto de
dos mil
siete
Lo único que saco
en limpio
de todo esto
es
que
no se llega al amor
buscando el amor.

lunes, 2 de octubre de 2017

Rebautizar


La fiebre
es una de las formas
de la
tristeza.


Me cuidás
con
Gatorade
-frutas tropicales-
y puré
de calabaza.


En la tele
entrevistan a un tipo
que minimiza el asunto:
no hubo incidentes,
sólo se registró
el ingreso
de
pequeñas bengalitas.


Cuando vuelven a estudios
me entero de que es
el jefe
del operativo policial
de un partido
que jugó Boca.


La fiebre
y
el carnet de Osecac
sobre la mesada
son formas
de la tristeza.


Ni que hablar
del copago de
veinte pesos
que pide
el médico
a cambio 
de las 48 horas
de reposo.


Si no te jode,
hasta que me recupere,
te voy a llamar:
mi
pequeña
bengalita.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Saladix


La fiesta de la música
perfecta
pero
que
se corta.


En cada bache,
la gente canta
y completa
la letra.


La bolsa
de hielo para el fernet
sobre la bacha
de la cocina
iluminada
por
azulejos
beige.
¿Sería capaz
de lidiar
con ese color
una tarde de lluvia?


Nos vamos
justo antes de que
el equipo de sonido
se termine de fundir.


Un taxi nos abandona porque
la empleada de la Shell
se toma su tiempo
para cobrar
las Saladix.


Encontramos otro
en la cuadra
del museo de Ciencias Naturales:
las sombras de los dinosaurios
nos habían inquietado.


Vamos a un telo
pero no hay lugar.
Nos bajamos del plan
y terminamos en casa.


Busco recrear la situación telar
pero Paula no me deja poner
Rod Stewart ni
encender un sahumerio.


“Además,
en los hoteles
están prohibidos los
inciensos”
No se de dónde lo sacó
pero es razonable.
Imaginamos la vida del
conserje
remixada por gemidos
de terceros
y sancionando
a quien
encienda
varietales de
palo santo.


¿Quiénes van a los telos?
Parejas estables o
sacerdotes con recaídas,
apicultores huérfanos
o gente de trampa,
peronistas gandhianos o
jóvenes que viven con sus padres,
espantapájaros de solárium
o citas
que
fueron bien.


A la mañana,
leo en el diario
que somos la primera generación
en la que niños,
abuelos
y perros
pueden tener el mismo nombre.


El saldo del fin de semana largo:
es un error
pensar
que
si equivocamos el camino
nos va a ir mal.