sábado, 5 de septiembre de 2015

Gingseng






Tipeo con la izquierda
la mano derecha sostiene
un pedazo de milanesa
que está nerviosa.
Cómo extraño el kilo para frizar
que pedía en el negocio que cerró
después de aquella fiebre larga.
Voy a tener que preguntarle
a las viejas del barrio
dónde
comprar milanesas
porque me gusta escribir mientras las como. 

También me gusta caminar por Melián,
comprar una Vitamin Wáter
en la estación de servicio, al lado del puente.
Ir de a sorbitos bajo los árboles
con aroma a ginseng.
Sacarle fotos al gato de Superí
alimentado por un seguridad privada.
A la vuelta, pasar por Tea Conection
para ver qué están tomando las parejitas. 

Me puse una regla:
no mirar el celular hasta después del desayuno.
Vi que en la pared del cuarto
hay una grieta,
la examiné con ojos de detective
hasta romper la regla para mandarle un audio a Melón
contándole del descubrimiento.

Me siento viejo desde que los sábados
me llega La Nación.
Pero disfruto desplegándolo sobre la mesa
como hacía mi abuelo
“ lo compro
y lo leo enterito, me dura toda la semana”
decía con algo parecido al orgullo.
Cuando bato el café
lamento no haber comprado la cafetera usada que me ofrecieron.
Melón responde el audio
pidiendo que escriba sobre la grieta
y me manda un abrazo, putazo.

Me consuelo pensando
que la literatura hay que hacerla
en la vida cotidiana
como dicen los taoístas:
ser mañanas de sábado que leen el diario,
citar a Abelardo Castillo
en alguna reunión del sindicato,
escribir un comunicado
que emocione a los afiliados.

Me encuentro con Diega para ir a la cancha.
En realidad, vamos a charlar
porque cortó con su chica y justo
está con antiobióticos.
¡Qué mala leche! No puede tomar alcohol:
cuando uno corta hay que escabiar.
La cancha es un espá para el corazón roto.

Hay un barra que está muy afónico
y en musculosa
con esta lluvia de julio
se va a enfermar,
se va a perder
el próximo partido.
Tenemos arquero nuevo:
 “jugó una Libertadores para Nacional de Montevideo”, dice un viejo
y justo nos regalan un penal.
El barra afónico nos putea
porque interpreta
que no estamos alentando.

Como viene de errar, el diez patea
fuerte y al medio.
Uno a cero.
Promediando el segundo tiempo nos empatan de pelota parada
bajamos a ver los últimos diez
pegados al alambrado.
Desde la horizontalidad, el partido no se entiende
pero se ve lo fuerte que se dan.
Pelotazo y foul: eso es la B Metropolitana.
Empatados, el frío amaina por Juan B Justo.
Una señora y su perro nos preguntan cómo salió el partido.
Se encienden las primeras luces,
mi novia no responde los mensajes y
la mirada de Diega parece una especie de hambre,

Compramos un kilo de tira
y unos chorizos
bombón
para  escaparle a  la melancolía
de la tarde
noche.




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